Un burdel de tres paredes y nuevas sueñerías de Shua

Casa de geishas
Ana María Shua
Posdata Editores, Monterrey, 2011.
 

Este conjunto de minificciones está dividido en dos partes. La primera le da su nombre al libro y es un lugar donde el lector mira una burdel a escala con muchísimos cuartos y sólo tres paredes. La segunda, “Versiones”, retoma el tema onírico de La sueñera (1984) pero introduce una práctica que yo no le conocía a la Shua: tratar un mismo tema desde diferentes perspectivas. Esto lo he visto en varias antologías de minificción (El cuento jíbaro y El libro de la imaginación, por ejemplo), pero donde más me gusta como se logra es en 83 novelas de Alberto Chimal (descargable desde el widget de Box.net en la barra derecha de este blog), quien por cierto, publicó El Viajero en el Tiempo es esta misma colección de Posdata, Hormiga Iracunda.

Va un extracto pa’ que se les antoje. En la Ciudad de México lo encuentran en El Péndulo:

 

Una minificción-prólogo, minificción-ars poética:

El reclutamiento
Las primeras mujeres se recluían aparentemente al azar. Sin embargo, una vez reunidas, se observa cierta configuración en el conjunto, una organización que, enfatizada, podría convertirse en un estilo. Ahora la madama busca a las mujeres que faltan y que ya no son cualquiera sino únicamente las que encajan en los espacios que las otras delimitan, y a esta altura ya es posible distinguir qué tipo de burdel se está gestando y hasta qué tipo de clientela podría atraer. Como un libro de cuentos o de poemas, a veces incluso una novela.

Ésta hay que leerla con diccionario en mano:

Los disfraces y las fantasías
Las mujeres se disfrazan para hacerse más atractivas, se disfrazan para cumplir las más feroces fantasías. Están dispuestas a ponerse un disfraz de oveja, de ombú o de bauxita. Pero sólo una vez y para siempre. Y es inútil rogarles que se lo quiten, que retiren de uno esas raíces enormes que lo aprisionan contra la tierra, ese vaho metálico capaz de mineralizar tu lengua, esos vellones que provocan en los clientes sensibles el crecimiento de grandes cuernos retorcidos.

Aquí el enigma en el cuento se siembra con cuatro palabras y me recuerda a “Cefálea” de Cortázar:

Gimnasia
Para mantener sus cuerpos gráciles, las mujeres de la Cara asisten diariamente a sesiones de gimnasia. La profesora las insta a redumar los fibrillos, un dos tres, un dos tres. Como la mayoría de los ejemplares de su especie, la profesora de gimnasia es rígida y exigente. Se niega a aceptar que no todas sus alumnas tienen fibrillos y otras carecen de la articulación que les permitiría redumarlos. El grupo de las vertebradas exige su renuncia. A las demás les da lo mismo.

¿Dónde está la mamá? ¿Por qué la hermana insiste en morder a la narradora?

Fruta con bichos
Muerdo una fruta. La fruta tiene gusanos. Los gusanos son contagiosos, dice mi mamá. Por eso me pica tanto. Me quito las zapatillas y las medias. Tengo gusanos blancos, movedizos, entre los dedos de los pies. Si me los saco, vuelven a brotar. Son molestos pero vale la pena: cuando mi hermana nos vea, no va a querer morderme nunca más.

Lo fantástico desde la primera línea, sin explicaciones, orgánico como una enredadera:

Problemas legales de las enredaderas
Una mujer se convierte en enredadera. Crece lentamente cubriendo las paredes exteriores y el techo de la casa. Sus herederos intentan ejercer sus derechos. Se nombra a un abogado, se acude a tribunales, se cosen expedientes. Sin embargo, resulta imposible certificar la muerte. La enredadera asiste a las audiencias con las raíces envueltas en algodón húmedo, exhibe sus documentos, responde cortésmente a las preguntas del juez, que (es evidente) le tiene miedo. Uno de los nietos se atreve a la tijera de podar. Al separar la planta de sus raíces, se derrumban las paredes de la casa, que sólo la enredadera sostenía. Lamentablemente, el terreno vale poco.

Lo onírico:

Agua fría
Agua fría en la cara para borrar los rastros del sueño, para borrar los restos de la pesadilla. Agua fría en la cara lisa, sin facciones: borrada.

