La candidez perversa de Miller

Sexus
Henry Miller

Este libro me dejó un sabor raro en la boca. En principio, la traducción al español baturro me cansó, quedé hasta la madre de el canario, ¡La Virgen!, chocho, tía, me corrí como una ballena, mete-y-saca-una-tonelada-y-toca-el-silbato.

Pero hay algo más. Es el descaro de Miller lo que me sabe raro. Es su autocomplacencia, su megalomanía rampante, su capacidad para el soliloquio… o quizá sólo son celos.

Con Sexus corroboré lo que ya le había leído a Ana Clavel en Cuerpo Náufrago, que los hombres pueden decir las más grandes estupideces (iba a decir chorradas, ¡eso es lo que pasa después de leer 632 páginas de español castizo!) y resultar encantadores. En cambio, a las mujeres se la pongo más difícil. Tomo a Charlotte Roche y Zonas húmedas, como ejemplo. Llega un momento donde tengo que decir “¿Ya estuvo bueno de cochinadas, no? Sé buena niña y cuéntame una historia”. ¿Y por qué a Miller no le pido lo mismo? Se engolosina describiendo “polvos fenomenales”, chochos que sueltan sus jugos como sopa caliente, bramidos de “tías” multiorgásmicas mientras se “corren” como trenes y aún así me río, me excito y no quiero nada más.

Hay que ser un descarado para escribir una trilogía sobre la vida de uno, hay que ser un ególatra, un valemadrista, un hijo de la chingada.

Tal vez por eso el sabor agridulce. Es el reconocerme incapaz de escribir un libro así. Carisma y desfachatez en un mismo lugar. Sexus es un libro cándido. Eso: tiene una candidez perversa. Verborrea, engolosinamiento surrealista, sermoneo anglosajón desde un púlpito católico. Delicioso por momentos, nauseabundo en otros.

En mi librero tengo Plexus y Nexus. Todavía están envueltos en celofán.

De Sexus:

Cuando la gente me pregunta si tengo presente un público preciso, al sentarme a escribir, les digo que no, que no tengo presente a nadie, pero la verdad es que tengo ante mí una imagen de una gran multitud anónima, en la que quizá reconozca aquí y allá una cara amiga…

Lo mejor de escribir no es la tarea en sí de colocar palabra tras palabra, ladrillo sobre ladrillo, sino los preliminares, la labor preparatoria, que se hace en silencio, en cualquier circunstancia, en sueños igual que en vela: en resumen, el periodo de gestación.

Llegué a ese punto en que abandonas cualquier esperanza de recordar tus brillantes ideas y simplemente te entregas al lujo de escribir un libro en la cabeza. Sabes que nunca serás capaz de recuperar esas ideas, ni una sola línea de todas las oraciones tumultuosas y maravillosamente ensambladas que se te filtran por la mente como serrín derramándose por un agujero.

El sexo era un animal encerrado en el zoo al que se visitaba de vez en cuando para estudiar la evolución.

Los condenados siempre tienen una mesa en que sentarse, en la que apoyan los codos para sostener la plúmbea carga de sus sesos.

Anuncios

Un comentario el “La candidez perversa de Miller

  1. Ayer releí “Djuna”, una novela breve de Anaïs Nin, escritora y amante de Miller, y encontré este pasaje sobre su relación con Henry (Hans en la novela). Creo que de alguna forma ilustra lo que digo en este post:

    “I don’t know what to believe either. You change from an old, wise man to a young savage: you’re both soft and obscene, tender, timid and cruel too. You’re all things at once. Your writing is explosive, destructive, full of caricature. You’re a bomb-thrower!”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s