Ser otr@

Mi primer libro.

Se siente raro decirle así porque lo comparto con otros once autores. Grandes autores, hay que decir. Autores como Fabio Morábito a quien admiro por el  lenguaje diáfano de sus cuentos y sus poemas, como Cristina Rivera Garza que me empuja a escribir notas al margen de sus libros preguntándole cosas, preguntándome otras más, como Cristina Peri Rossi que tensa el cuento de tal forma que el final siempre es efectivísimo, como Enrique Serna que domestica la voz del narrador hasta que la convierte en su serpiente encantada, como Ana Clavel, mi maestra, de la que he aprendido tanto, y gracias a la cual estoy incluida en esta antología.

Un compendio de cuentos travestidos, donde los autores jugamos a ser otr@s.

Rosario Castellanos decía que el título del primer libro es un estigma que no borra nadie. ¿Aplicará esta sentencia a mi caso? ¿Será que siempre seré otra, otro, otr@?

“Mariana viene a verme”, el cuento con el que debuto como autora publicada, me despertó una noche, me obligó a prender una vela y a escribir los primeros diálogos justo como los había escuchado durante mi sueño.

Mis cuentos, igual que mis sueños, responden a temas que me obsesionan. Detrás de las palabras de cada historia que construyo, laten pulsiones que a veces ni siquiera reconozco como mías, pero que siempre me hablan en una lengua que entiendo.

Escribo para encontrarme en mis letras, para reconocerme en ellas.

Y precisamente ahora, que siento que mis piezas internas se mueven para convertirme en otra cosa, necesito de la escritura como nunca. Precisamente ahora que no sé cómo ser la mujer que quiero ser, necesito esconderme bajo mi escritura y, eventualmente, revelarme en ella.

Espero que este primer libro sea también un primer paso para descubrir esa otredad que traigo adentro.

Mariana viene a verme

La revista literaria de la UAM, Casa del Tiempo, publicó este cuento mío. Denle clic para descargarlo completo.

Este relato también fue publicado en la antología Yo es otr@. Cuentos narrados desde otro sexo, compendiado por Ana Clavel y editado por Cal y Arena. Se presentó en la FIL de Guadalajara el 3 de diciembre.

Betsy o eso que cabe en una caja de licuadora

Más de una vez mis maestros me han dicho que transcribir un texto es un ejercicio básico para todo escritor en ciernes y Steiner me terminó de convencer en su ensayo “El lector infrecuente” cuando dice que leer de verdad es dialogar con el texto, escribir en sus márgenes, aprender de memoria los pasajes más divertidos o más sesudos y transcribirlo fielmente para estudiar sus mecanismos.

Así que les dejo “Betsy” un cuento de Rubem Fonseca que me fascinó por su andamiaje sencillo, por el cuidado con que cada palabra está puesta y porque a pesar de que Fonseca aparentemente estropea el final al decir que Betsy muere en la primera línea, el remate del relato es magistral.

Betsy

Betsy esperó a que el hombre regresara para morir.

Antes del viaje, él notó que Betsy tenía un apetito poco común. Después surgieron otros síntomas, ingestión excesiva de agua, incontinencia urinaria. Hasta entonces, el único problema de Betsy era la catarata en uno de los ojos. A ella no le gustaba salir, pero antes del viaje sorpresivamente entró con él en el elevador y los dos pasearon por la acera junto a la playa, algo que ella nunca había hecho antes.

El día que el hombre llegó, Betsy tuvo el derrame y se quedó sin comer. Veinte días sin comer, acostada con el hombre en la cama. Los especialistas dijeron que ya no se podía hacer nada. Betsy sólo se paraba de la cama para tomar agua.

El hombre permaneció con Betsy en la cama durante toda su agonía, acariciando su cuerpo, sintiendo con tristeza la flacura de sus ancas. El último día, Betsy, muy quieta, los ojos azules abiertos, miró al hombre con la mirada de siempre, la mirada con que expresaba la comodidad y el placer que su presencia y sus cariños le producían. Comenzó a temblar y él la abrazó con más fuerza. Al sentir que sus miembros estaban fríos, el hombre le buscó una posición cómoda en la cama. Entonces ella extendió el cuerpo, pareciendo desperezarse, y echó la cabeza hacia atrás en un gesto lánguido. Después estiró el cuerpo todavía más y suspiró, una exhalación fuerte. El hombre pensó que Betsy había muerto. Pero algunos segundos más tarde emitió otro suspiro. Horrorizado con su meticulosa atención, el hombre contó, uno por uno, todos los suspiros de Betsy. Con intervalos de algunos segundos, ella exhaló nueve suspiros iguales, la lengua de fuera asomando por un lado de la boca. Luego empezó a golpearse el abdomen con los dos pies juntos, como lo hacía ocasionalmente sólo que con más violencia. En seguida, se quedó inmóvil. El hombre pasó la mano levemente por el cuerpo de Betsy. Ella se desesperezó y estiró los miembros por última vez. Estaba muerta. Ahora, el hombre lo sabía, estaba muerta.

