Viajar en tren

 

 

(encontré esto que escribí en enero de 2013)

Estoy cruzando el Adirondack en tren, de regreso a Nueva York desde Montreal.

Este animal metálico se desliza por el campo nevado como un balín al que no se le pone ninguna resistencia. Canta con voces salidas desde el fondo de un abismo. Plegarias seculares, acuáticas, cetáceas. ¿A qué dios le cantan? ¿sobre qué misal pasan sus dedos? Kawabata escribe sobre bellas durmientes en cuartos de terciopelo y yo soy el viejo Eguchi. Estas rocas sepultadas por nieve son ellas. Sus pieles igual de blancas reflejando ya no el terciopelo rojo sino mi muerte como un hueso pulido.

Escribir siempre sobre este tren. Aquí no hay tiempo para atorarse en un solo pensamiento. Hay que moverse rápido. De un árbol a otro, de un cuervo a otro. Prohibido rumiar. Prohibido paralizarse.

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Recoger agua de los muros

Va un poema de Fabio Morábito, un mexicano que nació en Egipto, sueña en italiano y escribe en español. Hoy que las letras se niegan a bajar, a dejarse decir en ese idioma en el que se escriben los cuentos, me viene bien un texto así.

Puesto que escribo en una lengua
que aprendí,
tengo que despertar
cuando los otros duermen.
Escribo como quien recoge agua
de los muros,
me inspira el primer sol
de las paredes.
Despierto antes que todos,
pero en alto.
Escribo antes de que amanezca,
cuando soy casi el único despierto
y puedo equivocarme
en una lengua que aprendí.
Verso tras verso
busco la prosa de este idioma
que no es mío.
No busco su poesía,
sino bajar del piso alto
en que amanezco.
Verso tras verso busco,
mientras otros duermen,
adelantarme a la lección del día.
Oigo el rugido de la bomba
que sube el agua a los tinacos
y mientras sube el agua
y el edificio se humedece,
desconecto el otro idioma
que en el sueño
entró en mis sueños,
y mientras el agua sube,
desciendo verso a verso como quien
recoge idioma de los muros
y llego tan abajo a veces,
tan hermoso,
que puedo permitirme,
como un lujo,
algún recuerdo.

De Alguien de lava, editado por Era.

Odradek o dibujar un cuento

Ayer soñé que devoraba una novela, de esas gordas que se publican en Alfaguara. No hablo en sentido figurado, literalmente me la comía. Después de tremendo atasque literario procedía a quitarme los pedacitos de papel atorados en las muelas cuando mi mamá me preguntaba que qué me había parecido el libro. Me quedé en blanco. No sabía a qué sabían todas esas páginas que acababa de engullir.

Fue estúpidamente revelador. He estado tan preocupada por llenar los hoyos literarios que tengo, sobre todo antes del 1º de octubre, fecha en la que entra en vigor mi recién ganada beca, que no he tenido tiempo de disfrutar mis últimas lecturas. Por eso decidí hacer un ejercicio lúdico con un cuento. Escogí “Las preocupaciones de un padre de familia” de Kafka y dibujé al extraño personaje que aparece en el relato, mejor conocido como Odradek, a partir de sus descripciones.

Esto fue lo que salió. Los que quieran, mándenme sus versiones a ursulafg@gmail.com y yo las pego debajo de mi dibujo.

Las preocupaciones de un padre de familia

Por Franz Kafka

Algunos dicen que la palabra «odradek» precede del esloveno, y sobre esta base tratan de establecer su etimología. Otros, en cambio, creen que es de origen alemán, con alguna influencia del esloveno. Pero la incertidumbre de ambos supuestos despierta la sospecha de que ninguno de los dos sea correcto, sobre todo porque no ayudan a determinar el sentido de esa palabra.

Como es lógico, nadie se preocuparía por semejante investigación si no fuera porque existe realmente un ser llamado Odradek. A primera vista tiene el aspecto de un carrete de hilo en forma de estrella plana. Parece cubierto de hilo, pero más bien se trata de pedazos de hilo, de los tipos y colores más diversos, anudados o apelmazados entre sí. Pero no es únicamente un carrete de hilo, pues de su centro emerge un pequeño palito, al que está fijado otro, en ángulo recto. Con ayuda de este último, por un lado, y con una especie de prolongación que tiene uno de los radios, por el otro, el conjunto puede sostenerse como sobre dos patas.

Uno siente la tentación de creer que esta criatura tuvo, tiempo atrás, una figura más razonable y que ahora está rota. Pero éste no parece ser el caso; al menos, no encuentro ningún indicio de ello; en ninguna parte se ven huellas de añadidos o de puntas de rotura que pudieran darnos una pista en ese sentido; aunque el conjunto es absurdo, parece completo en sí. Y no es posible dar más detalles, porque Odradek es muy movedizo y no se deja atrapar.

