Contra el cursor titilante

Ayer terminé un cuento.

Tuve que celebrarlo con una cerveza (artesanal y mexicana, por cierto). No es cosa de todos los días, definitivamente.

Cuando me gané la beca de la FLM pensé que había entrado al paraíso de todo aspirante a escritor. Me imaginaba escribiendo furiosamente todos los días, como imagino que Hemingway lo hacía. No fue así. Escribí poquísimo (y siempre con miedo).Image

Ahora, con la beca del FONCA siempre encuentro pretextos para no escribir. Espero demasiado de mis letras, las considero sagradas y eso es una estupidez porque el mundo no va a ser un mejor lugar si yo escribo una obra de arte o un pedazo de mierda.

Creo que ya había hablado sobre esto, pero alguna vez mi tutor de la FLM me preguntó que en qué contribuían mis cuentos a las letras mexicanas. Dije que no lo sabía. Días después me cayó el veinte: No es posible que alguien hable en esos términos de su propia obra, es una idiotez pensar en cada palabra escrita como un ladrillo más en el gran muro de la literatura mundial. Ese trabajo no lo hacen los escritores, sino sus lectores. Uno escribe porque necesita hacerlo, porque es la única forma que tiene de estar en el mundo. Y punto. Todo lo demás sobra.

Un escritor al que admiro me recomendó un libro. Lo leí de una sentada. Me gustó, pero no por su prosa o su lucidez narrativa, sino por su candidez. No pretende encumbrarse en ningún muro imaginario, es lo que es. Su autor logró algo que yo no he logrado: terminarlo, dejarlo ir, moverse a otra cosa.

Así que salud por los cuentos terminados. Vale más un cuento con áreas de oportunidad (como dicen mis colegas comunicólogos) que un cuento magistral que no pasa de ser un cursor titilante.

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La germinación del silencio

Antes de tomar la pluma, espere la germinación del silencio. Verá que así llega más lejos, sin saber a dónde va.     Enrique Serna

“La vanagloria” es un cuento de Serna que habla del mundillo literario provinciano. Juan Pablo, el narrador, recibe una carta de Octavio Paz donde lo elogia como poeta emergente y organiza una fiesta para darle lectura frente al círculo intelectual de Torreón. Pero algo sucede con la carta y Juan Pablo queda en ridículo. El resto del cuento narra los avatares de Juan por conseguir que Paz le escriba una carta de recomendación para estampársela en la cara a los que se rieron de él. Al final triunfa, pero el lugar de regodearse públicamente, guarda silencio y ese silencio germina en forma de letras.

Serna describe a unas vacas sagradas literarias muy parecidas a esa con la que tuve un encontronazo hace algunos meses. Durante uno de nuestros choques más fuertes, la vaca calificó a mi prosa de pedestre y clasemediera y me preguntó que qué aportaban mis cuentos a la literatura mexicana. Yo me quedé muda. Esa pregunta me persiguió mucho tiempo hasta que me di cuenta de que contestarla implicaría caer en la trampa de la vanagloria.

Un amigo me contó que Sibelius nunca terminó su Décima Sinfonía porque se dio cuenta de que todos esperaban que escribiera la obra maestra de la música finlandesa.

Crear es un acto peligroso, autodestructivo a veces. Escribo porque necesito hacerlo. Escribiría aunque nadie me leyera, pero entiendo ese engolosinamiento –que Serna describe como el de un niño que se chupa los dedos embarrados de cajeta– frente al elogio.

Me acuerdo del changuito en esa minificción de Monterroso que escribía sátiras sobre los animales de la selva, pero que, en cuanto ellos lo reconocieron por su talento, dejó de escribir para no ofender a nadie.

—Qué aprendimos de esto, Palmer?— le pregunta uno de los personajes de Quéseme después de leerse, filme de los Hermanos Coen, a su subordinado.
—No lo sé, señor.
—Yo tampoco tengo ni puta idea. Creo que aprendimos a no hacerlo otra vez.
—Sí, señor.

Este año fue en muchos sentidos como una película de los Coen, después de todo el drama y las intrigas en las que me vi envuelta me resultó clarísimo que fueron nimiedades, que lo que de verdad cuenta es llegar a casa y ver a tu pareja pintar patos al óleo, en el caso de la protagonista de Fargo, o disfrutar de un cuento y escribir sobre él, en el mío.

¡Feliz año! ¡Por el silencio! Pa’ que germine.

Escribir desde el suelo

Para Ana, Alberto, Carmina y Pancho.

Me gané la beca del Fonca. Dos años, dos becas literarias. Y muchas caídas intermedias.

Llevo cuatro años corriendo. Ninguno de ellos “seriamente”, al menos no para los estándares de Murakami que corre seis días a la semana y un maratón al año. Corro en una reserva natural (la del Jardín Botánico de Ciudad Universitaria), no hay caminos pavimentados, sólo senderos de roca volcánica. Me he caído más de una vez.

La primera, iba con Alejandro. Recuerdo que me ayudó a levantarme, me examinó, me preguntó que si estaba bien pero no espero mi respuesta y dijo “No te pasó nada”. Me sacudió la tierra, dijo algo sobre las bondades de la saliva y me escupió en la herida de la mano. “Sigue corriendo”, dijo y yo no sabía si llorar o qué, pero definitivamente no quería correr.

“Ya pasó lo peor: te caíste. Ahora sigue corriendo”, me agarró la mano y empezó a correr. Yo lo seguía de mala gana, arrastrando los pies y repitiendo que no podía, que me dejara en paz. Pero él no me soltó hasta que me vio corriendo a su lado. Cuando terminamos, dijo “La única forma de no caerse es quedándose quieto”.

Después de ese día, me he caído otras veces (la peor fue la que ilustra este post), pero siempre me levanto y uso la adrenalina del golpe para seguir corriendo.

Hoy puedo decir con orgullo que me he forjado una disciplina como corredora. Empecé corriendo 1 km (taquicardia y patatús incluidos) y ahora corro más de 5k tranquilamente. Mi siguiente meta son los 10k.

También tuve caídas en la escritura. Conocí de cerca el bloqueo, la descalificación y la autocensura. Pero aprendí que al escribir no hay desperdicios, que el suelo es una nueva perspectiva para contar un cuento.

Ahora me apresto para fallar. Suena bien: escribir para fallar. Pero también para acertar y romper el récord de la carrera anterior.

Escribir a oscuras. Sin esperanza pero sin desesperación. Desde el suelo si es necesario.