Recuerdo sobre tinta

Cuando era niña pasaba horas viendo los cuadros de mi casa. Primero imaginaba qué sucedía antes y después de la imagen. Luego los veía hasta que las figuras se convirtieran en trazos y los trazos en nada.

Había un cuadro de un tigre-dragón (¿o era un hombre montado en un tigre-dragón?) sobre una mujer. Las garras se le clavaban en la piel desnuda.

También había un cuadro de una mujer con dos palomas. Estaba a un lado de la cama de mi papá. Siempre que mi papá me llamaba para hablar con él veía ese cuadro. Una de las palomas tenía las alas abiertas sobre la cabeza de la mujer, la otra estaba de perfil junto a su regazo, tenía una parte muy oscura entre sus plumas, una gran concentración de tinta oscura bajo su ala. Cuando mi papá me hablaba yo veía esa parte oscura, sus palabras se quedaban ahí.

*La imagen es de marce_garal.

Música olfativa de Bernard Quiriny

Transcribí uno de los Cuentos carnívoros de Bernard Quiriny. Trata de un hombre que huele la música.

Denle play a “Hamlet”, este poema sinfónico de Liszt, y decidan si están de acuerdo con la reseña olfativa de Gartner, protagonista del cuento.


“Sinestesia”
(Alemania, 1987)

¿El primer Cuarteto de cuerda de Debussy, en sol menor? “Delicado, elegante; helechos y musgos de roble, como un sotobosque por donde uno pasea después de la lluvia, en otoño”. ¿Los Poemas sinfónicos de Liszt? “Un no sé qué de frescura excesiva, un poco lácteo, de un olor y un sabor muy agradables” ¿Aaron Copland? “Bosque, seta, tabaco. Cuero, también. Y tal vez un humo de neumáticos quemados, con el respeto debido”. ¿Berlioz? “ Jara, bergamota, mandarina, piel de limón. ¿Ha aspirado usted alguna vez de un frasco de neroli? Pues eso, exactamente”. ¿Purcell? “No me creerá, pero es pimentado. En cuanto lo escucho me pongo a estornudar. Mis hijos se ríen”. ¿Sibelius? “Miel, avellanas, pan tostado. Muy embriagador.” ¿Beethoven? “Un buqué de tal complejidad que si lo escucho más de media hora me da migraña”.

Así es como responde Thomas Gartner cuando lo interrogan sobre sus compositores preferidos. El hombre disfruta de una facultad que uno no sabe si clasificar entre las enfermedades raras o los milagros de la naturaleza: para él la música huele. “No solamente la música —precisa—. Mis fosas nasales reaccionan a los sonidos, las voces, el viento entre las hojas. Intento no hacer caso; de lo contrario, el mar de olores en que estoy sumergido se volvería insufrible. Se soporta fácilmente que a uno lo rodee un ruido incesante, y, cuando para, queda cierta quietud; pero oler constantemente vuelve loco”.

Numerosos médicos se han interesado por el caso de Gartner, pero ninguno ha logrado determinar el origen del don. Algunos han hablado de hiperosmia. Otros han diagnosticado una malformación de la lámina vertical del etmoides. Otros más, en fin, han dictaminado que el caso es más propio de la psiquiatría que de la otorrinolaringología y que Gartner podría curarse con una buena terapia. “Los que creen que yo sueño olores se equivocan —protesta Gartner—. No son alucinaciones. Yo huelo a Bach y huelo a Fauré como vosotros oléis el jabón, la lavanda y la vainilla. La música entra en mí por los tímpanos pero también por las narinas y no permitiré que nadie me tilde de loco”.

Para que sus dotes sirvan al conocimiento de las artes, Gartner ha emprendido la redacción de un catálogo donde consigna las impresiones olfativas que recibe de los grandes músicos del repertorio. “Es el primer tratado de musicología olfativa”, explica. Los compositores están clasificados según los nueve tipos de olores que distinguió Zwaardemaker en el siglo XIX: etéreos, aromáticos, fragantes, ambrosiacos, aliáceos, empireumáticos, caprílicos, repulsivos y nauseosos. Es una labor paciente que lo obliga a ir incesantemente del órgano al tocadiscos y del tocadiscos al órgano; como ciertos pasajes, asegura, tienen aromas frente a los cuales el vocabulario de la perfumería es impotente, se ve obligado a inventar metáforas insólitas. “Cuando acabe el catálogo de la música clásica —añade— comenzaré uno del jazz. Será más difícil, y creo que para identificar ciertos perfumes tendré que viajar a los Estados Unidos. Nunca he descubierto a qué corresponde exactamente el olor del swing”.

