Cuentos-cabriola

Portarrelatos
José de la Colina

Es un libro de 90 páginas, juguetón como su autor. Hay cuentos oulipianos, como “el viaje de Sebastián”, con narradores poco confiables, dubitativos, salpicados de esas “y” que tanto le criticaba uno de mis ex-compañeros becarios a mis cuentos:

Nicolás dice que un jueves y Blanquita que un sábado y yo creo que un domingo, en fin, que no nos ponemos de acuerdo, y es como si diferentes sebastianes hubieran salido en diferentes días de la semana: un Sebastián alto, un Sebastián bajo, un Sebastián mediano, un Sebastián de cabello negro, un Sebastián de cabello rubio y uno delgado y otro robusto y otro más ni robusto ni delgado, digamos que en nuestras charlas de sobremesa empieza a haber muchos sebastianes, y quién sabe cuál es el verdadero, y entonces mamá suspira y dice yo sé muy bien cómo es Sebastián porque una madre lleva el retrato de su hijo en el corazón y yo ya tenía en mi corazón su retrato desde antes de que naciera…

También hay cuentos fractales: “El hombre que va hacia el faro” usa el recurso de mise en abîme. Un hombre compra una cajetilla de Faros y mira la ilustración de un hombre de espaldas con sombrero que mira a un faro por donde pasa un barco cuya tripulación canta remembranzas de mujeres isleñas pero también de:

playas solitarias a las que van a morir oscuras y silenciosas o rugientes olas arrojando vacías caracolas en cuya espiral interior se oye el rumor de otro mar cuyas olas a su vez van a morir a otras playas solitarias de islas sin nombre y nunca miradas por nadie, islas del inmenso mar sin horizonte, el mar soñado de islas soñadas…

O cuentos-espejo, como “Dulcemente”, donde todo lo que sucede en la pantalla de cine (el cuello blanco de la actriz, las manos del actor alrededor del cuello de la actriz, la música japonesa como gotas de lluvia sobre gongs) se reproduce simétricamente en el mundo narrativo. Y esa palabra (dulcemente) lo permea todo. Un cuento lleno de adverbios (esos que tanto odiaba ese mismo ex-becario), adverbios rítmicos, como golpes a un gong.

Cuentos con forma de sueño:

¡Sube, sube, pero sube!, dice tu padre palmoteándote un hombro desde atrás de ti, porque ha montado contigo tanto en el sueño como en el aparato, y aunque el soñador, tú mismo pero otro, te dice: esto es sólo un sueño que estás soñando en 1995, y aunque aparentemente has vuelto a ser un niño, decides actuar y tiras de la palanca de mando del planeador para que ascienda…

Cuentos metamórficos, cuentos intertextuales, cuentos como gatos rojos-republicanos que devoran palomas blancas-católicas, cuentos telefónicos, cuentos-espejismo, cuentos-cabriola (de esos que le gustaban tanto a Torri porque abominaban de los puentes). Un señor-libro-de-cuentos, pues.

 

Dos notas: 1. Este libro se puede comprar por internet acá. 2. Justo hoy José de la Colina publicó en Milenio un texto hermosísimo sobre los cuentos que no escribió su amigo Pedro Miret, eso fue lo que detonó este post.
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