Recuerdo sobre tinta

Cuando era niña pasaba horas viendo los cuadros de mi casa. Primero imaginaba qué sucedía antes y después de la imagen. Luego los veía hasta que las figuras se convirtieran en trazos y los trazos en nada.

Había un cuadro de un tigre-dragón (¿o era un hombre montado en un tigre-dragón?) sobre una mujer. Las garras se le clavaban en la piel desnuda.

También había un cuadro de una mujer con dos palomas. Estaba a un lado de la cama de mi papá. Siempre que mi papá me llamaba para hablar con él veía ese cuadro. Una de las palomas tenía las alas abiertas sobre la cabeza de la mujer, la otra estaba de perfil junto a su regazo, tenía una parte muy oscura entre sus plumas, una gran concentración de tinta oscura bajo su ala. Cuando mi papá me hablaba yo veía esa parte oscura, sus palabras se quedaban ahí.

*La imagen es de marce_garal.

Germen

 

 

(Del lat. germen).
1. m. Esbozo que da principio al desarrollo de un ser vivo.
2. m. Parte de la semilla de que se forma la planta.
3. m. Primer tallo que brota de esta.
4. m. germen patógeno.
5. m. Principio u origen de una cosa material o moral.

 

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Lo luminoso

 

 

La extensión, la profundidad, los niveles de significación, la aportación a las letras mexicanas, nada de eso importó al leer Cocaína de Julián Herbert. Sólo lo luminoso.

Quizá haya algo de eso en la minificción que escribí hace unos días. Un escritor al que admiro muchísimo dijo que disfrutó leerla. Igual que yo el libro de Herbert. En ningún momento nadie pensó en nada más.

Así nacen los libros-cebolla (esos de múltiples capas e igual número de lecturas). Su autor no lo sabe.

Cocaína ganó el Arreola, uno de los premios nacionales de cuento más chonchos. Es un libro cándido. Se le nota lo sincerote, lo cercano que estuvo (está) a su autor. Herbert confirmó lo que el protagonista del cuento de Serna ya había intuido: los grandes libros nacen de la escritura íntima.

Un par de extractos:

Llámemne Ismael: estoy sentado en Baker Street, junto a la chimenea, tratando de cazar con mis palabras a un animal blanco y enorme [...] Es un animal que se asusta y enfurece, que mata ciegamente, que cuando no te mata parte tu vida en dos. Pero es también una bestia lúcida y hermosa, y respira música, y en el momento en que su cola te azota y arroja tu cuerpo por el aire no piensas ni en el dolor ni en la sangre que gotea: piensas solamente en la velocidad –que es como no pensar, o sentir el pensar, o estar sentado en medio de la purísima nieve mirando pasar las ruedas sucias.

Llámenme Ismael. Estoy aquí para contarles una historia.

mi amor es algo leve y difuso y sin sentido algo que se puede decir a la mitad de un bostezo/

La germinación del silencio

Antes de tomar la pluma, espere la germinación del silencio. Verá que así llega más lejos, sin saber a dónde va.     Enrique Serna

“La vanagloria” es un cuento de Serna que habla del mundillo literario provinciano. Juan Pablo, el narrador, recibe una carta de Octavio Paz donde lo elogia como poeta emergente y organiza una fiesta para darle lectura frente al círculo intelectual de Torreón. Pero algo sucede con la carta y Juan Pablo queda en ridículo. El resto del cuento narra los avatares de Juan por conseguir que Paz le escriba una carta de recomendación para estampársela en la cara a los que se rieron de él. Al final triunfa, pero el lugar de regodearse públicamente, guarda silencio y ese silencio germina en forma de letras.

Serna describe a unas vacas sagradas literarias muy parecidas a esa con la que tuve un encontronazo hace algunos meses. Durante uno de nuestros choques más fuertes, la vaca calificó a mi prosa de pedestre y clasemediera y me preguntó que qué aportaban mis cuentos a la literatura mexicana. Yo me quedé muda. Esa pregunta me persiguió mucho tiempo hasta que me di cuenta de que contestarla implicaría caer en la trampa de la vanagloria.

Un amigo me contó que Sibelius nunca terminó su Décima Sinfonía porque se dio cuenta de que todos esperaban que escribiera la obra maestra de la música finlandesa.

Crear es un acto peligroso, autodestructivo a veces. Escribo porque necesito hacerlo. Escribiría aunque nadie me leyera, pero entiendo ese engolosinamiento –que Serna describe como el de un niño que se chupa los dedos embarrados de cajeta– frente al elogio.

