En el cuarto con las luces apagadas, tu voz sonaba a secreto.
—Mañana vamos por helados y practicamos besos— dijiste.
—¿Otra vez?— respondí.
—Sí, yo voy a hacer como que beso a Julián. ¿Tú a quién?
—Yo, a nadie.
—Ash.
—Pues tú y tus juegos tontos.
Entonces giraste hacia mí desde tu esquina en el colchón y metiste tus manos que se movían como peces, en mis axilas. Luego bajaste por mis costillas, trataste de escurrirte hasta el interior de mis muslos y me tomaste de un tobillo para atacarme el pie izquierdo. Yo me retorcí por primera vez en esa noche, víctima de tus dedos acuáticos. Luego te hice lo mismo hasta que pediste paz. Nuestras risas se apagaron poco a poco y supe que estabas cayendo en un sueño profundo porque la respiración se te hizo larga. Mientras me perdía en la fluorescencia plástica de las estrellas pegadas en el techo, escuchaba tus latidos desde mi almohada.
Tardé horas en pegar el ojo. Me retorcí de nuevo. Mis latidos retumbaban en los resortes de la cama. Te imaginé contrayéndote y capturando mis dedos. Te vi lamiéndolos igual que a los helados de siempre. Tu lengua al fin liberada de los ensayos, puesta sobre mí. Otra vez sentí cosquillas, pero más abajo. Un hormigueo como el del agua que empieza a hervir. Allá abajo había otra boca que también quería tu boca.
Abrí los ojos cuando el sol de la mañana me alcanzó la cara. Ya te habías levantado. Me senté en la cama y vi que la piyama que te presté estaba en el suelo. En los shorts había un rastro blanco, algo pastoso que también había comenzado a aparecerme a mí en la ropa interior. Estaba inclinándome para oler esa costra pálida cuando entró mi madre.
—¿Cómo dormiste mi’jita?
—Mal— dije mientras me incorporaba a toda velocidad.
—Seguro tus medicinas te quitaron el sueño. Vente a desayunar, tu prima ya está comiéndose sus hotcakes. Me dijo que en la tarde van a ir por helados.