Espejo, laberinto y espiral: El mundo de Borges

Mi admiración por un@ escritor@ nace, casi siempre, de reconocer que nunca podré escribir como él/ella.

Ese es el caso con Jorge Luis Borges. Siento su escritura lejanísima a la mía. Creo que por eso me atrae tanto. Ficciones, es quizá, entre sus libros de cuentos, mi favorito.

Aquí los cuentos siempre narran dos historias: la visible, es decir, la falsa y la invisible o verdadera.

El espejo es central en su obra. Lo utiliza para hablar de la dualidad que coexiste en el universo, del desdoblamiento de una sola cosa en mitades opuestas: “El orden inferior es un espejo del orden superior; las formas de la tierra corresponden a las formas del cielo” dice el narrador en “Tres versiones de Judas”.

Algo parecido sucede con el laberinto: representa el pensamiento, la memoria (infinita y ociosa como la de Funes), el tiempo (bifurcado y rizomático como lo entendió Ts’ui Pen) y  la creación misma. En el laberinto de Borges la única salida es la muerte, así lo entiende el protagonista de “El milagro secreto”, cuya existencia se congela un segundo antes de su muerte en el paredón sólo para que logre terminar la pieza teatral que escribía antes de ser ejecutado: “A veces anhelaba con impaciencia la definitiva descarga, que lo redimiría, mal o bien, de su vana tarea de imaginar”.

La espiral, por su parte, habla de la proclividad del hombre a repetir su historia, de la circularidad del tiempo. Está presente en “Pierre Menard, autor del Quijote” cuando el narrador asegura que “Componer el Quijote a principios del siglo diecisiete era una empresa razonable, necesaria, acaso fatal; a principios del veinte, es casi imposible”. Existe también en “El jardín de los senderos que se bifurcan” en el momento que Yu Tsun decide matar a un hombre de apellido Albert para comunicar al jefe que el arsenal del enemigo se encuentra oculto en una ciudad francesa de ese nombre: “El ejecutor de una empresa atroz debe imaginar que ya la ha cumplido, debe imponerse un porvenir que sea irrevocable como el pasado”.

La idea de existencia como un delirio circular recuerda invariablemente a Nietzsche y a su eterno retorno. En “El milagro secreto” se habla así de la vindicación de la eternidad: “no es infinita la cifra de las posibles experiencias del hombre y que basta una sola ‘repetición’ para demostrar que el tiempo es una falacia…”

En estos ejes se mueve el mundo de Ficciones. Las obsesiones de Borges se convierten en andamios, en hilos que tejen esta serie de cuentos fractales.

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