Me acuerdo del changuito en esa minificción de Monterroso que escribía sátiras sobre los animales de la selva, pero que, en cuanto ellos lo reconocieron por su talento, dejó de escribir para no ofender a nadie.

—Qué aprendimos de esto, Palmer?— le pregunta uno de los personajes de Quéseme después de leerse, filme de los Hermanos Coen, a su subordinado.
—No lo sé, señor.
—Yo tampoco tengo ni puta idea. Creo que aprendimos a no hacerlo otra vez.
—Sí, señor.

Este año fue en muchos sentidos como una película de los Coen, después de todo el drama y las intrigas en las que me vi envuelta me resultó clarísimo que fueron nimiedades, que lo que de verdad cuenta es llegar a casa y ver a tu pareja pintar patos al óleo, en el caso de la protagonista de Fargo, o disfrutar de un cuento y escribir sobre él, en el mío.

¡Feliz año! ¡Por el silencio! Pa’ que germine.

Esa noche en que las manos de sombra te visitaron

 

Qué lástima que las malinterpretaras. Ellas sólo querían tocarte. Qué lamentable lo de sus dedos alrededor de tu cuello y todo eso.

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“Lilith” de Anaïs Nin

 

Traduje y musicalicé un fragmento de esta nouvelle de Nin.

 

 

Aquí va el texto,  pueden leerlo mientras escuchan mi versión con música de Massive Attack:

 

Lilith

Entre cada una de estas frases había un silencio largo. Una gran simplicidad en el tono. Nos veíamos el uno al otro como si estuviéramos escuchando música, no como si estuviéramos diciendo palabras. Dentro de las cabezas de ambos, mientras permanecíamos ahí, él acostado sobre una almohada y yo sobre el pie de la cama, se estaba tocando un concierto. Dos cajas llenas de las resonancias de una orquesta. Cien instrumentos tocando al unísono. Dos largos carretes de hilos de flauta entretejiéndose entre su pasado y el mío, las cuerdas del violín constantemente temblando como resortes dentro de nuestros cuerpos, los nervios nunca quietos, los pesados latidos del tambor como el pesado latido del sexo, la vibración de la sangre, el compás del deseo que ahogaba todas las vibraciones, más fuerte que cualquier instrumento, el arpa cantando dios, dios y los ángeles, la pureza en su ceja, la claridad en sus ojos, dios, dios, dios, Isolina con cabellos caoba y los tambores latiendo deseo en los templos.

La orquesta toda en una sola voz ahora, por un instante, enamorada, enamorada del arpa cantando dios, y los violines agitando su pelo y yo pasando el arco del violín delicadamente entre mis piernas, sacando música de mi cuerpo, mi cuerpo haciendo espuma, el arpa cantando dios mientras todas las mujeres del mundo yacen bajo él en un ritual de fecundación, el tambor palpitando, palpitando sexo, y polen dentro de la caja del violín, las curvas de la caja del violín y las curvas de las nalgas de la mujer, llantos del chelo, el chelo cantando un réquiem bajo el nivel de las lágrimas, a través de caminos subterráneos con notas centelleando de izquierda a derecha, notas como escaleras al harpa cantando dios, dios, dios, dios, y el fauno con la flauta riéndose de las notas que se volvieron negras y penitentes, las notas negras ascendiendo por la ruta de polvo de las lágrimas del chelo, un temblor terrestre dividiendo la música en dos muros caídos,  los muros de nuestra fe, el chelo llorando y los violines temblando, el latido del sexo rompiéndose por la mitad y separando las notas blancas de las notas negras, y la escalera de sonidos del piano rodando hacia el infierno del silencio porque lejos, atrás y más allá de los violines viene la segunda voz de la orquesta, la voz de las entrañas de los instrumentos, bajo las notas oprimidas por dedos calientes, en oposición a estas notas viene la canción de las entrañas de los instrumentos, del polen que contienen, del viento de los dedos pasajeros, el tapiz de notas se lamenta con voces de encaje negro y dados en los cables del telégrafo.

Su tristeza encerrada dentro del chelo, nuestros sueños envueltos en polvo dentro de la caja del piano, esta caja en nuestras cabezas crujiendo con resonancias, el pasado cantando, una orquesta dividiéndose plenamente, amores perdidos, caras desapareciendo, celos retorciéndose como cáncer, comiendo la piel, la carta que nunca llegó, el beso que no se dio, el arpa cantando dios, dios, dios, el que ríe en un lado de su cara, dios era el hombre con una boca enorme que pudo haberme comido completa, cantando dentro de las cajas de nuestras cabezas.

