Hacer luminoso el misterio

DSCN3467

Últimamente he pensado mucho en las adicciones. Por eso no me resulta extraño que haya caído en mis manos Opio. Diario de una desintoxicación de Jean Cocteau. Es un libro hermoso, ilustrado (en todas las acepciones de la palabra), volátil y azul como el humo de la adormidera. Lo leí de madrugada, de golpe, como quien da una calada honda a su cigarro. Deseé ver ángeles en el elevador, escuchar a Picasso discurrir sobre el milagro de no disolverse en la tina como un terrón de azúcar, bajarme del tren que corre presuroso hacia mi muerte y suspenderme en la alfombra voladora del opio. Creo que de alguna forma lo hice, Cocteau la iba piloteando, surcamos la noche. 

Algunos de esos momentos en los que este enfant terrible desveló el mundo de los opiómanos, o en sus palabras, hizo luminoso el misterio: 

No esperéis de mí que traicione. El opio sigue siendo único, naturalmente, y su euforia superior a la de la salud. Le debo mis horas perfectas. Es lástima que en vez de perfeccionar la desintoxicación, la medicina no intente hacer inofensivo al opio.

El automóvil masajea órganos que ningún masajista puede alcanzar. Es éste el único remedio para los trastornos del gran simpático. La necesidad de opio se soporta en automóvil.

Vivir es una caída horizontal. Sin esa fijación, una vida perfecta y continuamente consciente de su velocidad, se haría intolerable. [La morfina] permite dormir al condenado a muerte.

…yo afirmo que algún día se emplearán sin peligro las sustancias que nos calman, que se evitará la costumbre, que se reirá la gente del cuco de la droga, y que el opio domesticado, mitigará la dolencia de las ciudades donde los árboles mueren de pie.

Todo cuanto se hace en la vida, incluso el amor, lo hace uno en el tren expreso que marcha hacia la muerte. Fumar opio es bajarse del tren en marcha; es ocuparse de otra cosa que no sea la vida y la muerte.

Estando muy intoxicado, ocurríame dormir largos sueños de medio segundo. Un día, yendo a ver a Picasso, en la calle de La Boétie, me pareció en el ascensor, que crecía yo juntamente con algo terrible, que sería eterno. Una voz me gritaba: “¡Mi nombre está en la placa!” Una sacudida me despertó y leí en la placa de cobre los botones del ascensor: Ascensores Heurtebise. Recuerdo que en casa de Picasso hablamos de milagros. Picasso dijo que todo era milagro y que era un milagro no deshacerse en el baño como un terrón de azúcar. Poco después, el ángel Heurtebise me obsesionó y comencé el poema. En mi siguiente visita miré la placa. Llevaba el nombre Otis-Pifre; el ascensor había cambiado de marca.

Terminé El ángel Heurtebise, poema a la vez inspirado y formal como el juego de ajedrez, la víspera de mi desintoxicación en la calle Chateaubriand. (La clínica de las Termas ha sido derruida: dieron el primer piquetazo el día de mi salida.)

Aprovechemos el insomnio para intentar lo imposible: describir la necesidad.

Todos llevamos en nosotros algo enrollado, como esas flores japonesas que se despliegan en el agua. El opio hace el papel del agua. Ninguno de nosotros lleva el mismo modelo de flor. Puede ocurrir que una persona que no fume no sepa nunca el género de flor que el opio hubiese desenrollado en ella.

Es duro sentirse reformado por el opio después de varios fracasos; es duro saber que ese tapiz volador existe y que no volará uno más en él…

El fumador forma cuerpo con los objetos que lo rodean. Su cigarrillo, un dedo, caen de su mano.

Mi sueño, en música, sería oír la música de las guitarras de Picasso.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s