Un cuento daviliano

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¡Mi cuento resultó finalista del Segundo Premio de Cuento Fantástico “Amparo Dávila” 2016! Llegaron más de 3,000 textos al concurso y el mío fue uno de los 13 seleccionados. Es un honor enorme que la Revista de la Universidad de México me haya solicitado publicarlo. También, dentro de poco, Ediciones Pimienta compilará los cuentos finalistas en una antología.

 

Aquí lo pueden leer completo.

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Preguntas en torno a la otredad

 

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En 2006 pasé el verano en España con el primer hombre al que amé. Nuestra relación estaba muriendo. Peleábamos casi tanto como salíamos de juerga. Una noche mientras dormía, una palomilla se posó en mi boca y al manotearla me impregnó los labios de un polvo oscuro. No logré conciliar el sueño sino hasta que salió el sol. A partir de entonces comencé a dormir de día, un poco empujada por el miedo a las palomillas que infestaban Salamanca, pero mucho más por las peleas y las juergas a las que nos entregábamos ese hombre y yo cada noche. En la oscuridad, él y yo nos convertíamos en monstruos.

Así nació “Salmanta” -mi primer cuento-, de preguntarme qué es lo que detona la otredad. Creo que esa es la pregunta que recorre mi libro. Sin embargo, las respuestas a las que llegan mis personajes son dispares: la locura, la subyugación, la soledad, la entropía… Lo único cierto para todos ellos es que la otredad es subyacente. Late en todo. Es el corazón delator.

Estos catorce cuentos hablan de esa inminencia: lo que nos separa de ser otr@s es apenas una pared falsa lista para ceder.

Esa membrana finísima se encuentra en las librerías de Educal y también se puede comprar en línea aquí.

 

Britto García viaja a Las Indias

El siguiente es un cuento de Luis Britto García (1940, Caracas).

 

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Viaje por Las Indias

E adentrándonos en Tierra Firme por jardines, fallamos homes que el su natural es volar, como los pájaros. E los hay homes arbóreos, que florecen e frutecen e comen de sus propias semillas. E haylos otros que se tornan en las cosas que quieren, e son árboles e son rocas e son ríos y nubes. E otros los hay que el solo alimento que tienen es sus propias vísceras. E los hay de otra traza que todos los de un pueblo son un mismo home y es como si uno solo viviera en distintos lugares a un tiempo. E viven por allí otros que un solo home es muchedumbre de homes distintos. E haylos que remontan el tiempo e son sus propios padres y sus propias madres. E los hay que son de órganos y miembros dispersos y sueltos, que según su capricho y menester agrúpanse e disuélvense en toda suerte de quimeras. E haylo uno que él es al mismo tiempo el home y el mundo en el que aquél vive. E haylos que, asustados, escóndense dentro de su propio cuerpo y no hay manera de hallarlos. E las hay mugeres que son una selva y toda ella llena de los órganos propios, al modo que los viajeros, donde quieren, copulan. E los hay homes que son estrellas fugaces e en las noches de la canícula facen danza en los cielos. E homes los hay de un pueblo, donde el uno huele, el otro ronca, el otro come, el otro orina, e entre todos por partes facen las funciones completas de un solo home. E los hay como topacios, que en su fulgor se mellan las alabardas. E haylos que su vida entera dura un latido. E haylos que un sospiro suyo dura milenios. E haylos tan grandes que sus miembros figúransenos Tierra Firme. E tan pequeños que no son discernibles. E homes haylos también que son siempre olvidados una vez vistos. E haylos que toman la forma del que los mira. E haylos que son su propia sombra. E haylos que su raza tiene diez géneros de sexos, e ayuntan entre todos. E los hay que son sólo palabras e viven cuando las repetimos. E haylos también que son sólo imágenes e existen cuando las recordamos. E los hay que son idénticos a los que fuimos. E haylos que son los que seremos. E otros que son y han sido siempre cadáveres. E los hay de tal hechura, que no hay palabra para referirlos. E haylos de condiciones tales, que de nadie es creída su existencia. E otros hay, que son sólo un aroma. E haylos, que son manchas de luz. E los hay estotros, que son tachones de sombra. E encontramos homes que eran un gran sexo, e vivían dentro de una muger que era sólo una gran funda. E haylos otros que son sólo órganos de los sentidos. E haylos con sentidos configurados de tal forma, que por ellos sólo conocen el deleite. E haylos que son sólo una melodía. E por horror de la maravilla, matámoslos todos.

