Una entrevista

 

Comparto un fragmento de la entrevista que me hicieron Bernardo Robles, José Luis Vera, Juan Manuel Argüelles y Pedro Ovando, los conductores del programa Involuciones en Sonica TV.

Creo en Pound

Comparto aquí un extracto de El arte de la poesía de Ezra Pound. Un libro fundamental para mí que sigo aprendiendo esa ciencia inexacta que es la germinación de las letras.

Tanto se ha garabateado respecto a una nueva manera de hacer poesía, que tal vez se me perdone esta breve ojeada retrospectiva.

En la primavera o a principios del verano de 1912, “H.D.”, Richard Aldington y yo decidimos que estábamos de acuerdo en los tres principios que siguen:

  1. Tratar la “cosa” directamente, ya fuese subjetiva u objetiva.
  2. Prescindir de toda palabra que no contribuyera a la presentación.
  3. En cuanto al ritmo: componer (escribir) siguiendo una secuencia análoga a la de la frase musical, y no en una secuencia del metrónomo.

Una “imagen” presenta un complejo intelectual y emotivo en un instante temporal.

Vale más presentar una sola imagen en toda una vida que producir obras voluminosas.

No hagas caso de la crítica de quienes nunca han escrito una obra notable.

No emplees una sola palabra superflua, ni un solo adjetivo que no sea revelador.

No repitas en versos mediocres lo que ya se haya dicho en buena prosa.

Empieza por aprender lo ya descubierto.

Trabaja como un músico, un buen músico.

La buena prosa no te hará ningún daño, y es buena disciplina intentar escribirla.

…una especie de comunión entre poetas, hablar de cosas muertas y casi olvidadas…

Creo en un “ritmo absoluto”, es decir, un ritmo en la poesía que corresponda exactamente a la emoción o al matiz emotivo que quiera expresarse. El ritmo de cada quien debe ser interpretativo, y llegará a ser, por lo tanto, propio, infalsificado e infalsificable.

Creo que el símbolo adecuado y perfecto es el objeto natural…

Creo en la técnica como prueba de la sinceridad del artista…

Creo en la existencia de un contenido “fluido” y otro “sólido”, que algunos poemas pueden tener forma como un árbol tiene forma, otros como agua vertida en un vaso.

En cuanto a la poesía del siglo veinte, y la poesía que espero que aparezca más o menos en la próxima década, se moverá, creo, en contra de la patraña, será más dura y más sana, estará “mas cerca del hueso”… Tendremos menos adjetivos para acojinar los golpes y debilitar el impacto. Por lo menos en mi caso, así la quiero: austera, directa, libre de babosa emoción.

Sólo la emoción perdura.

Google como detonador de la escritura

Hace unos meses, Cristina Rivera Garza me pasó un link con ejercicios para detonar la escritura. Son experimentos para hacer poemas, pero muchos de ellos también sirven para escribir en prosa. Son instrucciones para jugar con el lenguaje y hacer oficio como escritor. Su compilador es Charles Bernstein, un tipo loco que hace poemas con fragmentos de conversaciones escuchadas en la calle, slogans publicitarios, cuestionarios de revistas y, básicamente, todo lo que cae en sus manos. Al final de sus “experimentos”, Bernstein recomienda que cada uno de los ejercicios sea recombinado para crear un único poema extenso -estrategia a la que él mismo recurrió en Dark City, por cierto-.

Uno de los ejercicios consiste en poner cualquier palabra en el buscador de Google y construir un texto usando las palabras contenidas dentro de los resultados de la búsqueda.

Yo usé la palabra “cola” y este fue el texto que construí con las palabras que me dio Google:

Usos concretos de la cola

La cola, también llamada suplemento plus, es natural de Madagascar.
Es una secuencia de elementos en la que la operación de inserción push se utiliza para la “retención de líquidos”.
Fue creada el 5 de Mayo de 1886. John Pemberton, su inventor, empezó a trabajar en la fórmula a los 54 años de edad.      
El encanto de sus rincones destapa gotas de felicidad todos los días. La magia de sus leyendas se fortalece a través de la creación de cálculos en el riñón y en la vejiga.
En el último cómputo, una cola trae los mejores movimientos y lo más nuevo en informática.
“La cola conoce nuestras acciones. Nosotros no sabemos qué se propone la cabeza de la cola”. Lichtenberg

Creo que lo interesante de los ejercicios para soltar la pluma es que sirvan como germen, que ayuden a vencer el pánico a la página en blanco y que le den un carácter lúdico al acto de escribir.

