Abrir el cierre (un cuento de Etgar Keret)

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Transcribí mi cuento favorito de De repente un toquido en la puerta, el libro más reciente de Etgar Keret publicado en Sexto Piso.

También pueden escuchar la versión en inglés leída por la artista multidisciplinaria Miranda July aquí.

 

Abrir el cierre

 

Todo empezó con un beso. Casi siempre empieza con un beso. Ela y Tsiky estaban acostados en la cama desnudos, unidos solamente por la lengua, cuando ella notó el piquete.

—¿Te lastimé? —preguntó Tsiki, y al decirle ella que no con la cabeza, se apresuró a añadir—: Pues te está saliendo sangre.

Y la verdad es que sangraba. Por la boca.

—Lo siento —dijo Tsiki y, levantándose de la cama, se puso a caminar de aquí para allá por la cocina, muy intranquilo.

Después sacó del congelador una bandeja de hielos y la golpeó contra la barra de la cocina con mucha fuerza.

—Toma —le dijo a Ela, acercándole unos hielos con mano temblorosa—, póntelos contra el labio. Vamos, tómalos, te detendrán la hemorragia.

Tsiki siempre era muy bueno en eso. En el ejército era paramédico y además tenía diploma de guía.

—Perdón —prosiguió un poco pálido—, te he debido de morder, ya sabes, por la pasión del momento.

—No asa nada —le sonrió ella con el cubito de hielo pegado al labio inferior—, no e ecupes —aunque, naturalmente, mentía al decirlo.

Porque sí era para “ecuparse”, y mucho, ya que no todos los días la persona con la que vives te hace sangrar y encima te miente diciéndote que te ha mordido cuando tú has notado bien claro un piquete.

Después de aquellos estuvieron varios días sin besarse, a causa de la herida. Los labios son una zona muy delicada. Y a la semana, cuando ya podían, lo hacían con mucho cuidado. Pero ella notaba que él le ocultaba algo. Y la verdad es que una noche, aprovechando que se había quedado dormido con la boca abierta, metió en ella un dedo con mucho cuidado hasta debajo de la lengua y encontró lo que era. Era un cierre. Un cierrecito. Y al abrir Ela el cierre, su querido Tsiki se abrió como una ostra y dentro estaba Jurgen. Al contrario que Tsiki, Jurgen tenía una barbita de chivo, unas patillas muy cuidadas y no estaba circuncidado. Ela lo miró allí dormido, dobló muy tranquila la envoltura de Tsiki y la escondió en el armario de la cocina, detrás del bote de la basura, donde guardaban las bolsas de basura.

 

La vida con Jurgen no resultaba fácil. En cuando al sexo, era fabuloso, pero bebía muchísimo, y cuando estaba tomado era de lo más ruidoso y hacía muchas tonterías. Además, le encantaba hacerla sentir culpable de que él se hubiera marchado de Europa por ella y ahora tuviera que vivir ahí. Y siempre que en Israel pasaba algo malo, ya fuera en la vida real o en la televisión, él le decía:

—Mira qué país tienes —y se lo decía en su pésimo hebreo aunque sabiéndole dar a la palabra “tienes” un tono acusador.

A los padres de Ela nos les gustaba Jurgen. La madre, que había sentido gran aprecio por Tsiki, lo llamaba “el gentil” y el padre siempre le preguntaba por el trabajo y tenía que oírse la misma respuesta burlona de Jurgen:

—Señor Shviro, el trabajo es como el bigote, hace tiempo que ya pasó de moda.

Aunque a nadie, nunca, le hacía gracia esa respuesta. Y muchísimo menos al padre de Ela, que todavía usaba bigote.

Al final Jurgen se fue. Volvió a Düsseldorf para componer música y vivir del seguro del desempleo, porque decía que en Israel nunca llegaría a tener éxito como cantante por culpa del acento que lo delataba. Que a los israelíes, con sus prejuicios, no les gustaban los alemanes. Ela no dijo nada porque le pareció que tampoco en Alemania llegaría muy lejos con esa música tan rara y esas letras tan cursis. Si hasta le había escrito una canción a ella que había titulado “Diosa” y toda la canción trataba de cómo tenían sexo en el malecón y de cómo ella se venía como “una ola estrellándose contra la roca”, literalmente.

Seis meses después de que Jurgen se marchara, Ela estaba buscando una bolsa de basura y se encontró con la envoltura de Tsiki. Quizá había sido un error abrirle el cierre, pensó. Puede. En esos casos es difícil saberlo con certeza. Por la noche, lavándose los dientes, volvió a acordarse de aquel beso y del dolor del piquete. Se enjuagó la boca con mucho agua y se miró en el espejo. Le había quedado una cicatriz y, examinándola ahora de cerca, se dio cuenta de que también ella tenía un cierrecito debajo de la lengua. Ela lo tocó con vacilación e intentó imaginar cómo sería por dentro. Sentía una gran esperanza a la vez que bastante miedo, sobre todo de llegar a tener las manos llenas de pecas y seca la piel de la cara. Puede que hasta tuviera un tatuaje, pensó. En forma de rosa. Siempre se había querido hacer uno pero le había faltado valor. Pensaba que le dolería mucho.

 

 

 

 

 

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2 comentarios el “Abrir el cierre (un cuento de Etgar Keret)

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