Lo insólito cotidiano

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Esa mañana escupió un corazón. No el suyo, sino uno pequeño y blanco como la mucosa muerta de su cavidad bucal.

Música olfativa de Bernard Quiriny

Transcribí uno de los Cuentos carnívoros de Bernard Quiriny. Trata de un hombre que huele la música.

Denle play a “Hamlet”, este poema sinfónico de Liszt, y decidan si están de acuerdo con la reseña olfativa de Gartner, protagonista del cuento.


“Sinestesia”
(Alemania, 1987)

¿El primer Cuarteto de cuerda de Debussy, en sol menor? “Delicado, elegante; helechos y musgos de roble, como un sotobosque por donde uno pasea después de la lluvia, en otoño”. ¿Los Poemas sinfónicos de Liszt? “Un no sé qué de frescura excesiva, un poco lácteo, de un olor y un sabor muy agradables” ¿Aaron Copland? “Bosque, seta, tabaco. Cuero, también. Y tal vez un humo de neumáticos quemados, con el respeto debido”. ¿Berlioz? “ Jara, bergamota, mandarina, piel de limón. ¿Ha aspirado usted alguna vez de un frasco de neroli? Pues eso, exactamente”. ¿Purcell? “No me creerá, pero es pimentado. En cuanto lo escucho me pongo a estornudar. Mis hijos se ríen”. ¿Sibelius? “Miel, avellanas, pan tostado. Muy embriagador.” ¿Beethoven? “Un buqué de tal complejidad que si lo escucho más de media hora me da migraña”.

Así es como responde Thomas Gartner cuando lo interrogan sobre sus compositores preferidos. El hombre disfruta de una facultad que uno no sabe si clasificar entre las enfermedades raras o los milagros de la naturaleza: para él la música huele. “No solamente la música —precisa—. Mis fosas nasales reaccionan a los sonidos, las voces, el viento entre las hojas. Intento no hacer caso; de lo contrario, el mar de olores en que estoy sumergido se volvería insufrible. Se soporta fácilmente que a uno lo rodee un ruido incesante, y, cuando para, queda cierta quietud; pero oler constantemente vuelve loco”.

Numerosos médicos se han interesado por el caso de Gartner, pero ninguno ha logrado determinar el origen del don. Algunos han hablado de hiperosmia. Otros han diagnosticado una malformación de la lámina vertical del etmoides. Otros más, en fin, han dictaminado que el caso es más propio de la psiquiatría que de la otorrinolaringología y que Gartner podría curarse con una buena terapia. “Los que creen que yo sueño olores se equivocan —protesta Gartner—. No son alucinaciones. Yo huelo a Bach y huelo a Fauré como vosotros oléis el jabón, la lavanda y la vainilla. La música entra en mí por los tímpanos pero también por las narinas y no permitiré que nadie me tilde de loco”.

Para que sus dotes sirvan al conocimiento de las artes, Gartner ha emprendido la redacción de un catálogo donde consigna las impresiones olfativas que recibe de los grandes músicos del repertorio. “Es el primer tratado de musicología olfativa”, explica. Los compositores están clasificados según los nueve tipos de olores que distinguió Zwaardemaker en el siglo XIX: etéreos, aromáticos, fragantes, ambrosiacos, aliáceos, empireumáticos, caprílicos, repulsivos y nauseosos. Es una labor paciente que lo obliga a ir incesantemente del órgano al tocadiscos y del tocadiscos al órgano; como ciertos pasajes, asegura, tienen aromas frente a los cuales el vocabulario de la perfumería es impotente, se ve obligado a inventar metáforas insólitas. “Cuando acabe el catálogo de la música clásica —añade— comenzaré uno del jazz. Será más difícil, y creo que para identificar ciertos perfumes tendré que viajar a los Estados Unidos. Nunca he descubierto a qué corresponde exactamente el olor del swing”.

Clive Barker: el horror como larva

“He visto el futuro del terror y su nombre es Clive Barker”. Stephen King

Todorov escribe en su Introducción a la literatura fantástica que el psicoanálisis vino a sustituir a lo fantástico. Es cierto que resulta difícil creer en posesiones demoniacas cuando existen tomografías en 3D, cirugías laparoscópicasc y Prozac. Sin embargo, hay algo incluso en nosotros, criaturas cien por ciento posmodernas, que nos imanta hacia lo oscuro, lo irracional, lo fangoso.

