Lo luminoso

 

 

La extensión, la profundidad, los niveles de significación, la aportación a las letras mexicanas, nada de eso importó al leer Cocaína de Julián Herbert. Sólo lo luminoso.

Quizá haya algo de eso en la minificción que escribí hace unos días. Un escritor al que admiro muchísimo dijo que disfrutó leerla. Igual que yo el libro de Herbert. En ningún momento nadie pensó en nada más.

Así nacen los libros-cebolla (esos de múltiples capas e igual número de lecturas). Su autor no lo sabe.

Cocaína ganó el Arreola, uno de los premios nacionales de cuento más chonchos. Es un libro cándido. Se le nota lo sincerote, lo cercano que estuvo (está) a su autor. Herbert confirmó lo que el protagonista del cuento de Serna ya había intuido: los grandes libros nacen de la escritura íntima.

Un par de extractos:

Llámemne Ismael: estoy sentado en Baker Street, junto a la chimenea, tratando de cazar con mis palabras a un animal blanco y enorme […] Es un animal que se asusta y enfurece, que mata ciegamente, que cuando no te mata parte tu vida en dos. Pero es también una bestia lúcida y hermosa, y respira música, y en el momento en que su cola te azota y arroja tu cuerpo por el aire no piensas ni en el dolor ni en la sangre que gotea: piensas solamente en la velocidad –que es como no pensar, o sentir el pensar, o estar sentado en medio de la purísima nieve mirando pasar las ruedas sucias.

Llámenme Ismael. Estoy aquí para contarles una historia.

mi amor es algo leve y difuso y sin sentido algo que se puede decir a la mitad de un bostezo/

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