Betsy o eso que cabe en una caja de licuadora

Más de una vez mis maestros me han dicho que transcribir un texto es un ejercicio básico para todo escritor en ciernes y Steiner me terminó de convencer en su ensayo “El lector infrecuente” cuando dice que leer de verdad es dialogar con el texto, escribir en sus márgenes, aprender de memoria los pasajes más divertidos o más sesudos y transcribirlo fielmente para estudiar sus mecanismos.

Así que les dejo “Betsy” un cuento de Rubem Fonseca que me fascinó por su andamiaje sencillo, por el cuidado con que cada palabra está puesta y porque a pesar de que Fonseca aparentemente estropea el final al decir que Betsy muere en la primera línea, el remate del relato es magistral.

Betsy

Betsy esperó a que el hombre regresara para morir.

Antes del viaje, él notó que Betsy tenía un apetito poco común. Después surgieron otros síntomas, ingestión excesiva de agua, incontinencia urinaria. Hasta entonces, el único problema de Betsy era la catarata en uno de los ojos. A ella no le gustaba salir, pero antes del viaje sorpresivamente entró con él en el elevador y los dos pasearon por la acera junto a la playa, algo que ella nunca había hecho antes.

El día que el hombre llegó, Betsy tuvo el derrame y se quedó sin comer. Veinte días sin comer, acostada con el hombre en la cama. Los especialistas dijeron que ya no se podía hacer nada. Betsy sólo se paraba de la cama para tomar agua.

El hombre permaneció con Betsy en la cama durante toda su agonía, acariciando su cuerpo, sintiendo con tristeza la flacura de sus ancas. El último día, Betsy, muy quieta, los ojos azules abiertos, miró al hombre con la mirada de siempre, la mirada con que expresaba la comodidad y el placer que su presencia y sus cariños le producían. Comenzó a temblar y él la abrazó con más fuerza. Al sentir que sus miembros estaban fríos, el hombre le buscó una posición cómoda en la cama. Entonces ella extendió el cuerpo, pareciendo desperezarse, y echó la cabeza hacia atrás en un gesto lánguido. Después estiró el cuerpo todavía más y suspiró, una exhalación fuerte. El hombre pensó que Betsy había muerto. Pero algunos segundos más tarde emitió otro suspiro. Horrorizado con su meticulosa atención, el hombre contó, uno por uno, todos los suspiros de Betsy. Con intervalos de algunos segundos, ella exhaló nueve suspiros iguales, la lengua de fuera asomando por un lado de la boca. Luego empezó a golpearse el abdomen con los dos pies juntos, como lo hacía ocasionalmente sólo que con más violencia. En seguida, se quedó inmóvil. El hombre pasó la mano levemente por el cuerpo de Betsy. Ella se desesperezó y estiró los miembros por última vez. Estaba muerta. Ahora, el hombre lo sabía, estaba muerta.

El hombre pasó toda la noche despierto al lado de Betsy, acariciándola suavemente, en silencio, sin saber qué decir. Habían vivido juntos dieciocho años.

En la mañana, la dejó en la cama y fue a la cocina a prepararse un café negro. Se fue a tomar el café a la sala. La casa jamás había estado tan vacía y triste.

Por fortuna el hombre no había tirado la caja de cartón de la licuadora. Volvió a la recámara. Cuidadosamente colocó el cuerpo de Betsy dentro de la caja. Con la caja bajo el brazo caminó hacia la puerta. Antes de abrirla y salir, se secó los ojos. No quería que lo vieran así.

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7 comentarios el “Betsy o eso que cabe en una caja de licuadora

    • Ahí están todas las pistas para saber qué es Betsy. Casi al final del texto nos enteramos que no es humana, intuimos que es un animal doméstico pues vivió con el hombre por 18 años y sabemos que es un animal pequeño porque cabe en la caja de una licuadora. ¿Entonces qué es? Hagan sus apuestas.

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