Nótese el peso que “Olímpicos” y “divinamente” tienen sobre el texto:

Guión cinematográfico
En una primera versión la protagonista es muy joven, apenas adolescente, pero se percibe que así resulta difícil ahondar conflictos, se la ubica entonces en los veinticinco años, es rubia, está casada, hasta que súbitamente se la prefiere hombre, un muchacho charlatán que envejece de un día para el otro, ciertas exigencias argumentales lo convierten en un anciano débil de mirada rojiza, legañosa y a continuación en una niña demasiado astuta. En el momento de transformarse la niña en perro, en ese viejo pastor inglés que se ganará, simpático y lanudo, el aplauso del público, sus células estallan desparramando sobre la mesa de trabajo una sustancia gelatinosa y ardiente que devora al material bibliográfico, los casetes, al guionista mismo, el edificio de la productora y poco a poco al mundo, la galaxia, el universo entero reducido a ese punto mínimo, previo al primer latido, una historia que cualquiera podría encontrar monótona, uniforme, pero que encierra todas las historias para ese Conjunto de Olímpicos Espectadores que aplauden. Divinamente fascinados.

Lo metatextual:

El respeto por los géneros
Un hombre despierta junta una mujer a la que no reconoce. En una historia policial esta situación podría ser efecto del alcohol, de la droga o de un golpe en la cabeza. En un cuento de ciencia ficción el hombre comprendería eventualmente que se encuentra en un universo paralelo. En una novela existencialista el no reconocimiento podría deberse, simplemente, a una sensación de extrañamiento, de absurdo. En un texto experimental el misterio quedaría sin desentrañar y la situación sería resuelta por una pirueta del lenguaje. Los editores son cada vez más exigentes y el hombre sabe, con cierta desesperación, que si no logra ubicarse rápidamente en un género corre el riesgo de permanecer dolorosa, perpetuamente inédito.

A Dante lo tradujeron mal:

Copista equivocado
La acróbata echa fuego por las narices y los payasos se atraviesan con espadas y los elefantes tienen las trompas obturadas con tapones de acrílico y los leones vomitan la cabeza del mago y si la tradición menciona círculos es quizá por error de algún copista: en ocho circos (un solo director con su tridente) seremos castigados.

La mini de terror:

Quizás apendicitis
Operación de rutina. A la altura de la vesícula biliar, el bisturí tropieza con un obstáculo impenetrable a su filo eléctrico. Con las dos manos, el cirujano extrae una perla gigantesca que muestra, entre los hilos rojos, su brillo de nácar. El equipo de cardio se distrae por un momento, el anestesista mismo parece encandilado. Entonces, en forma repentina, se cierran las valvas del paciente. Después, empieza la digestión.

 

 

De la imaginación y otros octópodos

Alguien dejó la llave abierta y la imaginación se salió de la tina, inundó el baño, se filtró al departamento de abajo y ya cae a gotas sobre el periódico del vecino. Eso es lo que pasa con este libro, hay una especie de desbordamiento fantástico en sus páginas.  En un cuento uno de sus personajes le dice a su novia que su vagina tiene forma de virgen, en otro los ancianos de mundo viajan al centro de la Tierra para liberar a los niños que fueron y que viven encerrados en una esfera de cristal. Aparece una camada de perritos que perdonarán a su asesino por el resto de la eternidad, un duende, varias sirenas y hasta Dios (en su faceta más sádica, por cierto).

Los cuentos que más me gustaron fueron los minimalistas. Los que desarrollan un solo elemento y lo llevan a lo fantástico. “Las entrañas de las legiones” y “El final de la novela” son dos buenos ejemplos. Lo fantástico irrumpe al final de forma orgánica. El acto de laminar un hígado se equipara al acto de leer en el primero, mientras que el segundo es una serpiente que se muerde la cola, me recordó a “Continuidad de los parques” de Cortázar.

Aquí,  la imaginación se convierte en un pulpo que con un tentáculo te acaricia, con otro te pica la campanilla, con otro más te apresa el cuello y con los restantes te hace cosas tan diferentes que no sabes decir si te está gustando o aterrorizando.

Me gustan los libros como éste, cargados de imaginación. Me hacen pensar en porqué se escriben otros despoblados de ella.

Transcribí uno de los cuentos que más me gustaron. Lo comparto.

 

El pueblo del puerto

Luego del tsunami, en el pueblo del puerto hay sirenas peinándose en las bañeras, otras nadan en el fondo de los vasos de tequila, los conductores las ven reflejadas en los espejos retrovisores, las amas de casa las encuentran al abrir una lata de sardinas, en la radio la cumbia se interrumpe y se escucha el enigma de sus cantos, los niños las descubren jugando escondidillas, el párroco asegura que en las noches de lluvia un ejército de ellas va a la iglesia y seduce a los ángeles.

Luego del tsunami, el pueblo del puerto quedó sumergido, y a las sirenas les aterra que los fantasmas humanos persistan bajo el mar. 

Música olfativa de Bernard Quiriny

Transcribí uno de los Cuentos carnívoros de Bernard Quiriny. Trata de un hombre que huele la música.

Denle play a “Hamlet”, este poema sinfónico de Liszt, y decidan si están de acuerdo con la reseña olfativa de Gartner, protagonista del cuento.


