Preguntas en torno a la otredad

 

portada

En 2006 pasé el verano en España con el primer hombre al que amé. Nuestra relación estaba muriendo. Peleábamos casi tanto como salíamos de juerga. Una noche mientras dormía, una palomilla se posó en mi boca y al manotearla me impregnó los labios de un polvo oscuro. No logré conciliar el sueño sino hasta que salió el sol. A partir de entonces comencé a dormir de día, un poco empujada por el miedo a las palomillas que infestaban Salamanca, pero mucho más por las peleas y las juergas a las que nos entregábamos ese hombre y yo cada noche. En la oscuridad, él y yo nos convertíamos en monstruos.

Así nació “Salmanta” -mi primer cuento-, de preguntarme qué es lo que detona la otredad. Creo que esa es la pregunta que recorre mi libro. Sin embargo, las respuestas a las que llegan mis personajes son dispares: la locura, la subyugación, la soledad, la entropía… Lo único cierto para todos ellos es que la otredad es subyacente. Late en todo. Es el corazón delator.

Estos catorce cuentos hablan de esa inminencia: lo que nos separa de ser otr@s es apenas una pared falsa lista para ceder.

Esa membrana finísima se encuentra en las librerías de Educal y también se puede comprar en línea aquí.

 

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Adiós, Loo

loo

Sergio Loo murió ayer en la madrugada. Tenía mi edad. Lo entrevisté hace unos meses para mi último reportaje en Km.cero. Me pareció encantador y brillante. Le envidié lo prolífico, la prosa desenfada y cándida, los versos puntiagudos.

Su cuento, “Nos siguen matando” me gusta tanto que se lo he leído a todo el que se deja. Aquí va. Léanlo en voz alta, a Sergio le gustaría eso.

