Una entrevista

 

Comparto un fragmento de la entrevista que me hicieron Bernardo Robles, José Luis Vera, Juan Manuel Argüelles y Pedro Ovando, los conductores del programa Involuciones en Sonica TV.

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“Lilith” de Anaïs Nin

 

Traduje y musicalicé un fragmento de esta nouvelle de Nin.

 

 

Aquí va el texto,  pueden leerlo mientras escuchan mi versión con música de Massive Attack:

 

Lilith

Entre cada una de estas frases había un silencio largo. Una gran simplicidad en el tono. Nos veíamos el uno al otro como si estuviéramos escuchando música, no como si estuviéramos diciendo palabras. Dentro de las cabezas de ambos, mientras permanecíamos ahí, él acostado sobre una almohada y yo sobre el pie de la cama, se estaba tocando un concierto. Dos cajas llenas de las resonancias de una orquesta. Cien instrumentos tocando al unísono. Dos largos carretes de hilos de flauta entretejiéndose entre su pasado y el mío, las cuerdas del violín constantemente temblando como resortes dentro de nuestros cuerpos, los nervios nunca quietos, los pesados latidos del tambor como el pesado latido del sexo, la vibración de la sangre, el compás del deseo que ahogaba todas las vibraciones, más fuerte que cualquier instrumento, el arpa cantando dios, dios y los ángeles, la pureza en su ceja, la claridad en sus ojos, dios, dios, dios, Isolina con cabellos caoba y los tambores latiendo deseo en los templos.

La orquesta toda en una sola voz ahora, por un instante, enamorada, enamorada del arpa cantando dios, y los violines agitando su pelo y yo pasando el arco del violín delicadamente entre mis piernas, sacando música de mi cuerpo, mi cuerpo haciendo espuma, el arpa cantando dios mientras todas las mujeres del mundo yacen bajo él en un ritual de fecundación, el tambor palpitando, palpitando sexo, y polen dentro de la caja del violín, las curvas de la caja del violín y las curvas de las nalgas de la mujer, llantos del chelo, el chelo cantando un réquiem bajo el nivel de las lágrimas, a través de caminos subterráneos con notas centelleando de izquierda a derecha, notas como escaleras al harpa cantando dios, dios, dios, dios, y el fauno con la flauta riéndose de las notas que se volvieron negras y penitentes, las notas negras ascendiendo por la ruta de polvo de las lágrimas del chelo, un temblor terrestre dividiendo la música en dos muros caídos,  los muros de nuestra fe, el chelo llorando y los violines temblando, el latido del sexo rompiéndose por la mitad y separando las notas blancas de las notas negras, y la escalera de sonidos del piano rodando hacia el infierno del silencio porque lejos, atrás y más allá de los violines viene la segunda voz de la orquesta, la voz de las entrañas de los instrumentos, bajo las notas oprimidas por dedos calientes, en oposición a estas notas viene la canción de las entrañas de los instrumentos, del polen que contienen, del viento de los dedos pasajeros, el tapiz de notas se lamenta con voces de encaje negro y dados en los cables del telégrafo.

Su tristeza encerrada dentro del chelo, nuestros sueños envueltos en polvo dentro de la caja del piano, esta caja en nuestras cabezas crujiendo con resonancias, el pasado cantando, una orquesta dividiéndose plenamente, amores perdidos, caras desapareciendo, celos retorciéndose como cáncer, comiendo la piel, la carta que nunca llegó, el beso que no se dio, el arpa cantando dios, dios, dios, el que ríe en un lado de su cara, dios era el hombre con una boca enorme que pudo haberme comido completa, cantando dentro de las cajas de nuestras cabezas.