La belleza emparejada con lo atroz: Retrato involuntario de @azahua

azahua

Marina se enamoró de un muerto. Lo vio una sola vez, fugazmente, y ya nunca más lo pudo olvidar.

Marina, igual que la niña que narra las historias de Cartucho, de Nellie Campobello, se apropió de un muerto sin nombre. El muerto de Marina se llama Obrero en huelga, asesinado y aparece en una fotografía de Manuel Álvarez Bravo. De la mano de ese muerto hermoso, Marina comenzó a recorrer lo que ella llama “el camino de la paradoja de la belleza en relación con la violencia implícita en la muerte”. Ese andar es el germen de Retrato involuntario, el libro de ensayos en el que explora la relación de la fotografía con la violencia, y en donde finalmente devela al acto fotográfico como un memento mori.

Comparto a continuación algunos extractos:

 

“La secrecía de Toul Sleng era fundamental. De ahí nadie salía vivo, de entrada, porque el secreto de su existencia se debía mantener. El tránsito entre estos dos mundos, el público y el secreto, lo mediaba el flash de la cámara de Nhem En. Una vez que la foto era tomada, no había vuelta atrás. La luz se derramaba del instante fotográfico, capturando y ejerciendo el punto de no retorno. Una vez que ha sido expuesto el negativo a la luz, no hay regreso. La inmutabilidad de la fotografía emula la naturaleza fundamental de la violencia: una vez cometido el acto, no se puede revertir. La violencia no se des-hace: una vez que se perpetró no se puede retirar, quitar, limpiar”.

 

“Podemos comenzar por sostenerles la mirada a los muertos cuando nos observen, verlos de vuelta, ser testigos de su existencia, reconocer su desconcierto y su miedo, pronunciar sus nombres cuando estos existan. Maurice Blanchot nos dicta, “no debes ser tú quien hable; deja que el desastre hable en ti, aun si es a través de tu olvido o tu silencio”. Ser testigos de lo sucedido, entender si no el por qué, al menos el qué. Para ello es indispensable negar el impulso de cerrar los ojos ante el rostro de los muertos. Pero somos tan malos testigos, tan débiles. No queremos sentir dolor. Y como cerramos los ojos, tampoco alcanzamos a ver el atisbo de luz de aquello que pudo haber sido diferente. Sólo vemos la oscuridad de lo sucedido, de lo que quedó, los restos que permanecen tras haberlo matado todo. Como testigos, siempre llegamos tarde, después del desastre, una vez que la historia ya sucedió. Entonces lo único que nos queda es observar con aturdimiento los efectos de la violencia ajena, en cuya superficie tendremos que aprender a leer la que será siempre, potencialmente, también la nuestra”.

 

“Basta con pensar que en los albores de la fotografía prevaleció la ‘fotografía de espíritus’ para comprobar que el vínculo entre fotografía y muerte no es un concepto exclusivo de las sociedades no-occidentales. Eduardo Cadava explica que al fotografiar a alguien sabemos que la fotografía sobrevivirá a la persona, la fotografía ‘comienza, incluso durante su vida, a circular sin la persona, figurando y anticipando su muerte cada vez que se le mira’. La imagen de una persona, retratada a través de una fotografía, adquiere una vida paralela a la del retratado —tanto en la vida como después de la muerte”.

 

“La fotografía de muertos registra el proceso mismo del des-ser, del dejar de ser, el proceso de construcción de la soledad del cadáver, el testimonio de su aniquilamiento, de su abandono del mundo.

La vida de un cadáver es corta. El tiempo que pasa entre que la persona muerte y su cuerpo comienza a desintegrarse es sustancialmente breve. A las pocas horas el cadáver inicia su proceso de autodestrucción. La fotografía de difuntos registra ese breve espacio de tiempo, esa corta vida del cadáver y, sin embargo, fija y alarga el proceso para que podamos atestiguarlo una y otra vez”.