El balance

Avanzar de prisa. Seguir a las demás. Cerrar los ojos. Estirar los brazos. Avalancharnos.

Alinearnos. Escuchar las órdenes. Inflar el cuerpo. Abrir el compás. Parecer más grandes, más fuertes, más. Contraatacar.

Las otras: Verlas, probarlas, acabar con ellas. Lamernos. Encontrar un lugar. Llenar los huecos. Romper la formación. Ignorar los gritos de “Retirada”. Fundirnos. Desaparecer.

*Écfrasis ‑es decir, una narración a partir de una imagen o serie de imágenes‑ del video de Rimantas Lukavicius en Vimeo.

Siempre carga pantuflas limpias y come tus vegetales

Un viaje. Un getaway para dos. Una pelea absurda. Él se va. Lo sigo por la calle sin éxito. Regreso a toda velocidad al hotel. No encuentro el cuarto. Los espacios se han vuelto enormes, parece que regresé a mi estatura de hace veinte años. Cada estancia es de un tono diferente y los muebles y los objetos coinciden en color de una forma aterradora. Es como en “La Máscara de la Muerte Roja” de Poe con un tinte de Twilight Zone. Los recorro uno por uno, toco el cristal cortado, el terciopelo; los objetos se meten en mis ojos. Me dejan exhausta. Llego a una cama desconocida en un cuarto que no es el mío. Despierto con las ideas revueltas. De entre las sábanas sale mi abuela, parece viva, pero yo sé que está muerta. Vuelvo a quedarme dormida y a despertar a su lado una y otra vez. No puedo dejar esa cama. No puedo despertar. Cuando logro pararme, veo que algo se mueve en el suelo. Es un oso polar del tamaño de un perro, lo acaricio. Empiezo a jugar con él, de pronto su pelaje se convierte en fibras de mechudo y luego en cinta de aislar. Me muerde. Muy suave, pero repetidamente. Le agarro el hocico y se lo cierro a la fuerza. Aúlla y sale del cuarto. Sé que Él debe estarme buscando, he pasado la noche en otra cama. Me quiero ir. Estoy descalza. Hay tres pares de pantuflas, pero los tres están asquerosos.

CORTE A:

Tengo que dirigir una película protagonizada por Julia Roberts y Robert Downey Jr. Se llama algo algo Rodríguez. Estamos filmando en un centro comercial que parece un Showbiz Pizza gigante. Julia tiene al asesino enfrente, le apunta, pero no dispara. Yo veo su cara llena de miedo y pienso “¿Por qué no dispara? Qué imbécil”. Julia deja que el asesino escape. Robert la alcanza, entre jadeos suelta un diálogo aleccionador y cierra diciendo “Bottom line: eat your veggies”.

Galería

Comillas: esas perras mentirosas

Esta galería contiene 12 fotos.

Cuando veo una palabra o una frase entrecomillada inmediatamente desconfío. Siento como que me cierra el ojo mientras dice: “Sí me cachó, ¿verdá? Usté y yo nos entendemos”. ¿A ustedes les pasa lo mismo? ¿Perciben la hipocresía que las malditas … Sigue leyendo

Tu voto:

La cocina sinsentido o escribir cuento fantástico

Para Arturo Vallejo

En “Del cuento breve y sus alrededores” Julio Cortázar dice que escribir un cuento se parece mucho a despiojarse, a purgarse, a exorcizarse porque muchos cuentos (sobre todo los fantásticos) son producto de las neurosis, pesadillas o alucinaciones del escritor.

En el cuento todo debe ser orgánico. Cortázar habla de la importancia de respetar el desarrollo temporal del cuento, de no meter cuñas ni catalizadores para explicar la yuxtaposición de lo fantástico con lo habitual. En pocas palabras, hay que dejar que el cuento respire solo. Si no lo hace, no sirve.