Nos siguen matando

Volvieron a pegar fotocopias en los urinarios y nosotros volvimos a rayarlas con  nuestros nombres. Impresas, recomendaciones por si ligas en el antro: usa condón siempre, presenta a tu ligue de la noche a un conocido, avisa dónde estarán. Y nosotros, es que no entendemos, de verdad que pensamos con el culo, volvemos a escribir nuestros mails y teléfonos en ellas, con nuestros nombres, con especificaciones: “te la chupo”, “la tengo grande”, “aguantador”, “para bondage y tríos”. Nos están matando. No es broma y lo peor: nos gusta caer como gorrioncitos heridos, con los pantalones ajustados y la mirada brillante, fría; los ojos, esferas de espejos de una discoteca abandonada. La semana pasada, por ejemplo, apareció en el periódico otro homicidio. Alguien ligó, dicen que aquí en el Vaquero pero otros dicen que en plena calle de Cuba, frente a la patrulla que anda rondando o el puesto de hotdogs, y fue encontrado muerto a unas cuadras, hacia Garibaldi, apuñalado. Horrible. Otros dicen que en el Marra, que la víctima fue uno de esos estudiantes de la ENAP que se creen muy alternativos porque toman curado de guayaba en La Risa, en Mesones, y luego se pasan a bailar electrocumbia al Marra o a La Purisima o a las Bellas Hartas. Que era un artista visual del power point. Que yo me acosté con él. Mentira: era escultor, rentaba un cuartito en un edificio viejo de Republica de Brasil donde apenas cabían sus esculturas, puros pitos; un horno de microondas y un colchón. Era un artista del colchón. No recuerdo cómo se llamaba pero sí que tenía muy buena mota. Buenísima. Dicen que salió en el periódico la semana pasada. Sus cinco minutos de fama. Fotos de su mejor y último performance, pese al exceso de sangre: innegable la influencia de Teresa Margules. Pero qué buena mota tenía. Hubiera andado con él por su mota y lo que sabía hacer con esa lengua. Dicen que el que se lo llevó esa noche, el asesino, es el que está allá, el que tiene una indio en la mano, el de barbita. Pero no lo creo. Cero que el de barbita es el ex de un ex de un amigo. Bueno, no un amigo sino que me acosté con él durante una temporada. Y es inofensivo y tan aburrido que lo sospechamos heterosexual. Porque nosotros no somos así. Nosotros tenemos un sexto sentido para meternos en problemas, acostarnos con el hijo del diputado más homofóbico y matón, o de perdida ligarnos al cieguito del metro. También creo que están confundiendo a la víctima, que no es el artista de la lengua y el power point, sino otro, cualquiera, como el del mes pasado. Que a ese lo sacaron del Oasis, botas vaqueras verde pistache, pantalones de mezclilla azul deslavado, ajustadísimo para que se le vea el paquete, y camisa a cuadros: vaquerito. El sombrero lo perdió bailando con un travesti alto y fuerte como su propio rencor. Pero a ese ya lo olvidaron, es chisme viejo. O no. O hace falta que maten a tres seguidos para que peguen de nuevo las fotocopias sobre cómo cuidarnos que nadie lee. Porque, nos recuerdan: el VIH asecha, porque la discriminación asecha, porque hay asesinos que vienen aquí, a República de Cuba, por nosotros, venaditos pendejos que nos vamos con cualquiera. Y qué le vamos a hacer. Nos hablan bonito al oído o nos agarran por abajo, dos sonrisas chuecas, una cerveza, indio o laguer, y luego nos cortan el cuello. El mataputos era cliente del 33 y del Oasis, y ni quién se diera cuenta. Y nosotros, sólo pensamos en bailar sobre la barra, en encuerarnos en la barra y ganar una cubeta de chelas, cortesía del barman; en ligarnos al barman nalgoncito. En sacarnos una foto con el barman nalgoncito y postearla en el face. Pero antes no era así. Antes, dicen los clientes más viejos del Vaquero, los que son parte ya del inmobiliario, así de derruidos, que no, no era así. Antes no existía el crimen por homofobia. Ni los bares estaban así de expuestos. El Butter, por ejemplo, el que está sobre Lázaro Cárdenas y Salto del Agua, estaba todo pintado de gris y sólo había una mariposa de madera en el timbre. Tocabas el timbre y te dejaban pasar. No a cualquiera. Checaban antes si sí eras de ambiente. Se decía ambiente y no gay. Lo revisaban en la mirada, se te hacen los ojos profundos y dulces, como entre animal herido y Elizabeth Taylor. Y eso rapidito, no había gente en la calle pavoneándose, diciéndose manita esto y manito lo otro. Entrabas rapidito para que nadie te viera. Te maquillabas y te cambiabas adentro. Y lo mismo de salida. Porque te podía agarrar cualquier culero, o peor, policías, y te chantajeaban. O les soltabas una lana o te metían a la Delegación por puñal. O se apañaban tu agenda para llamarles a tus familiares para decirles que te gusta que te hablen en femenino, manita manita, que te pintas para salir, que te gustaba mamar verga. Que estás sidoso. Antes no había homofobia. La palabra todavía ni se inventaba. Antes era crimen pasional. A menos que fueras Francis o Juan Gabriel cantando en el Blanquita, salías en espectáculos. Si no, en la nota roja. Un cuerpo de joto marica asesinado a puñaladas y por detrás, qué rico, y la conclusión era inequívoca: su amante, seguramente casado, lo asesinó por irse con otro, la muy cuzca. Porque antes los maricones éramos así, sórdidos y retorcidos como el rímel negro que se nos escurre al llorar. Así se ahorraban las investigaciones. Así se tapaba todo. Así nos mataban. Decían que nosotros mismos, por putos, nos matábamos entre nosotros, por putos y como putos: traicioneros. Era nuestro destino y su diversión en el encabezado del periódico, La Prensa o el Alarma, al día siguiente. Caso cerrado. No había más que concluir. Pero ahora que somos parte de la fauna “diversa”, protegidos y tolerados por el Gobierno como animalitos en extinción, llegamos todas las noches como pajaritos dodo, dando saltitos a lo pendejo a la calle de Cuba apenas entregan los cilindreros su maquinita y se van a dormir. Para El Vaquero, con camisa a cuadros, botas de piel de serpiente, y bigote, bigotazo de hombre chulo; para el Marra, una camisetita de colores, muchos, peinados estrafalarios y lentes oscuros como para la playa o la portada de la revista Eres en los 80´s. Plan retro o electroperra. O mejor, más rifado, de chacal, de metrochacal, enseñando los bracitos fornidos, la ceja depilada y los rayitos. La playerita blanca de tirantes y los pantalones a media nalga. Ahí nos tienen, todos los fines de semana y los días de quincena, peor. Nada más nos falta salir con el vestido de novia, pero es que qué le vamos hacer, se nos va la reversa, nos da pa tras: queremos fiesta. Porque ya no es el ligadero de antaño. Ahora todos vienen en plan cuates. O quieren novio de manita sudada, de ir al cine y eso. Aquí es para bailar o que te agarre el nuevo mataputos. Porque si quieres coger es más fácil por el manhunt o por el bear.com (uta! ahora todos los gordos son osos y se cotizan como caviar: pinches princesas peluditas y sabrosas). Porque para coger, así, en vivo, nada más quedan los baños. Los Mina, por metro Hidalgo; los Sol, pasando Guerrero. ¿Y cómo se llaman los que están atrás del Teresa? Ay, el Teresa, qué tiempos, sus películas porno. Me acuerdo de una donde todos eran cavernícolas, como los picapiedra pero con la verga de 20 cm. Las viejas grite y grite yabadabadú y nosotros saltando de una butaca a la otra. Veías a alguien solito y sobres, pero luego no estaba solo sino que tenía a otro bien hincado quién sabe en qué espacio pero mamando de lo lindo. El famoso frontón art decó jamás lo vi. La única cosa artística ahí era el performance de la señora que vendía bolsas de palomitas rancias en el pasillo, contenta, como si estuviera en el cine de Disney, el que ahora es la iglesia de San Judas. Pero esos tiempos ya pasaron. Mucha de esa gente murió por infección. O los Savoy. Pero en esos lo mejor era quedarse en la taquilla, haciendo como que no te decidías a entrar, te daba pena o esa ya la viste. Y entonces te ligas en chinga al que llegaba. Y ya no pagas el boleto y mejor se van a los Mina. Porque los Mina son los Mina. Hay otros baños que quedan más cerca pero nunca me acuerdo. Y un hotel en 5 de Mayo bien bara que ni te dan llaves, así solita se abre la puerta. Y no puedes poner seguro. De ahí nunca me he enterado que al salir maten a alguien. Tampoco en la Alameda, donde nada más te paras por ahí un ratito y se te aparece otro, y otro. Bueno, la neta siempre son los de siempre: pura old school: viejitos y chichifos. Entonces, ya si estás ahí, pues lo mejor es pasarse a Balderas, a las artesanías a ligar turistas. O meterte al metro Hidalgo. Pero igual, si ligas en el metro terminas en los Mina. Todos los caminos llevan a los Mina. O los Finisterre, en la San Rafael pero ya te estás alejando. Y hay que volver. Porque hay que encontrar a la media naranja de este viernes de quincena. Porque hay que verificar que no hayan matado al artista conceptual del power point. Porque hay que preguntarle si le gustaría repetir o al menos facilitar el teléfono del dealer. Porque hay que escribir en las fotocopias de advertencia nuestros números telefónicos, nuestros correos, nuestras ganas de que nos encuentren, para lo que sea; porque antes muertos, antes abandonados, antes asesinados que aburridos.