“Sinestesia”
(Alemania, 1987)

¿El primer Cuarteto de cuerda de Debussy, en sol menor? “Delicado, elegante; helechos y musgos de roble, como un sotobosque por donde uno pasea después de la lluvia, en otoño”. ¿Los Poemas sinfónicos de Liszt? “Un no sé qué de frescura excesiva, un poco lácteo, de un olor y un sabor muy agradables” ¿Aaron Copland? “Bosque, seta, tabaco. Cuero, también. Y tal vez un humo de neumáticos quemados, con el respeto debido”. ¿Berlioz? “ Jara, bergamota, mandarina, piel de limón. ¿Ha aspirado usted alguna vez de un frasco de neroli? Pues eso, exactamente”. ¿Purcell? “No me creerá, pero es pimentado. En cuanto lo escucho me pongo a estornudar. Mis hijos se ríen”. ¿Sibelius? “Miel, avellanas, pan tostado. Muy embriagador.” ¿Beethoven? “Un buqué de tal complejidad que si lo escucho más de media hora me da migraña”.

Así es como responde Thomas Gartner cuando lo interrogan sobre sus compositores preferidos. El hombre disfruta de una facultad que uno no sabe si clasificar entre las enfermedades raras o los milagros de la naturaleza: para él la música huele. “No solamente la música —precisa—. Mis fosas nasales reaccionan a los sonidos, las voces, el viento entre las hojas. Intento no hacer caso; de lo contrario, el mar de olores en que estoy sumergido se volvería insufrible. Se soporta fácilmente que a uno lo rodee un ruido incesante, y, cuando para, queda cierta quietud; pero oler constantemente vuelve loco”.

Numerosos médicos se han interesado por el caso de Gartner, pero ninguno ha logrado determinar el origen del don. Algunos han hablado de hiperosmia. Otros han diagnosticado una malformación de la lámina vertical del etmoides. Otros más, en fin, han dictaminado que el caso es más propio de la psiquiatría que de la otorrinolaringología y que Gartner podría curarse con una buena terapia. “Los que creen que yo sueño olores se equivocan —protesta Gartner—. No son alucinaciones. Yo huelo a Bach y huelo a Fauré como vosotros oléis el jabón, la lavanda y la vainilla. La música entra en mí por los tímpanos pero también por las narinas y no permitiré que nadie me tilde de loco”.

Para que sus dotes sirvan al conocimiento de las artes, Gartner ha emprendido la redacción de un catálogo donde consigna las impresiones olfativas que recibe de los grandes músicos del repertorio. “Es el primer tratado de musicología olfativa”, explica. Los compositores están clasificados según los nueve tipos de olores que distinguió Zwaardemaker en el siglo XIX: etéreos, aromáticos, fragantes, ambrosiacos, aliáceos, empireumáticos, caprílicos, repulsivos y nauseosos. Es una labor paciente que lo obliga a ir incesantemente del órgano al tocadiscos y del tocadiscos al órgano; como ciertos pasajes, asegura, tienen aromas frente a los cuales el vocabulario de la perfumería es impotente, se ve obligado a inventar metáforas insólitas. “Cuando acabe el catálogo de la música clásica —añade— comenzaré uno del jazz. Será más difícil, y creo que para identificar ciertos perfumes tendré que viajar a los Estados Unidos. Nunca he descubierto a qué corresponde exactamente el olor del swing”.

Clive Barker: el horror como larva

“He visto el futuro del terror y su nombre es Clive Barker”. Stephen King

Todorov escribe en su Introducción a la literatura fantástica que el psicoanálisis vino a sustituir a lo fantástico. Es cierto que resulta difícil creer en posesiones demoniacas cuando existen tomografías en 3D, cirugías laparoscópicasc y Prozac. Sin embargo, hay algo incluso en nosotros, criaturas cien por ciento posmodernas, que nos imanta hacia lo oscuro, lo irracional, lo fangoso.

Lo que más me gustó de estos cuentos de Barker es la capacidad que tiene para introducir lo horroroso dentro de lo cotidiano. No hay castillos abandonados ni cementerios. Sólo oficinistas viajando en metro y campus universitarios. El horror está adentro. Es una larva. La alimentamos todo el tiempo. El horror es anterior a todo.

Notaciones:

  • La claridad de estilo como vehículo de lo horroroso.
  • La elisión cuerpo-mente que supone la existencia de seres horrorosos (los vampiros, fantasmas y demás monstruos). Siempre que hay un desequilibrio entre estos dos (la consciencia que se empecina en seguir existiendo después de que el cuerpo desaparece o viceversa) hay ocasión para el terror. La idea de tener uno sin el otro produce terror.
  • Me hizo recordar a Todorov y lo que decía sobre las metáforas que se toman literalmente en la literatura fantástica.
  • Lo que tenemos bajo la piel = lo horroroso
  • Lo femenino = lo horroroso
  • Lo que se esconde detrás de lo visible, lo obsceno = lo horroroso
  • Las pulsiones, los deseos inconfesables = lo horroroso

Extractos:

Prólogo
Me divertía provocar ese complicado conjunto de respuestas: saber que las palabras que ponía sobre la página harían que la gente se parara en seco, como la extraña belleza de mi amante estaba logrando en aquellos momentos; que se preguntaran, quizá, si la línea que separa lo que les da miedo de lo que les da placer no es mucho más delgada de lo que se imaginan.