Lo que más me gustó de estos cuentos de Barker es la capacidad que tiene para introducir lo horroroso dentro de lo cotidiano. No hay castillos abandonados ni cementerios. Sólo oficinistas viajando en metro y campus universitarios. El horror está adentro. Es una larva. La alimentamos todo el tiempo. El horror es anterior a todo.

Notaciones:

  • La claridad de estilo como vehículo de lo horroroso.
  • La elisión cuerpo-mente que supone la existencia de seres horrorosos (los vampiros, fantasmas y demás monstruos). Siempre que hay un desequilibrio entre estos dos (la consciencia que se empecina en seguir existiendo después de que el cuerpo desaparece o viceversa) hay ocasión para el terror. La idea de tener uno sin el otro produce terror.
  • Me hizo recordar a Todorov y lo que decía sobre las metáforas que se toman literalmente en la literatura fantástica.
  • Lo que tenemos bajo la piel = lo horroroso
  • Lo femenino = lo horroroso
  • Lo que se esconde detrás de lo visible, lo obsceno = lo horroroso
  • Las pulsiones, los deseos inconfesables = lo horroroso

Extractos:

Prólogo
Me divertía provocar ese complicado conjunto de respuestas: saber que las palabras que ponía sobre la página harían que la gente se parara en seco, como la extraña belleza de mi amante estaba logrando en aquellos momentos; que se preguntaran, quizá, si la línea que separa lo que les da miedo de lo que les da placer no es mucho más delgada de lo que se imaginan.

Somos nuestros propios cementerios; nos instalamos entre las tumbas de las personas que éramos.

“El Libro de Sangre”
Los muertos tienen autopistas […] Aquí las barreras que separan una realidad de la otra se desgastan con el paso de innumerables pies.

Un libro de sangre. Un libro hecho de sangre. Un libro escrito con sangre. Mary pensó en los grimorios de piel humana muerta, los había visto, los había tocado.

“Terror”
No hay mayor placer que el terror […] Con la inevitabilidad de una lengua que vuelve a recorrer un diente dolorido, regresamos una y otra vez a nuestros miedos, nos sentamos a hablar ellos con el entusiasmo de un hombre hambriento ante un plato caliente y rebosante.

Filosofía. La verdadera filosofía es una bestia, Stephen […] Es salvaje. Muerde […] Creo que deberíamos sentirnos atacados por nuestro objeto de estudio.

No hay mayor placer que el terror. Siempre que sea el de otra persona.

Todo lo que existía en la oscuridad que rodeaba al rebaño eran los miedos que se fijaban en la inocente carne de los corderos: esperaban, pacientes como las rocas, su momento. […] De todo lo demás se podía dudar, pero el hecho objetivo del terror existía.

El terror está ahí antes de que tengamos noción de nosotros mismos como individuos. El feto doblado sobre sí mismo dentro del útero siente miedo.

Vivir la muerte de otro indirectamente era la forma más segura e inteligente de tocar a la bestia.

[…] que en el mundo había algo peor que el terror. Peor que la misma muerte. […] Había dolor sin esperanza de cura. Había vida que se negaba a terminar, mucho después de que la mente le hubiera suplicado al cuerpo que dejara de existir. Y peor aún, había sueños que se hacían realidad.

“Acontecimeinto infernal”
La cara de Voight tembló, la piel pareció arrugarse, los labios se retiraron para mostrar los dientes, los dientes se fundieron en una cera blanca que se derramó por una garganta que empezaba a transfigurarse en una columna de plata brillante. La cara ya no era humana, ni siquiera de mamífero. Se había convertido en un abanico de cuchillos y las hojas reflejaban la luz de las velas que entraba por la puerta. Cuando aquella excentricidad empezaba a asentarse, cambió de nuevo; los cuchillos se fundieron y oscurecieron, brotó vello, surgieron unos ojos y la cabeza se hinchó hasta alcanzar el tamaño de un globo. A aquella nueva cabeza le salieron antenas, a la masa en metamorfosis le aparecieron mandíbulas y la cabeza de una abeja, enorme y perfectamente elaborada, apareció sobre el cuello de Voight.