El hombre pasó toda la noche despierto al lado de Betsy, acariciándola suavemente, en silencio, sin saber qué decir. Habían vivido juntos dieciocho años.

En la mañana, la dejó en la cama y fue a la cocina a prepararse un café negro. Se fue a tomar el café a la sala. La casa jamás había estado tan vacía y triste.

Por fortuna el hombre no había tirado la caja de cartón de la licuadora. Volvió a la recámara. Cuidadosamente colocó el cuerpo de Betsy dentro de la caja. Con la caja bajo el brazo caminó hacia la puerta. Antes de abrirla y salir, se secó los ojos. No quería que lo vieran así.

Otra boca

En el cuarto con las luces apagadas, tu voz sonaba a secreto.

—Mañana vamos por helados y practicamos besos— dijiste.
—¿Otra vez?— respondí.
—Sí, yo voy a hacer como que beso a Julián. ¿Tú a quién?
—Yo, a nadie.
—Ash.
—Pues tú y tus juegos tontos.

Entonces giraste hacia mí desde tu esquina en el colchón y metiste tus manos que se movían como peces, en mis axilas. Luego bajaste por mis costillas, trataste de escurrirte hasta el interior de mis muslos y me tomaste de un tobillo para atacarme el pie izquierdo. Yo me retorcí por primera vez en esa noche, víctima de tus dedos acuáticos. Luego te hice lo mismo hasta que pediste paz. Nuestras risas se apagaron poco a poco y supe que estabas cayendo en un sueño profundo porque la respiración se te hizo larga. Mientras me perdía en la fluorescencia plástica de las estrellas pegadas en el techo, escuchaba tus latidos desde mi almohada.

Tardé horas en pegar el ojo. Me retorcí de nuevo. Mis latidos retumbaban en los resortes de la cama. Te imaginé contrayéndote y capturando mis dedos. Te vi lamiéndolos igual que a los helados de siempre. Tu lengua al fin liberada de los ensayos, puesta sobre mí. Otra vez sentí cosquillas, pero más abajo. Un hormigueo como el del agua que empieza a hervir. Allá abajo había otra boca que también quería tu boca.

Abrí los ojos cuando el sol de la mañana me alcanzó la cara. Ya te habías levantado. Me senté en la cama y vi que la piyama que te presté estaba en el suelo. En los shorts había un rastro blanco, algo pastoso que también había comenzado a aparecerme a mí en la ropa interior. Estaba inclinándome para oler esa costra pálida cuando entró mi madre.

—¿Cómo dormiste mi’jita?
—Mal— dije mientras me incorporaba a toda velocidad.
—Seguro tus medicinas te quitaron el sueño. Vente a desayunar, tu prima ya está comiéndose sus hotcakes. Me dijo que en la tarde van a ir por helados.

Foto de Otherescape.

La cara de Ángel

 Recuerdo la bacinica, el niño Dios, el sabor de las costras, el catecismo, el jugo de naranja tirado al escusado, la tabla del tres, el bigotito de César, la escolta, la semana inglesa, el Padre Marcelino Champagnat, la mano sudada de Hugo, el coro de los Salmos, la boca de Valentín, las colectas navideñas, la lengua de Ángel, el cuadro de honor, los dedos de Ángel, la misa marista, la eyaculación de Ángel, la finishing school en Boston, los besos en la frente de Omar, los rasguños de Ángel, la ceremonia blanca de Omar, el látex de Ángel, el misionero de Omar, el sudor de Ángel, el método Billings de Omar, el cuerpo rasurado de Ángel, el hijo muerto de Omar, las mordazas de Ángel, los regalos perlados de Omar, el pelo oscurísimo de Ángel, el omelet de claras de Omar, los besos negros de Ángel, el segundo hijo muerto de Omar, el crucifijo de Omar, las oraciones de Omar, los azotes purificadores de Omar, mi sangre en la cara de Omar, mi sangre en las sábanas de Omar, los gritos de horror de Omar, la cara de Ángel.

 

 

 

 

Crédito fotográfico: The urban snapper

El Gobierno de la Ciudad trabaja por tu felicidad

Cuando el Gobierno de la Ciudad anunció que levantaría el árbol de Navidad más grande del mundo, la gente pegó el grito en el cielo. “No queremos un arbolote, mejor dennos trabajo” decían. Con todo y todo, los días pasaban y el árbol seguía creciendo: cuarenta, ciento sesenta metros y no se veía fin.

Una mañana, el árbol amaneció terminado, con iluminación y bocinas donde sonaban villancicos. El enojo se convirtió en pachanga. El gusto les duró apenas una semana, pues Beijing proclamó que había levantado un árbol dos metros más grande. Inmediatamente se organizaron marchas para que se aumentara la altura del árbol, pero el Comité de Decoraciones anunció que ya no había presupuesto. La gente estaba devastada. “Ni en esto podemos ser los primeros” decían.

Al día siguiente, en rueda de prensa, el Jefe de Gobierno Capitalino aseguró que él donaría su quincena para hacer crecer el árbol. El Comité concluyó que no se le podían agregar pisos, pero que sí era posible rematarlo con algún ornamento.

Cuando el Jefe develó el adorno en cuestión, sólo se oyó un “¡Oooh!” larguísimo. Era un ángel dorado de tres metros que sostenía un letrero que no se alcanzaba a leer. El funcionario invitó a los niños de la ciudad a que colgaran su carta al Ángel de la Navidad, porque al terminar las fiestas, él revisaría todas las peticiones.

Durante los días siguientes, el Ángel fue la sensación. Cientos de niños fueron a dejar sus cartas donde pedían cosas que sus papás les habían dictado: “No al aumento de la gasolina” o “Ya no más guarderías incendiadas”. Pero en las cartas escritas a escondidas, se leían frases como: “Que se enferme mi maestra” y “Que me pele Gustavo”.

El 5 de enero se instituyó como el Día del Ángel de la Navidad. El Gobierno organizó conciertos gratuitos y repartió rosca de Reyes a todo el que llenara una encuesta. La gente se apretujaba al pie del árbol. Alguien que estaba viendo hacia arriba gritó que el Ángel se movía, que era un milagro. Los que alcanzaron a voltear, lo vieron caer en picada sobre un hombre. El sujeto murió al instante y los periódicos publicaron la foto de su cuerpo aplastado y coronado por el letrero que ahora sí se alcanzaba a leer, y que decía: “El Gobierno de la Ciudad trabaja por tu felicidad”.

Al interrogar a su único familiar, su hija de once años, ella confesó que le había pedido al Ángel que su papá se muriera. El Gobierno de la Ciudad pagó los gastos para enviarla con su abuela materna. Nunca más se volvió a poner un árbol navideño mayor a treinta metros, al menos no durante esa administración.

Crédito fotográfico: Mayte.Rs

Pardos como la culpa

Ella llegó oscura igual que la noche, supongo que para no desentonar. Informé a mi madre y el veredicto fue contundente. Bajo su dirección nos encargamos del asunto. Yo tenía once años, pero creo que la libré bastante bien. Ni la policía ni mi padre se enteraron.

Para mi hermana fue otra historia. No le dijo a nadie, logró ocultarlo cincuenta y seis días hasta que a mi madre no le salieron las cuentas mientras lavaba ropa interior blanca. Los cuerpos del delito estaban al fondo de un clóset, trece de ellos, pardos como la culpa. De nuevo la sentencia fue terrible: también mi hermana era ya mujer.


Cómeme

“¿Qué tiene que decir en su defensa?”, preguntó el juez. El acusado se limpió la garganta y habló así: “Yo no soy lo que piensan. Ella parecía mucho mayor. Sus movimientos, sus gestos, todo me gritaba ‘Cómeme’. Se me insinuó. Me provocó. Mi único error fue ser débil. Débil e ingenuo”.

Tras una breve deliberación, el jurado lo declaró culpable. Todos lo miraron con horror. Mientras dos policías lo sujetaban para sacarlo de la sala, la miró por última vez. Ella le sonrió, se puso su caperuza roja y se fue.


Un overol

Armandina sufre al pensar qué va a ponerse. Abre la ventana y el sol le echa su tufo de perro jadeante. Aunque quisiera ponerse un vestido ligero, no puede. Los reglamentos de la compañía son muy claros: el traje sastre es el único atuendo permitido cuando se reúna con un cliente. La cita de hoy es importante, si cierra ese contrato ahora sí se lleva una buena comisión. Con eso le alcanza para el enganche del Pointer seminuevo que llegó a la Volkswagen hace dos semanas.

Después de bañarse, se viste frente al ventilador y elige un saco negro, una blusa de tirantes y unos pantalones rojos —alguien alguna vez le dijo que el rojo proyectaba seguridad, y hoy, ella necesita mucha—. Va con tiempo, faltan dos horas para su reunión con el licenciado Grecko, director comercial de la inmobiliaria al que tiene que convencer de firmar contrato con su agencia.

Cuando llegue a esa sala de juntas, Armandina abrirá el portafolio rodante que carga de un lado a otro, y comenzará a sacar panfletos, tazas de café, plumas, gorras, playeras y pelotas anti-estrés como quien saca conejos de un sombrero. Le dirá al licenciado Grecko que esos artículos promocionales podrían llevar el logotipo de Inmuebles Roble y rematará con un video institucional que resuma todas las bondades de contratar los servicios de Espadín Consultoría.

El contrato es suyo, lo presiente. Sabe que Grecko se perfuma y se mete una plaquita de Listerine mentolado en la boca cada vez que ella va a verlo y en lugar de ponerle el cachete al saludarla, le planta los labios, un poco de ladito, como disimuladamente, pero se los planta. Ese tipo de clientes que manejan dinero ajeno son los mejores: si la empresa tiene presupuesto, ellos firman contrato con los ojos cerrados. Y con esos mismos ojos cerrados Armandina se deja sobar y tumbar en los edredones de poliéster de los moteles de Viaducto.

Su madre la tuvo a los cuarenta y cinco años y murió. Algunos le dijeron que de complicaciones postparto, otros que de tristeza. No tenía a nadie más. Quedó al cuidado de una tía. Al cumplir veinte, empezó a trabajar como edecán ofreciendo muestras en supermercados. Las ventas eran lo suyo, desde productos por catálogo hasta llantas, Armandina podía venderlo todo.

Cuando José Espadín, el director de un pequeña consultoría, la entrevistó, no se fijó en su ausencia de estudios universitarios, sino en su personalidad zalamera y en su cuerpo joven. Armandina lleva tres meses trabajando para él y Espadín presiente que tener a una ejecutiva de cuenta como ella, equivale a zarandear un pedazo de filete frente a un perro con hambre.

Antes de irse a su cita, Armandina pasa por la agencia de coches y le pregunta al vendedor que si se puede subir al Pointer color vino. Mientras el señor le abre la puerta y le explica que es un modelo 2001, cuatro cilindros, con vidrios eléctricos; ella se acomoda atrás del volante. Se convence de que no va a estar tan mal verlo en cueros, sudando y diciéndole mamita, mamacita.

Armandina baja hasta el andén de la línea tres del metro, el aliento de perro infernal es peor que el de la superficie. Saca su abanico y se acuerda del aire acondicionado de su Pointer. Camina hasta el fondo, donde hay menos personas esperando. Zigzaguea entre la multitud, un señor con el saco al hombro le susurra qué ricas tetas. Armandina se encorva y sigue caminando. Cuando ya está lejos, se quita el saco y lo detiene frente a su pecho. Los hombres que esperan en el andén contrario la miran, uno de ellos, al encontrarse con sus ojos, hace una “v” con los dedos, con ellos se enmarca la boca, saca la lengua y la mueve como una víbora. Armandina baja la vista y así se queda hasta que llega el metro. Se sube. No hay asientos libres. Se acomoda en el pasillo. Tiene que recorrer once estaciones de la línea verde, transbordar a la rosa y aguantar tres paradas más para llegar a la oficina de Grecko.

El calor es insoportable. Parece que a las agarraderas metálicas les pasaron un soplete y por las rendijas de ventilación sale un aire espeso que se acomoda sobre los cuerpos de los pasajeros. Junto a Armandina hay un hombre gordo, con los botones de la camisa en tensión, como si estuvieran a punto de soltar su enorme panza. Frente a ella viaja un grupo de mujeres que visten overoles azul oscuro. Aunque van juntas, no hablan entre ellas, todas miran al piso. En cada estación suben decenas de personas y el gordo se acerca más a Armandina.

Faltan tres estaciones para que Armandina tenga que transbordar. El vagón revienta de gente. El gordo está a unos centímetros de ella y con su vientre hinchado le roza las nalgas.

Dos estaciones para bajar. El gordo ya no sólo fricciona su panza contra ella, sino su también su miembro. La mueca de disgusto que descompone la cara de Armandina es casi imperceptible. Trata de concentrarse en su hermoso Pointer color vino, pero la inminente erección del gordo se lo prohíbe. Mira de nuevo a las mujeres de overol, a pesar de que el vagón va lleno, entre ellas y el resto de los pasajeros hay un espacio vacío.

Una última estación. Armandina siente al gordo exhalar sobre su nuca. El movimiento del vagón le facilita frotarse contra ella. El hombre resopla en su cuello y le dice te gusta esto ¿verdad, mi reina? Recorre con la vista el vagón en busca de ayuda, nadie parece darse cuenta de lo que está pasando. Entonces se encuentra con los ojos de las mujeres de overol. Algo pasa con ellas, se transforman: en realidad han dejado de ser mujeres para convertirse en bultos informes, de los que apenas destacan unas caras corrompidas por el cansancio, unos brazos escuálidos o unas piernas elefantáseas. Mientras Armandina siente cada vez más la presión del hombre gordo, cree ver que a la de los brazos esqueléticos, se le disuelven las manos y los dedos se le funden para formar dos muñones, a otra de cara muy flaca le crecen ámpulas por todos lados, la nariz y los labios se le pierden entre turgencias llenas de podredumbre y todas las demás se transfiguran de formas similares. Las mujeres ya no miran al piso, la ven a ella. La ven como si recordaran algo. El vagón se detiene. Las puertas se abren y Armandina sale a empujones.

Corre para cambiar a la línea rosa del metro y se seca dos lágrimas que le escurren hasta el cuello. Esquiva gente. Levanta su portafolio y lo carga como si fuera un niño. Baja corriendo las escaleras. Corre hasta llegar al andén y justo en ese momento, llega el convoy de vagones anaranjados. Van casi vacíos. Se sienta, recupera el aire, se suena, se mira en su espejo de mano. Recuerda su cita con Grecko. Se vuelve a maquillar. Saca de su portafolio las cifras de la corrida financiera que debe memorizar y repite los números como un mantra, hasta que llega a su destino.

Grecko la invita a comer. Dice que después hablarán de negocios. Armandina come poco y bebe mucho. Él se acerca para darle uno más de sus ya tradicionales besos de ladito, pero ella voltea la cara para recibirlo con la boca. La cabeza le da vueltas. Lo besa con los ojos abiertos para no marearse más y ve la nariz llena de puntos negros de ese hombre. Se van a un motel. Él le quita los pantalones y la tiende boca abajo en la cama. La monta desde atrás. Cuando lo siente jadear sobre su cuello, un escalofrío le recorre la espalda. Él la embiste con una última convulsión, rueda al otro lado de la cama y se mete al baño. Ella cierra los ojos.

Cuando los abre, un dolor agudo le taladra la cabeza. Siente los muslos pegajosos.

Grecko sale recién bañado. Ella sonríe y se cubre con la sábana. Él le dice que tiene dos noticias, una buena y una mala. La mala es que ahorita no hay lana para difusión y que no va a poder firmar contrato con ella. La buena es que estuviste increíble mami, que se repita. Y se acerca para besarle el cuello. Su aliento se le queda enredado a Armandina. La sofoca.

Él se acuesta de nuevo en la cama y prende la tele. Le dice que tiene treinta minutos más para que acabe su horario de comida. Ella busca su tanga entre las sábanas. No la encuentra. Se pone los pantalones, pretexta una junta en la oficina y se despide desde la puerta.

Mientras camina hacia el metro, algo le escurre entre las piernas. Baja las escaleras y se da cuenta de que no trae su portafolio. No se detiene. Sigue bajando. Llega a un pasillo que parece larguísimo y que conduce al andén. Camina con dificultad, el pie derecho no le responde. Cuando voltea hacia abajo, ve cómo los dedos atrapados en la sandalia se enciman unos a otros y el pie entero se enrosca hasta quedar completamente torcido hacia adentro. Armandina no se asusta, sigue avanzando. Siente que una fuerza arquea su torso hacia adelante y entre los hombros le crece algo, una protuberancia. Doblada como está, se da cuenta de que sus senos se encogen como si les estuvieran sacando el aire hasta quedar como dos pellejos colgantes.

El pasillo acaba. Un overol azul está cuidadosamente doblado y puesto en su camino. Levanta la vista. En el andén desierto sólo hay un grupo de mujeres que aunque van juntas, no hablan entre ellas, todas miran al piso.