Estamos hasta la madre

Durante la Marcha Nacional convocada por el poeta Javier Sicilia con sede en la Ciudad de México.

Ana Clavel leyó “La reclamante”, un poema documental que Cristina Rivera Garza escribió usando versos de López Velarde, el testimonio de Luz María Dávila, la madre de dos jóvenes asesinados en Ciudad Juárez y la nota periodística de Sandra Rodríguez Nieto.

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Comillas: esas perras mentirosas

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Cuando veo una palabra o una frase entrecomillada inmediatamente desconfío. Siento como que me cierra el ojo mientras dice: “Sí me cachó, ¿verdá? Usté y yo nos entendemos”. ¿A ustedes les pasa lo mismo? ¿Perciben la hipocresía que las malditas … Sigue leyendo

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Un acordeonista en la línea 3

Él hacía chillar su acordeón en un vagón del metro casi vacío. Sus brazos eran puro hueso y tenía los ojos del mismo color que el terciopelo rojo de su instrumento. Entre acorde y acorde repetía algo. Pensé que decía “Sabrá”, pero después me enteré que era “Stacoprá”, o sea, “Gusta cooperar”. Un enfrenón violento lo sentó a mi lado. Su camiseta tenía una leyenda escrita en la espalda: decía “Full collapse”. Bajó en la siguiente estación y se desplomó sobre el andén. Su cuerpo aplastó el acordeón y un Mi sostenido se escuchó hasta que se cerraron las puertas.

El Gobierno de la Ciudad trabaja por tu felicidad

Cuando el Gobierno de la Ciudad anunció que levantaría el árbol de Navidad más grande del mundo, la gente pegó el grito en el cielo. “No queremos un arbolote, mejor dennos trabajo” decían. Con todo y todo, los días pasaban y el árbol seguía creciendo: cuarenta, ciento sesenta metros y no se veía fin.

Una mañana, el árbol amaneció terminado, con iluminación y bocinas donde sonaban villancicos. El enojo se convirtió en pachanga. El gusto les duró apenas una semana, pues Beijing proclamó que había levantado un árbol dos metros más grande. Inmediatamente se organizaron marchas para que se aumentara la altura del árbol, pero el Comité de Decoraciones anunció que ya no había presupuesto. La gente estaba devastada. “Ni en esto podemos ser los primeros” decían.

Al día siguiente, en rueda de prensa, el Jefe de Gobierno Capitalino aseguró que él donaría su quincena para hacer crecer el árbol. El Comité concluyó que no se le podían agregar pisos, pero que sí era posible rematarlo con algún ornamento.

Cuando el Jefe develó el adorno en cuestión, sólo se oyó un “¡Oooh!” larguísimo. Era un ángel dorado de tres metros que sostenía un letrero que no se alcanzaba a leer. El funcionario invitó a los niños de la ciudad a que colgaran su carta al Ángel de la Navidad, porque al terminar las fiestas, él revisaría todas las peticiones.

Durante los días siguientes, el Ángel fue la sensación. Cientos de niños fueron a dejar sus cartas donde pedían cosas que sus papás les habían dictado: “No al aumento de la gasolina” o “Ya no más guarderías incendiadas”. Pero en las cartas escritas a escondidas, se leían frases como: “Que se enferme mi maestra” y “Que me pele Gustavo”.

El 5 de enero se instituyó como el Día del Ángel de la Navidad. El Gobierno organizó conciertos gratuitos y repartió rosca de Reyes a todo el que llenara una encuesta. La gente se apretujaba al pie del árbol. Alguien que estaba viendo hacia arriba gritó que el Ángel se movía, que era un milagro. Los que alcanzaron a voltear, lo vieron caer en picada sobre un hombre. El sujeto murió al instante y los periódicos publicaron la foto de su cuerpo aplastado y coronado por el letrero que ahora sí se alcanzaba a leer, y que decía: “El Gobierno de la Ciudad trabaja por tu felicidad”.

Al interrogar a su único familiar, su hija de once años, ella confesó que le había pedido al Ángel que su papá se muriera. El Gobierno de la Ciudad pagó los gastos para enviarla con su abuela materna. Nunca más se volvió a poner un árbol navideño mayor a treinta metros, al menos no durante esa administración.

Crédito fotográfico: Mayte.Rs

Derivar: escribir con imágenes

Pasos para hacer una deriva:

1. Cerrar los ojos y elegir al azar un punto en el mapa de la ciudad donde vives.

2. Tirar dados para definir cómo llegar, a qué hora del día y la acción a realizar en ese sitio.

3. Emprender el paseo y documentar el efecto que ese recorrido tiene sobre el paseante.

4. Dejar que el paseo detone la escritura.

Mi primera deriva estuvo marcada por la aparición de un payaso, un gato hambriento y un pesero lleno de policías off duty.

La poesía es un pesero que va atascado

Hace unos meses, tomé un taller de poesía con Luigi Amara (poeta, ensayista y fundador de Tumbona Ediciones) en el Claustro de Sor Juana. Una de mis tareas fue escribir mi ars poética, es decir, las reglas del juego de mis poemas, en qué creo, con qué quiero romper, de qué poetas me agarro y de cuáles me separo.

Quería hacer algo divertido como lo de Oliverio Girondo y satírico como lo de Nicanor Parra. En el camino de regreso del Centro Histórico a mi casa, empecé a pensar en los poetas que he leído, y tuve una visión extrañisima:

Octavio Paz iba al volante de un microbús lleno hasta el tope de poetas. El Premio Nobel mexicano tocaba el claxon y les decía a los apretujados bardos que se recorrieran. Mientras tanto, Sor Juana gritaba las paradas desde la puerta, Bukowski jetonsísimo profería tremendos ronquidos desde su rincón, Pessoa y sus heterónimos venían con bultos y aperraban casi todos los asientos, Rosario Castellanos contaba su cambio y se tapaba el escote, Oliverio Girondo trataba sin éxito de abrir una ventana y López Velarde le decía a Sabines que si le pasaba lo de su pasaje al chofer. Walt Whitman, Li Po, Baudelaire, García Lorca, Rimbaud, Emily Dickinson y Paul Celan corrían con similar suerte.

Y así, en medio de tremendo despapaye, escribí estos mandamientos.

 

Decálogo

Amarás a Pound sobre todas las cosas.

No tomarás el nombre de Paz en vano.

Santificarás el ritmo.

Honrarás a Quevedo y a Sor Juana.

No rimarás.

No juntarás dos octosílabos.

No plagiarás.

No ganarás concursos ni becas.

No consentirás pensamientos impuros como publicar o que tus libros se vendan.

No codiciarás los versos ajenos.