“Jacqueline Ess”
Pensó: Sé una mujer. Simplemente, mientras pensaba aquella idea ridícula, ésta comenzó a tomar forma. No fue una transformación de cuento de hadas, lamentablemente: su carne se resistía a la magia. Ella deseó que su pecho viril engendrara pechos de mujer, y empezó a hincharse atractivamente hasta que la piel estalló y el esternón voló en pedazos. La pelvis, atormentada hasta el límite de su resistencia, se fracturó por el centro;  desequilibrado, se cayó sobre el escritorio y la miró desde allí, con la cara amarilla por el trauma. Se lamió los labios, una y otra vez, intentando encontrar alguna humedad que le permitiera hablar. Tenía la boca seca, las palabras nacieron muertas. Todo el ruido salía del espacio entre sus piernas; el chapoteo de la sangre; el golpe sordo de sus intestinos sobre la alfombra […] Ella gritó al ver la absurda monstruosidad que había creado […]

Pensó de nuevo en Vassi; y el lago, al pensar en él, se rizó como en una tempestad. Sus pechos se agitaron hasta ser montañas rizadas, mareas extraordinarias le circulaban por el vientre, las corrientes le cruzaban una y otra vez aquella cara parpadeante, rompiéndose en sus labios y dejando una marca como olas sobre la arena. Como ella era líquida en la memoria de Vassi, se licuó al pensar en él.

Sínquisis: mixtura verborum

La sínquisis es una figura retórica que consiste en instaurar el caos sintáctico dentro de una oración. Es la prima loca del más moderado hipérbaton (“dulces daban al alma melodías” Sigüenza y Góngora) que también altera el orden gramatical del verso o el enunciado pero conserva su claridad.

En sus Ejercicios de estilo, Raymond Queneau usa la sínquisis para convertir una anécdota ordinaria en un discurso disléxico pero reconocible. Mientras que a Cortázar le sirve para responder a una pregunta extrañísima: ¿Y si las gallinas escribieran? Transcribo a continuación:

“Por escrito gallina una”
Con lo que pasa es nosotras exaltante. Rápidamente del posesionadas mundo estamos hurra. Era un inofensivo aparentemente cohete lanzado Cañaveral americanos Cabo por los desde. Razones se desconocidas por órbita de la desvió, y probablemente algo al rozar invisible la tierra devolvió a. Cresta nos calló en la paf, y mutación golpe entramos de. Rápidamente la multiplicar aprendiendo de tabla estamos, dotadas muy literatura para la somos de historia, química menos un poco, desastre ahora hasta deportes no importa pero: de será gallinas cosmos el, carajo qué.
Julio Cortázar, La vuelta al día en ochenta mundos.

Para mi propia incursión en la sínquisis partí de este texto que escribí ex profeso:

La morfología del triángulo

Tres lenguas, seis manos, sesenta uñas. Nos hemos convertido en un monstruo que se lame, se mete los dedos, se muerde el cuello. La conquista del pliegue, la exploración del orificio, la invasión del espacio. Me unen a ellos, me inician. Él reparte su boca como hostias. Es pequeño, más que yo, lampiño, femenino, sus manos son más suaves que las de ella, las pasa por el cuerpo enorme de ella, afilado, masculino. Ella me pone en cruz, reconoce mi piel, la huele, el olor la llama a bajar y baja y come y bebe. Este es mi cuerpo. Él me besa, su barbilla se alinea con mi frente, labio inferior con labio superior, extiende sus brazos y me roza con las yemas. Las manos de él y las de ella se tocan, se entrelazan sobre mi piel. Se miran, se atraen, él repta sobre mí para encontrarse con la boca de ella. Mi boca encuentra su sexo y lo atrapa. Somos un monstruo triangular, una serpiente que se muerde la cola: uroboros. Ella reordena la carne: se extiende boca arriba, mi cara entre sus piernas, él detrás de mí, adentro, sus dedos de niña en mis botones de encendido. Nos contorsionamos, giramos, bufamos, pellizcamos, suplicamos, nos extendemos. Hasta el espasmo, la decantación y la nada.

Lo imprimí y deconstruí enunciado por enunciado tratando de respetar el número de comas aunque cambiándolas de lugar. Fue un ejercicio rico porque la coerción (palabra oulipiana por excelencia que se refiere a las restricciones que enfrenta todo el que escribe) a la que me sometí al trabajar con las mismas palabras me ayudó a repensar mis mañas sintácticas.

Aquí va: