Apostada

Escribir es estar en perpetuo desasosiego.

Poner algo en el mundo que antes no estaba ahí supone enfrentarse, como dijo William Faulkner, a una vida transcurrida entre la zozobra y la extenuación.

Escribir, representó para George Orwell, emprender una guerra como la que se declara contra una enfermedad mortal.

Un ensayo que Scott Fitzgerald publicó cuatro años antes de su muerte, habla de la escritura como motivo de colapso de su salud mental.

Pero no todo es tortuoso en la escritura, escribir es un oficio ideal para el hedonista, el ególatra. El escritor se perpetua en sus textos como quien opta por el mausoleo de mármol en el cementerio más caro de la ciudad, el embalsamamiento o la criogenización. Con suerte, hasta le construyen una estatua.

No, si güey no soy. Por eso sigo aquí. Apostada en las letras.

Si les interesa clavarse el tema, les recomiendo este libro:

El placer y la zozobra. El oficio de escritor. Trad. Ignacio Quirarte. UNAM, 1996.

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¿Qué pones en tu pasaporte?

¿Ingeniero, chef, bailarín, ama de casa, bióloga, curadora de arte? Seguramente hay personas que, en la sección de los formularios donde se pregunta su oficio, ponen cosas como éstas: “psicoterapeuta canino”, “limpiador espiritual” o “artesano de la piel”.

Yo siempre pongo “comunicóloga”, pero secretamente quiero poner “escritora”. Pero, ¿cómo se llega a ese punto? ¿qué es lo que separa al escritor profesional del amateur?

Hace tres meses renuncié a mi trabajo como coeditora de una revista y me metí a estudiar creación literaria. Voy a clases en las tardes y en las mañanas escribo, bueno, intento. Siempre se me atraviesan Facebook, Twitter, el fotógrafo con el que vivo (también conocido como mi novio), las llamadas de telemarketing de Telmex, las idas al banco o el hambre feroz que me atormenta a todas horas. Entonces me la paso feisbukeando, twitteando, divagando con El Señor Lobo (así le digo al fotógrafo que tengo por concubino) sobre nuestros planes para salir de la incertidumbre profesional, contestando el teléfono, haciendo trámites bancarios o lavando platos –¡Ah! Porque cabe añadir que soy maniática del orden, entonces muy frecuentemente se me ve levantando pelusas del suelo y haciendo lo necesario para tener mi departamento inmaculado–.

¿Cómo le hacen los escritores para sentarse a teclear historias que después se convierten en libros? ¿También los interrumpe el timbre? ¿El pago de la tenencia? ¿Las ganas de hacer pipí cada treinta minutos?

Cuando al fin logro sentarme a escribir, me asalta otro problema: la página vacía dónde el latido del cursor marca el tiempo perdido. Pongo una palabra detrás de otra como si se tratara de ladrillos enormes, doy un paso atrás y me doy cuenta de que la pared está chueca, que mis versos están llenos de clichés y que mis personajes no son verosímiles. Borro todo. Me levanto, voy a la cocina, abro una bolsa de papitas, me echo en la cama y mientras mastico, me veo las uñas. Al mismo tiempo que amaso cada papa con la lengua y el paladar, hago lo mismo con las palabras que traigo atoradas, les voy dando forma hasta que estén lo suficientemente digeridas como para pasarlas a la página. Entonces salen cuentos de mujeres que al tener un orgasmo sacan marejadas de agua y poemas que hablan de los murciélagos que viven en un hueco de mi edificio. Sólo entonces siento que las cosas van bien. Sólo entonces estoy un paso más cerca de cambiar la palabra del tiránico cuadro que dice “Profesión”.