Britto García viaja a Las Indias

El siguiente es un cuento de Luis Britto García (1940, Caracas).

 

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Viaje por Las Indias

E adentrándonos en Tierra Firme por jardines, fallamos homes que el su natural es volar, como los pájaros. E los hay homes arbóreos, que florecen e frutecen e comen de sus propias semillas. E haylos otros que se tornan en las cosas que quieren, e son árboles e son rocas e son ríos y nubes. E otros los hay que el solo alimento que tienen es sus propias vísceras. E los hay de otra traza que todos los de un pueblo son un mismo home y es como si uno solo viviera en distintos lugares a un tiempo. E viven por allí otros que un solo home es muchedumbre de homes distintos. E haylos que remontan el tiempo e son sus propios padres y sus propias madres. E los hay que son de órganos y miembros dispersos y sueltos, que según su capricho y menester agrúpanse e disuélvense en toda suerte de quimeras. E haylo uno que él es al mismo tiempo el home y el mundo en el que aquél vive. E haylos que, asustados, escóndense dentro de su propio cuerpo y no hay manera de hallarlos. E las hay mugeres que son una selva y toda ella llena de los órganos propios, al modo que los viajeros, donde quieren, copulan. E los hay homes que son estrellas fugaces e en las noches de la canícula facen danza en los cielos. E homes los hay de un pueblo, donde el uno huele, el otro ronca, el otro come, el otro orina, e entre todos por partes facen las funciones completas de un solo home. E los hay como topacios, que en su fulgor se mellan las alabardas. E haylos que su vida entera dura un latido. E haylos que un sospiro suyo dura milenios. E haylos tan grandes que sus miembros figúransenos Tierra Firme. E tan pequeños que no son discernibles. E homes haylos también que son siempre olvidados una vez vistos. E haylos que toman la forma del que los mira. E haylos que son su propia sombra. E haylos que su raza tiene diez géneros de sexos, e ayuntan entre todos. E los hay que son sólo palabras e viven cuando las repetimos. E haylos también que son sólo imágenes e existen cuando las recordamos. E los hay que son idénticos a los que fuimos. E haylos que son los que seremos. E otros que son y han sido siempre cadáveres. E los hay de tal hechura, que no hay palabra para referirlos. E haylos de condiciones tales, que de nadie es creída su existencia. E otros hay, que son sólo un aroma. E haylos, que son manchas de luz. E los hay estotros, que son tachones de sombra. E encontramos homes que eran un gran sexo, e vivían dentro de una muger que era sólo una gran funda. E haylos otros que son sólo órganos de los sentidos. E haylos con sentidos configurados de tal forma, que por ellos sólo conocen el deleite. E haylos que son sólo una melodía. E por horror de la maravilla, matámoslos todos.

Cuentos-cabriola

Portarrelatos
José de la Colina

Es un libro de 90 páginas, juguetón como su autor. Hay cuentos oulipianos, como “el viaje de Sebastián”, con narradores poco confiables, dubitativos, salpicados de esas “y” que tanto le criticaba uno de mis ex-compañeros becarios a mis cuentos:

Nicolás dice que un jueves y Blanquita que un sábado y yo creo que un domingo, en fin, que no nos ponemos de acuerdo, y es como si diferentes sebastianes hubieran salido en diferentes días de la semana: un Sebastián alto, un Sebastián bajo, un Sebastián mediano, un Sebastián de cabello negro, un Sebastián de cabello rubio y uno delgado y otro robusto y otro más ni robusto ni delgado, digamos que en nuestras charlas de sobremesa empieza a haber muchos sebastianes, y quién sabe cuál es el verdadero, y entonces mamá suspira y dice yo sé muy bien cómo es Sebastián porque una madre lleva el retrato de su hijo en el corazón y yo ya tenía en mi corazón su retrato desde antes de que naciera…

También hay cuentos fractales: “El hombre que va hacia el faro” usa el recurso de mise en abîme. Un hombre compra una cajetilla de Faros y mira la ilustración de un hombre de espaldas con sombrero que mira a un faro por donde pasa un barco cuya tripulación canta remembranzas de mujeres isleñas pero también de:

playas solitarias a las que van a morir oscuras y silenciosas o rugientes olas arrojando vacías caracolas en cuya espiral interior se oye el rumor de otro mar cuyas olas a su vez van a morir a otras playas solitarias de islas sin nombre y nunca miradas por nadie, islas del inmenso mar sin horizonte, el mar soñado de islas soñadas…

O cuentos-espejo, como “Dulcemente”, donde todo lo que sucede en la pantalla de cine (el cuello blanco de la actriz, las manos del actor alrededor del cuello de la actriz, la música japonesa como gotas de lluvia sobre gongs) se reproduce simétricamente en el mundo narrativo. Y esa palabra (dulcemente) lo permea todo. Un cuento lleno de adverbios (esos que tanto odiaba ese mismo ex-becario), adverbios rítmicos, como golpes a un gong.