Para explicar esta ósmosis literaria, Cortázar recuerda una receta del escritor inglés Edward Lear, que traduje (con la amable ayuda de Miguel Cane) y que me hizo reír muchísimo. Se las dejo:

Empanadas Gosky

Tome un Cerdo, de tres o cuatro años de edad, y amárrelo de la pata trasera a un poste. Ponga 5 libras de pasas, 3 de azúcar, 2 puñitos de chícharos, 18 castañas asadas, una vela y seis toneles de nabos dentro de su alcance; si se los come, constantemente provéale más.
Entonces consiga algo de crema, algunas rebanadas de queso de Cheshire, cuatro pliegos de papel de 20×30 cm, y un paquete de alfileres negros. Amase todo hasta que se forme una pasta, y espárzalo en un pedazo limpio de tela café contra agua para que se seque.
Cuando la pasta esté perfectamente seca, no antes, proceda a golpear al Cerdo violentamente con el mango de una escoba grande. Si chilla, péguele de nuevo.
Revise la pasta y golpee al cerdo de forma alterna durante algunos días, y determine si al final de ese periodo el conjunto estará a punto de convertirse en Empanadas Gosky.
Si no lo hace, nunca lo hará; y en ese caso se podrá soltar al Cerdo, y todo el proceso podrá considerarse como terminado.
Cocina Sinsentido. Edward Lear
* La foto es de Jaevus.

Para aprehenderme

Habría que guardar lo que se desprende de mí en frascos, láminas para microscopio y bolsas resellables. Las escamas de piel muerta, la cerilla, la mugre, los pelos, las fibras, la suciedad, los residuos. Habría que fechar y etiquetar cada muestra. Habría que comenzar una bitácora.

Las entradas se verían así:

Yo. 5 de marzo, 16:44. Polvo de cuero cabelludo y flujo vaginal. Hace dos días que no me lavo el pelo. Dentro de poco menstruaré.

Yo. 21 de marzo, 11:21. Encontré arena dentro de mi oreja y una pelusa morada bajo la uña del dedo gordo de mi pie derecho.

Sólo así cabría la posibilidad de que me aprehendieras como algo más que una idea en tu cabeza.

La imagen es de Rosie-Schmosie y está en flickr.

Un acordeonista en la línea 3

Él hacía chillar su acordeón en un vagón del metro casi vacío. Sus brazos eran puro hueso y tenía los ojos del mismo color que el terciopelo rojo de su instrumento. Entre acorde y acorde repetía algo. Pensé que decía “Sabrá”, pero después me enteré que era “Stacoprá”, o sea, “Gusta cooperar”. Un enfrenón violento lo sentó a mi lado. Su camiseta tenía una leyenda escrita en la espalda: decía “Full collapse”. Bajó en la siguiente estación y se desplomó sobre el andén. Su cuerpo aplastó el acordeón y un Mi sostenido se escuchó hasta que se cerraron las puertas.

Faulkner y su único libro para niños

Encontré una joya en la Biblioteca Benjamín Franklin. Un cuento para niños de William Faulkner. Se llama The Wishing Tree y fue escrito en 1927, entre Soldiers’ Pay y Mosquitoes. Durante cincuenta años, el libro permaneció inédito. Ésta fue su primera y única incursión en la literatura infantil. Les dejo una reseña.

La noche antes de su cumpleaños, Dulcie se mete a la cama con el pie izquierdo y le da la vuelta a su almohada antes de dormirse, este ritual involuntario equivale a frotar una lámpara maravillosa o algo así porque al despertar, se encuentra con Maurice, un niño pelirrojo que saca ponis de su mochila y hace que deje de llover.

Dulcie irá en busca del Árbol de los Deseos acompañada por Dicky, su hermanito; Alice, su nana; George, su vecino y Maurice. En el camino aparecerá un viejito que ofrece llevarlos al Árbol, un león, un pastel de chocolate y hasta el esposo perdido de Alice.

Y un extracto:

“I was in a war” the little old man said to Alice’s husband.
“Which one?” Alice’s husband asked.
“I never did know,” the little old man answered. “There was a lot of folks in it, I remember.”
“Sound like the one I was at,” Alice’s husband said.
“They’re all about alike, I reckon,” the little old man said.

Ya lo busqué en Amazon, está considerado un libro de colección y se vende hasta en 60 dólares.