 

Retrato involuntario. El acto fotográfico como forma de violencia. Marina Azahua, Tusquets, 2014. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Anuncios

¿Te gusta el celofán, cielo?

El jueves fui al Remate de Libros en el Auditorio Nacional y gasté muchísimo menos que si los hubiera comprado en mi librería de cajón. Pero mientras trataba de hacerles espacio en mis libreros me di cuenta de que algunos de los libros que compré en el primer Remate al que fui hace cuatro años todavía siguen envueltos en celofán.

Hay días en que pensar cuántos libros no leídos hay en mi biblioteca me pone mal. Pero hay otros (como éste) en que eso me erotiza. Entonces me tiro en el futón y los miro, imagino qué clase de prosa tendrán, cuáles versos transcribiré en mis cuadernos, qué pasajes pedirán ser subrayados y anotados y así.

En términos de cama a eso se le llama delaying pleasure (posponer el placer) que es, curiosamente, una forma a la vez de anticiparlo.

Todo este tiempo creí que estaba sola en mi parafilia, pero la lectura de La locura que viene de las ninfas de Roberto Calasso me confirmó lo contrario.

“Confesiones bibliográficas”, uno de los ensayos contenidos aquí, habla sobre el affaire que Elias Canetti sostuvo con Memorias de un enfermo de nervios de Daniel Paul Schreber. Resulta que Canetti hojea Memorias (un libro donde Schreber describe, entre otras cosas, la transformación que experimenta a causa de unos extraños rayos que vienen del sol y que poco a poco lo convierten en mujer) en el estudio de una amiga suya (Anna, la hija de Gustav Mahler) y cuando se lo pide prestado ella se lo regala, pero pasan nueve años antes de que Canetti lo lea.

De esto, Canetti dice lo siguiente:

“Los libros representan para mí una doble aventura: la primera es el descubrimiento, cuando los encuentro en alguna parte, huelo la importancia que podrán tener en un futuro para mí y, por así decir, me apropio físicamente de ellos. Desde entonces pasan con frecuencia muchos años antes de la segunda aventura, cuando por un incomprensible impulso los retomo en mis manos y, excluyendo cualquier otro interés, me abalanzo sobre ellos como en un delirio”.

A lo que Calasso responde esto:

“Creo que en su sobriedad aquéllas son la descripción más icástica de lo que es el proceso de formación –diría casi fisiológico– de una cultura personal, de esa constelación cifrada que cada escritor lleva en sí. Por eso siempre he considerado una prueba estridente de incivilidad los discursos de quienes reprueban que tantos adquieran libros y no los lean inmediatamente. Canetti, con su inmenso potencial arcaico, nos hace regresar a la condición primordial frente al libro, cuando el libro es una asociación de un nombre desconocido y de un título. Al cabo de la experiencia, una vez que el libro haya sido leído, ese objeto puede haberse convertido en una obsesión, como una larga pasión amorosa”.

En una mesa redonda sobre cuento en la que participé alguien me preguntó que cuáles eran los libros imprescindibles para todo el que quiere dedicarse a escribir. Esa fue una pregunta que yo misma me hice en su momento, cuya respuesta apenas comienzo a esbozar y diría algo como esto: 1) Esos libros no existen, al menos no en el sentido que les damos los escritores en ciernes. 2) Cada quien construye su panteón de antecesores literarios conforme los va necesitando. 3) Para que un libro marque tu vida (y tu escritura) hay que dejar que el tiempo haga lo suyo, las lecturas epifánicas no son calendarizables.

Por eso hoy, con la bendición de Canetti y Calasso de por medio, olvido esos días en que alguien dijo que teníamos que leer tal o cual libro imprescindible y me entrego a la anticipación que prometen mis libros seductoramente envueltos en celofán.

*El título de este post es, por cierto, un guiño al título del libro de cuentos ¿Te gusta el látex, cielo? de Nadia Villafuerte. La imagen es de Sexy Swedish Babe.