Si alguien se anima a hacer el ejercicio y pegarlo en los comentarios, adelante. 🙂

La germinación del silencio

Antes de tomar la pluma, espere la germinación del silencio. Verá que así llega más lejos, sin saber a dónde va.     Enrique Serna

“La vanagloria” es un cuento de Serna que habla del mundillo literario provinciano. Juan Pablo, el narrador, recibe una carta de Octavio Paz donde lo elogia como poeta emergente y organiza una fiesta para darle lectura frente al círculo intelectual de Torreón. Pero algo sucede con la carta y Juan Pablo queda en ridículo. El resto del cuento narra los avatares de Juan por conseguir que Paz le escriba una carta de recomendación para estampársela en la cara a los que se rieron de él. Al final triunfa, pero el lugar de regodearse públicamente, guarda silencio y ese silencio germina en forma de letras.

Serna describe a unas vacas sagradas literarias muy parecidas a esa con la que tuve un encontronazo hace algunos meses. Durante uno de nuestros choques más fuertes, la vaca calificó a mi prosa de pedestre y clasemediera y me preguntó que qué aportaban mis cuentos a la literatura mexicana. Yo me quedé muda. Esa pregunta me persiguió mucho tiempo hasta que me di cuenta de que contestarla implicaría caer en la trampa de la vanagloria.

Un amigo me contó que Sibelius nunca terminó su Décima Sinfonía porque se dio cuenta de que todos esperaban que escribiera la obra maestra de la música finlandesa.

Crear es un acto peligroso, autodestructivo a veces. Escribo porque necesito hacerlo. Escribiría aunque nadie me leyera, pero entiendo ese engolosinamiento –que Serna describe como el de un niño que se chupa los dedos embarrados de cajeta– frente al elogio.

Me acuerdo del changuito en esa minificción de Monterroso que escribía sátiras sobre los animales de la selva, pero que, en cuanto ellos lo reconocieron por su talento, dejó de escribir para no ofender a nadie.

—Qué aprendimos de esto, Palmer?— le pregunta uno de los personajes de Quéseme después de leerse, filme de los Hermanos Coen, a su subordinado.
—No lo sé, señor.
—Yo tampoco tengo ni puta idea. Creo que aprendimos a no hacerlo otra vez.
—Sí, señor.

Este año fue en muchos sentidos como una película de los Coen, después de todo el drama y las intrigas en las que me vi envuelta me resultó clarísimo que fueron nimiedades, que lo que de verdad cuenta es llegar a casa y ver a tu pareja pintar patos al óleo, en el caso de la protagonista de Fargo, o disfrutar de un cuento y escribir sobre él, en el mío.

¡Feliz año! ¡Por el silencio! Pa’ que germine.

Jarcharse al inframundo

Va una entrevista que le hice a Yuri Herrera a propósito de Señales que precederán al fin del mundo, su más reciente novela publicada por la editorial española Periférica.

¿De dónde proviene la aridez en tu escritura?
Soy del valle del mezquital que es una zona semidesértica y ahí descubrí la belleza de lo árido, que no sólo está en el paisaje sino en la gente y el idioma. Encontrar la belleza en un ambiente aparentemente hostil es algo con lo que ya estaba sensibilizado.

Ya en Trabajos del reino destaca tu forma tan particular de tratar un tema mentadísimo como el narco. Ahora en Señales que precederán al fin del mundo, hablas de la migración también de una forma novedosa.
Lo que quiero hacer es encontrar nuevas palabras para esta realidad. Creo que vale la pena hablar de esto desde otras coordenadas. Por eso hay ciertas palabras que no uso, clichés, conceptos predigeridos que le hacen el trabajo al lector.

Sé que antes de escribir, haces una lista de palabras que te gustan por su sonido y evocación. Supongo que jarchar fue una de ellas.
En el contexto de la novela significa irse. Yo la tomé de poemas medievales escritos en una lengua en transición que más tarde dio vida al español, para mí los personajes están también en transición.