Cuentos con forma de sueño:

¡Sube, sube, pero sube!, dice tu padre palmoteándote un hombro desde atrás de ti, porque ha montado contigo tanto en el sueño como en el aparato, y aunque el soñador, tú mismo pero otro, te dice: esto es sólo un sueño que estás soñando en 1995, y aunque aparentemente has vuelto a ser un niño, decides actuar y tiras de la palanca de mando del planeador para que ascienda…

Cuentos metamórficos, cuentos intertextuales, cuentos como gatos rojos-republicanos que devoran palomas blancas-católicas, cuentos telefónicos, cuentos-espejismo, cuentos-cabriola (de esos que le gustaban tanto a Torri porque abominaban de los puentes). Un señor-libro-de-cuentos, pues.

 

Dos notas: 1. Este libro se puede comprar por internet acá. 2. Justo hoy José de la Colina publicó en Milenio un texto hermosísimo sobre los cuentos que no escribió su amigo Pedro Miret, eso fue lo que detonó este post.

Lo luminoso

 

 

La extensión, la profundidad, los niveles de significación, la aportación a las letras mexicanas, nada de eso importó al leer Cocaína de Julián Herbert. Sólo lo luminoso.

Quizá haya algo de eso en la minificción que escribí hace unos días. Un escritor al que admiro muchísimo dijo que disfrutó leerla. Igual que yo el libro de Herbert. En ningún momento nadie pensó en nada más.

Así nacen los libros-cebolla (esos de múltiples capas e igual número de lecturas). Su autor no lo sabe.

Cocaína ganó el Arreola, uno de los premios nacionales de cuento más chonchos. Es un libro cándido. Se le nota lo sincerote, lo cercano que estuvo (está) a su autor. Herbert confirmó lo que el protagonista del cuento de Serna ya había intuido: los grandes libros nacen de la escritura íntima.

Un par de extractos:

Llámemne Ismael: estoy sentado en Baker Street, junto a la chimenea, tratando de cazar con mis palabras a un animal blanco y enorme [...] Es un animal que se asusta y enfurece, que mata ciegamente, que cuando no te mata parte tu vida en dos. Pero es también una bestia lúcida y hermosa, y respira música, y en el momento en que su cola te azota y arroja tu cuerpo por el aire no piensas ni en el dolor ni en la sangre que gotea: piensas solamente en la velocidad –que es como no pensar, o sentir el pensar, o estar sentado en medio de la purísima nieve mirando pasar las ruedas sucias.

Llámenme Ismael. Estoy aquí para contarles una historia.

mi amor es algo leve y difuso y sin sentido algo que se puede decir a la mitad de un bostezo/

Música olfativa de Bernard Quiriny

Transcribí uno de los Cuentos carnívoros de Bernard Quiriny. Trata de un hombre que huele la música.

Denle play a “Hamlet”, este poema sinfónico de Liszt, y decidan si están de acuerdo con la reseña olfativa de Gartner, protagonista del cuento.


“Sinestesia”
(Alemania, 1987)

¿El primer Cuarteto de cuerda de Debussy, en sol menor? “Delicado, elegante; helechos y musgos de roble, como un sotobosque por donde uno pasea después de la lluvia, en otoño”. ¿Los Poemas sinfónicos de Liszt? “Un no sé qué de frescura excesiva, un poco lácteo, de un olor y un sabor muy agradables” ¿Aaron Copland? “Bosque, seta, tabaco. Cuero, también. Y tal vez un humo de neumáticos quemados, con el respeto debido”. ¿Berlioz? “ Jara, bergamota, mandarina, piel de limón. ¿Ha aspirado usted alguna vez de un frasco de neroli? Pues eso, exactamente”. ¿Purcell? “No me creerá, pero es pimentado. En cuanto lo escucho me pongo a estornudar. Mis hijos se ríen”. ¿Sibelius? “Miel, avellanas, pan tostado. Muy embriagador.” ¿Beethoven? “Un buqué de tal complejidad que si lo escucho más de media hora me da migraña”.

Así es como responde Thomas Gartner cuando lo interrogan sobre sus compositores preferidos. El hombre disfruta de una facultad que uno no sabe si clasificar entre las enfermedades raras o los milagros de la naturaleza: para él la música huele. “No solamente la música —precisa—. Mis fosas nasales reaccionan a los sonidos, las voces, el viento entre las hojas. Intento no hacer caso; de lo contrario, el mar de olores en que estoy sumergido se volvería insufrible. Se soporta fácilmente que a uno lo rodee un ruido incesante, y, cuando para, queda cierta quietud; pero oler constantemente vuelve loco”.