Música olfativa de Bernard Quiriny

Transcribí uno de los Cuentos carnívoros de Bernard Quiriny. Trata de un hombre que huele la música.

Denle play a “Hamlet”, este poema sinfónico de Liszt, y decidan si están de acuerdo con la reseña olfativa de Gartner, protagonista del cuento.


“Sinestesia”
(Alemania, 1987)

¿El primer Cuarteto de cuerda de Debussy, en sol menor? “Delicado, elegante; helechos y musgos de roble, como un sotobosque por donde uno pasea después de la lluvia, en otoño”. ¿Los Poemas sinfónicos de Liszt? “Un no sé qué de frescura excesiva, un poco lácteo, de un olor y un sabor muy agradables” ¿Aaron Copland? “Bosque, seta, tabaco. Cuero, también. Y tal vez un humo de neumáticos quemados, con el respeto debido”. ¿Berlioz? “ Jara, bergamota, mandarina, piel de limón. ¿Ha aspirado usted alguna vez de un frasco de neroli? Pues eso, exactamente”. ¿Purcell? “No me creerá, pero es pimentado. En cuanto lo escucho me pongo a estornudar. Mis hijos se ríen”. ¿Sibelius? “Miel, avellanas, pan tostado. Muy embriagador.” ¿Beethoven? “Un buqué de tal complejidad que si lo escucho más de media hora me da migraña”.

Así es como responde Thomas Gartner cuando lo interrogan sobre sus compositores preferidos. El hombre disfruta de una facultad que uno no sabe si clasificar entre las enfermedades raras o los milagros de la naturaleza: para él la música huele. “No solamente la música —precisa—. Mis fosas nasales reaccionan a los sonidos, las voces, el viento entre las hojas. Intento no hacer caso; de lo contrario, el mar de olores en que estoy sumergido se volvería insufrible. Se soporta fácilmente que a uno lo rodee un ruido incesante, y, cuando para, queda cierta quietud; pero oler constantemente vuelve loco”.

Numerosos médicos se han interesado por el caso de Gartner, pero ninguno ha logrado determinar el origen del don. Algunos han hablado de hiperosmia. Otros han diagnosticado una malformación de la lámina vertical del etmoides. Otros más, en fin, han dictaminado que el caso es más propio de la psiquiatría que de la otorrinolaringología y que Gartner podría curarse con una buena terapia. “Los que creen que yo sueño olores se equivocan —protesta Gartner—. No son alucinaciones. Yo huelo a Bach y huelo a Fauré como vosotros oléis el jabón, la lavanda y la vainilla. La música entra en mí por los tímpanos pero también por las narinas y no permitiré que nadie me tilde de loco”.

Para que sus dotes sirvan al conocimiento de las artes, Gartner ha emprendido la redacción de un catálogo donde consigna las impresiones olfativas que recibe de los grandes músicos del repertorio. “Es el primer tratado de musicología olfativa”, explica. Los compositores están clasificados según los nueve tipos de olores que distinguió Zwaardemaker en el siglo XIX: etéreos, aromáticos, fragantes, ambrosiacos, aliáceos, empireumáticos, caprílicos, repulsivos y nauseosos. Es una labor paciente que lo obliga a ir incesantemente del órgano al tocadiscos y del tocadiscos al órgano; como ciertos pasajes, asegura, tienen aromas frente a los cuales el vocabulario de la perfumería es impotente, se ve obligado a inventar metáforas insólitas. “Cuando acabe el catálogo de la música clásica —añade— comenzaré uno del jazz. Será más difícil, y creo que para identificar ciertos perfumes tendré que viajar a los Estados Unidos. Nunca he descubierto a qué corresponde exactamente el olor del swing”.