Entonces el lugar a donde llega Makina llamado Jarcha tiene un poder simbólico…
Claro porque ella está saliendo, es un lugar al que va a regenerarse, a crearse una nueva identidad.

Los títulos de los capítulos recuerdan a la tradición literaria prehispánica, te basaste en El descenso al Mictlán.
Sí, cuando estaba estructurando la novela quise usar este texto como base. Me serví de él para resignificar esta herencia literaria. Entre los mexicas había varios lugares a donde iban los muertos, tenían que pasar por varios inframundos donde se encontraban seres que les dificultaban o ayudaban en el camino.

¿De dónde viene el nombre Makina?
Es un nombre que yo derivé de la lengua ñañú u otomí, viene de Maki.

En la escena inicial del libro, la tierra se abre. Esto remite de inmediato a un descenso al infierno.
Así es, una de las lecturas de este pasaje es que es un viaje al inframundo. Uno de los referentes que yo tomé es la ciudad de Pachuca. Estas cosas suceden, cada tanto tiempo se hunde una casa, después de 600 años de hacer hoyos a la gente se le olvida dónde estaban.

Una de mis partes favoritas del libro es cuando un viejo dice que él nada más está de paso, aunque lleva 50 años en ese sitio.
Esto es una cosa real que escuché de un viejo, tiene que ver con la sensación de arraigo. Hay gente que se deshace de lo que tiene detrás.

¿Por qué un título tan apocalíptico?
Tiene que ver con lo que sufre el personaje, que abandona sus sabores, sus olores, su tierra, sus seres queridos; finalmente, su cuerpo. Pero también es un título que le apuesta a que el lector encuentre un significado acorde con su lectura, a que lo provoque más allá de lo que yo pueda decir aquí.

Tumbleweed

 

Pierdo pelo. Todos los días hago bolas de pelos que recojo del piso de la regadera. Antes eran del tamaño de una uva, ahora ya le pegan más al de una ciruela. No estoy enferma, es mi cuerpo que se queda cada día más viejo.

Conocí a una mujer calva, era mi tía. Más que pelos, los de su cabeza eran plumones, no de los que se usan para escribir, sino esas plumitas leves pegadas al pellejo de los pájaros. Vi fotos de ella. Era guapa cuando tenía mi edad, pero en la época de los plumones de cabecera, ya se le había espantado toda la guapura. Si mi tía hubiera sido lista, su calvicie no habría sido tan desagradable. Muchas de las mujeres más inteligentes han sido terriblemente feas.

Estoy guguleando nombres de escritoras que admiro, pero ninguna está francamente espantosa: Simone de Beauvoir no era un bombón, pero tenía lo suyo; Clarice Lispector estaba hecha un forro y Anaïs Nin era dueña de una belleza rara… ¡hasta Rosario Castellanos se me hace guapa! no sé porqué, pero me encantan sus cejas ultradelineadas y su chongo. Bueno, creo que esta hipótesis se fue a la mierda. El caso es que veo cómo mes con mes mi cuerpo pierde juventud y, junto con el pelo, se me caen las nalgas, la piel comienza a colgarme en sitios donde antes no lo hacía y todo en mi cara va hacia una misma dirección: sur. Lo preocupante no es eso, sino que mi cabeza no absorbe conocimientos a ese mismo ritmo y temo convertirme en mi tía, con sólo plumones en la mollera. Así que, en lugar de tirar la bola de pelos a la basura, la aviento por la ventana, imagino que cae y se pierde, como si la parte tangible de mi envejecimiento se esfumara de pronto y ganara tiempo para llenarme los sesos. Satisfecha, salgo del baño, me visto y bajo los once pisos de mi edificio para ir a una librería que lleva el nombre de mi heroína de cejas depiladas y que uso como biblioteca, después de todo, hay que aprovechar mi pequeño robo temporal. Camino por la banqueta para agarrar el pesero y soy testigo de lo peor: mi bola de pelos cruza frente a mí como un tumbleweed burlón. Casi escucho la música que ponen en los Westerns cuando esas plantas rodantes recorren la toma y dejan claro que en aquel pueblo todo está perdido. El resultado es terminante: El tiempo=1, Yo=0.

*Este texto a propósito del tiempo. Se publicó en la revista el perro. Para los que viven en Chilangolandia, está en El Sótano y en la Rosario Castellanos.