Numerosos médicos se han interesado por el caso de Gartner, pero ninguno ha logrado determinar el origen del don. Algunos han hablado de hiperosmia. Otros han diagnosticado una malformación de la lámina vertical del etmoides. Otros más, en fin, han dictaminado que el caso es más propio de la psiquiatría que de la otorrinolaringología y que Gartner podría curarse con una buena terapia. “Los que creen que yo sueño olores se equivocan —protesta Gartner—. No son alucinaciones. Yo huelo a Bach y huelo a Fauré como vosotros oléis el jabón, la lavanda y la vainilla. La música entra en mí por los tímpanos pero también por las narinas y no permitiré que nadie me tilde de loco”.

Para que sus dotes sirvan al conocimiento de las artes, Gartner ha emprendido la redacción de un catálogo donde consigna las impresiones olfativas que recibe de los grandes músicos del repertorio. “Es el primer tratado de musicología olfativa”, explica. Los compositores están clasificados según los nueve tipos de olores que distinguió Zwaardemaker en el siglo XIX: etéreos, aromáticos, fragantes, ambrosiacos, aliáceos, empireumáticos, caprílicos, repulsivos y nauseosos. Es una labor paciente que lo obliga a ir incesantemente del órgano al tocadiscos y del tocadiscos al órgano; como ciertos pasajes, asegura, tienen aromas frente a los cuales el vocabulario de la perfumería es impotente, se ve obligado a inventar metáforas insólitas. “Cuando acabe el catálogo de la música clásica —añade— comenzaré uno del jazz. Será más difícil, y creo que para identificar ciertos perfumes tendré que viajar a los Estados Unidos. Nunca he descubierto a qué corresponde exactamente el olor del swing”.

Variaciones sobre un mismo cuento

 

Daré un taller literario para escribir cuento a partir de los “Ejercicios de estilo” de Queneau.

Será un acercamiento lúdico a esta obra que formó parte de Oulipo (Taller de Literatura Potencial, por sus siglas en francés) y el pretexto para escribir cuento breve usando las técnicas de “coerción” y juego como el lipograma, el S+7, la literatura definicional o el logo-rally.

Aquí los datos de contacto para informes e inscripciones:

Cartuchos literarios

Un paisano guanajuatense, José Manuel Ortíz Soto, me invitó a participar en la Antología virtual de minificción mexicana, un proyecto que pretende reunir en un solo sitio a escritores que se interesan por la brevedad en la narrativa.

Están los consagrados como Julio Torri, Edmundo Valadés, José Emilio Pacheco y Salvador Elizondo. Pero también hay narradores contemporáneos con propuestas muy interesantes como Alberto Chimal, Isaí Moreno, Renato Guillén y Edgar Omar Avilés.

Dénse una vuelta y échenle un ojo a los textos de Nellie Campobello, me gustan porque el título que los contiene, Cartucho, ilustra lo que creo yo que es la minificción: una bala que tiene las mismas probabilidades de perderse o de dar justo en el blanco.

YO ES OTRO

Ser otr@

Mi primer libro.

Se siente raro decirle así porque lo comparto con otros once autores. Grandes autores, hay que decir. Autores como Fabio Morábito a quien admiro por el  lenguaje diáfano de sus cuentos y sus poemas, como Cristina Rivera Garza que me empuja a escribir notas al margen de sus libros preguntándole cosas, preguntándome otras más, como Cristina Peri Rossi que tensa el cuento de tal forma que el final siempre es efectivísimo, como Enrique Serna que domestica la voz del narrador hasta que la convierte en su serpiente encantada, como Ana Clavel, mi maestra, de la que he aprendido tanto, y gracias a la cual estoy incluida en esta antología.

Un compendio de cuentos travestidos, donde los autores jugamos a ser otr@s.

Rosario Castellanos decía que el título del primer libro es un estigma que no borra nadie. ¿Aplicará esta sentencia a mi caso? ¿Será que siempre seré otra, otro, otr@?

“Mariana viene a verme”, el cuento con el que debuto como autora publicada, me despertó una noche, me obligó a prender una vela y a escribir los primeros diálogos justo como los había escuchado durante mi sueño.

Mis cuentos, igual que mis sueños, responden a temas que me obsesionan. Detrás de las palabras de cada historia que construyo, laten pulsiones que a veces ni siquiera reconozco como mías, pero que siempre me hablan en una lengua que entiendo.

Escribo para encontrarme en mis letras, para reconocerme en ellas.

Y precisamente ahora, que siento que mis piezas internas se mueven para convertirme en otra cosa, necesito de la escritura como nunca. Precisamente ahora que no sé cómo ser la mujer que quiero ser, necesito esconderme bajo mi escritura y, eventualmente, revelarme en ella.

Espero que este primer libro sea también un primer paso para descubrir esa otredad que traigo adentro.