Habita alternativamente bajo la techumbre, en escalera, en los pasillos y en el zaguán. A veces no se deja ver durante varios meses, como si se hubiese ido a otras casas, pero siempre vuelve a la nuestra. A veces, cuando uno sale por la puerta y lo descubre arrimado a la baranda, al pie de la escalera, entran ganas de hablar con él. No se le hacen preguntas difíciles, desde luego, porque, como es tan pequeño, uno lo trata como si fuera un niño.

-¿Cómo te llamas? -le pregunto.
-Odradek -me contesta.
-¿Y dónde vives?
-Domicilio indeterminado -dice y se ríe. Es una risa como la que se podría producir si no se tuvieran pulmones. Suena como el crujido de hojas secas, y con ella suele concluir la conversación. A veces ni siquiera contesta y permanece tan callado como la madera de la que parece hecho.

En vano me pregunto qué será de él. ¿Acaso puede morir? Todo lo que muere debe haber tenido alguna razón be ser, alguna clase de actividad que lo ha desgastado. Y éste no es el caso de Odradek. ¿Acaso rodará algún día por la escalera, arrastrando unos hilos ante los pies de mis hijos y de los hijos de mis hijos? No parece que haga mal a nadie; pero casi me resulta dolorosa la idea de que me pueda sobrevivir.

David Miklos o la escritura desbordada

Cuando terminé de leer La gente extraña de David Miklos hace ya varios años, anoté esto en su primera página: “Me he cansado de no entender”. Su forma abierta, sus interrogantes no resueltas y su tono lírico me perturbaron. Me dejaron  completamente en blanco. La acabé con algo de pena, pero sin mucha gloria.

Hace unos meses, me la volví a encontrar en el librero. La abrí y me di cuenta de que no tenía una sola anotación, ninguna hoja doblada. Como si nunca la hubiera leído. No había otra opción mas que leerla, ahora sí, leerla con todo lo que eso implicara. Esta segunda lectura fue muy diferente: me hipnotizó. Subrayé frases como “Las sales del sudor que desciende por sus mejillas pronto se sumarán a las dunas, lo mismo que su piel muerta, arena humana” y “Jeff piensa, pienso, que en algún lugar del desierto aún debe haber caballos”. Me gustaba imaginar a David Miklos encontrándose una ballena muerta en alguna playa bajacaliforniana, viendo su piel decadente y urdiendo una historia en torno a ese encuentro. Pensaba que esas páginas donde el mar tiene un papel fundamental, habían sido escritas al aire libre, detenidas por rocas o conchas para prevenir que se volaran con la brisa que mecía a las palmeras.

Estaba equivocada. Lo que me pareció más real de la novela, fue sólo una construcción literaria. Por el contrario, los episodios fantásticos están mucho más cercanos a la biografía de su autor. Esto me lo corroboró el mismo Miklos, un hombre de cuarenta años que esconde el rostro detrás de su barba desaliñada. Él nunca ha visto una ballena en descomposición, pero sí conoce de cerca el tema de los semilleros, esos hombres cuyo único rol en la vida de sus hijos ha sido el de fecundar, David es adoptado. Esto me recuerda a que durante mis pesquisas para entender cómo nace un texto, me topé con esta frase de Borges: “Puedo mentir sin que nadie se dé cuenta, y sobre todo, sin que yo mismo me dé cuenta, ya que es necesario que el escritor que escribe una fábula ‘por fantástica que sea’ crea, por el momento, en la realidad de la fábula”.

David buscó a su madre biológica cuando se enteró de que iba a ser papá, la búsqueda es un tema central tanto en su vida como en sus textos. Creo que David escribe para encontrarse, para arraigarse en sus letras, para pertenecer(se). La escritura como madera carbonizada que los simios selváticos mastican para poder digerir las plantas altamente tóxicas de las que se alimentan. Durante uno de sus colapsos nerviosos, Scott Fitzgerald se dedicó a escribir listas. Listas de jugadores de futbol, ciudades, canciones, pitchers, trajes y zapatos que tuvo; al parecer, encontrarse en el papel actuaba como un bálsamo emocional.

La escritura no le viene a David por goteo, sino que cae como una presa desbordada. Parece que cuando ya no puede ser contenida, la escritura lo rompe todo y saca a David de su cómoda rutina de escritor undercover (trabaja en el Centro de Investigación y Docencia Económicas, donde es jefe de redacción de la revista de historia internacional Istor). La primera vez que eso pasó, se encerró durante quince días a escribir. Se levantaba a las seis de la mañana y escribía sin parar hasta el mediodía. En ese estado de trance acabó La piel muerta. Pessoa escribía de pie, como si no le diera tiempo de sentarse: la creación literaria era una especie de convulsión, de ataque epiléptico, ese lapso en el que no podía hacer otra cosa más que poner versos en papel. Y por esa misma razón David Miklos me dice que puede escribir en medio del ruido ensordecedor, porque nada puede acallar el canto de sirena, el llamado lobuno de las letras.

Le pregunté que si estaba leyendo poesía cuando escribió La gente extraña. No se acuerda, pero dice que poetas como E. E. Cummings, Emily Dickinson, Robert Hass, José Carlos Becerra y Rainer María Rilke han estado presentes en lo que escribe. ¿Y cómo encuentra su tono un escritor entre el coro a veces perturbador que son los libros leídos? “Uno es parte de un flujo y reflujo”, contesta David “la mejor manera de ser escritor es aceptando eso, uno no va a inventar nada, simplemente va a crear una voz, si domesticas una voz, ya estás. Si das con eso, diste con todo”. Entonces me acuerdo de algo que me dijo Valeria Luiselli, una escritora de veintisiete años que acaba de publicar su primer libro, una colección de ensayos llamada Papeles falsos. Cuando le pedí que me platicara sobre el nacimiento de “La velocidad á velo”, me contó que mientras cruzaba la Plaza Río de Janeiro, las palabras de Julio Torri sobre el ciclismo urbano le retumbaron en la cabeza. Ellas, sumadas al siseo de la cadena de su bicicleta, le dictaron el ritmo del ensayo.

Creo que al final los textos nacen así: de los ruidos de afuera, de las voces de adentro, de esa mezcla. Una situación, como decía Cortázar, que cuando llega es tan inevitable como vomitar un conejito. Y una vez expulsado, a ese conejito le depara un destino incierto, lo único que lo salva de estrellarse contra el pavimento es que el lector lo adopte, lo subraye, doble sus páginas: lo lea. Con todo lo que eso implique.

David y Anna Miklos

La chispa adecuada

Para Anamari Gomís, maestra tan querida

#yoconfieso que hubo un momento de mi vida en el que preferí a Paulo Coelho sobre Fernando del Paso. En el que me clavé leyendo El Alquimista y Brida del escritor de best sellers brasileño y dejé olvidado a Palinuro de México.

Trabajaba como recepcionista en HQ Global Services, uno de esos consorcios que hacen ver a los negocios pequeños muy pipirisnais. Eran vacaciones de Navidad y la oficina estaba muerta. Así que yo (muy culta, muy letrada) fui a una librería de viejo y me compré la segunda novela de del Paso (de la que había leído reseñas eruditas en todas las revistas literarias).

En la página veinte ya estaba cabeceando. No logré engancharme en la historia del tío Esteban y de su hija Estefanía. Además -hay que decirlo- el libro es larguiiiiiiiísimo y  en la recepción vacía de un edificio de treinta pisos, en plena época navideña y sabiendo que el cheque quincenal será de $1,750 pesos, como que una se desanima.

Al día siguiente me llevé El Alquimista que me había regalado mi abuelito y que yo había guardado en el fondo de un cajón (“yo no leo autosuperación disfrazado de novela” dije orgullosa). Y, muy a mi pesar, lo disfruté como enana. Tanto que, gulp, me compré otro libro de Coelho y también lo devoré como si fuera una caja entera de donas Krispy Kream.

Sobra decir que como con cualquier atasque, acabé asqueada y soy ahora una coelhoholic recuperada.

Ayer, siete años después, encontré Palinuro de México en mi librero y prometí darle una segunda oportunidad.

Hay libros que te pescan en el momento indicado. Hoy me topé con Elsinore, un cuento de Salvador Elizondo que la escritora Anamari Gomís, me recomendó después de leer un cuento mío.

Leerlo fue el highlight de mi día. Me encontré en su voz, en su prosa, en los recuerdos infantiles que inspiran cuentos, en su spanglish. Aprendí cómo se pincelea a un personaje con unos cuantos toques. Encontré intertextualidades con Poe y Conrad y descubrí cómo se escribe ese término que usan mucho los gringos para referirse a escaparse, perderse o irse de pinta: AWOL (y no, a wall, como creía) y que quiere decir absent without leave.

Encontrar el libro perfecto es aplicarle a mi día esa chispa que hace que todo arda y que no quede de otra más que ponerse a escribir.

Apostada

Escribir es estar en perpetuo desasosiego.

Poner algo en el mundo que antes no estaba ahí supone enfrentarse, como dijo William Faulkner, a una vida transcurrida entre la zozobra y la extenuación.

Escribir, representó para George Orwell, emprender una guerra como la que se declara contra una enfermedad mortal.

Un ensayo que Scott Fitzgerald publicó cuatro años antes de su muerte, habla de la escritura como motivo de colapso de su salud mental.

Pero no todo es tortuoso en la escritura, escribir es un oficio ideal para el hedonista, el ególatra. El escritor se perpetua en sus textos como quien opta por el mausoleo de mármol en el cementerio más caro de la ciudad, el embalsamamiento o la criogenización. Con suerte, hasta le construyen una estatua.

No, si güey no soy. Por eso sigo aquí. Apostada en las letras.

Si les interesa clavarse el tema, les recomiendo este libro:

El placer y la zozobra. El oficio de escritor. Trad. Ignacio Quirarte. UNAM, 1996.