Somos nuestros propios cementerios; nos instalamos entre las tumbas de las personas que éramos.

“El Libro de Sangre”
Los muertos tienen autopistas […] Aquí las barreras que separan una realidad de la otra se desgastan con el paso de innumerables pies.

Un libro de sangre. Un libro hecho de sangre. Un libro escrito con sangre. Mary pensó en los grimorios de piel humana muerta, los había visto, los había tocado.

“Terror”
No hay mayor placer que el terror […] Con la inevitabilidad de una lengua que vuelve a recorrer un diente dolorido, regresamos una y otra vez a nuestros miedos, nos sentamos a hablar ellos con el entusiasmo de un hombre hambriento ante un plato caliente y rebosante.

Filosofía. La verdadera filosofía es una bestia, Stephen […] Es salvaje. Muerde […] Creo que deberíamos sentirnos atacados por nuestro objeto de estudio.

No hay mayor placer que el terror. Siempre que sea el de otra persona.

Todo lo que existía en la oscuridad que rodeaba al rebaño eran los miedos que se fijaban en la inocente carne de los corderos: esperaban, pacientes como las rocas, su momento. […] De todo lo demás se podía dudar, pero el hecho objetivo del terror existía.

El terror está ahí antes de que tengamos noción de nosotros mismos como individuos. El feto doblado sobre sí mismo dentro del útero siente miedo.

Vivir la muerte de otro indirectamente era la forma más segura e inteligente de tocar a la bestia.

[…] que en el mundo había algo peor que el terror. Peor que la misma muerte. […] Había dolor sin esperanza de cura. Había vida que se negaba a terminar, mucho después de que la mente le hubiera suplicado al cuerpo que dejara de existir. Y peor aún, había sueños que se hacían realidad.

“Acontecimeinto infernal”
La cara de Voight tembló, la piel pareció arrugarse, los labios se retiraron para mostrar los dientes, los dientes se fundieron en una cera blanca que se derramó por una garganta que empezaba a transfigurarse en una columna de plata brillante. La cara ya no era humana, ni siquiera de mamífero. Se había convertido en un abanico de cuchillos y las hojas reflejaban la luz de las velas que entraba por la puerta. Cuando aquella excentricidad empezaba a asentarse, cambió de nuevo; los cuchillos se fundieron y oscurecieron, brotó vello, surgieron unos ojos y la cabeza se hinchó hasta alcanzar el tamaño de un globo. A aquella nueva cabeza le salieron antenas, a la masa en metamorfosis le aparecieron mandíbulas y la cabeza de una abeja, enorme y perfectamente elaborada, apareció sobre el cuello de Voight.

“Jacqueline Ess”
Pensó: Sé una mujer. Simplemente, mientras pensaba aquella idea ridícula, ésta comenzó a tomar forma. No fue una transformación de cuento de hadas, lamentablemente: su carne se resistía a la magia. Ella deseó que su pecho viril engendrara pechos de mujer, y empezó a hincharse atractivamente hasta que la piel estalló y el esternón voló en pedazos. La pelvis, atormentada hasta el límite de su resistencia, se fracturó por el centro;  desequilibrado, se cayó sobre el escritorio y la miró desde allí, con la cara amarilla por el trauma. Se lamió los labios, una y otra vez, intentando encontrar alguna humedad que le permitiera hablar. Tenía la boca seca, las palabras nacieron muertas. Todo el ruido salía del espacio entre sus piernas; el chapoteo de la sangre; el golpe sordo de sus intestinos sobre la alfombra […] Ella gritó al ver la absurda monstruosidad que había creado […]

Pensó de nuevo en Vassi; y el lago, al pensar en él, se rizó como en una tempestad. Sus pechos se agitaron hasta ser montañas rizadas, mareas extraordinarias le circulaban por el vientre, las corrientes le cruzaban una y otra vez aquella cara parpadeante, rompiéndose en sus labios y dejando una marca como olas sobre la arena. Como ella era líquida en la memoria de Vassi, se licuó al pensar en él.

Felisberto Hernández: voltear hacia adentro

Mirar hacia adentro. Usar el caleidoscopio, el microscopio, el catalejo. Voltear los ojos. Otearse.

¿De dónde viene Felisberto? ¿De qué música?

De dentro.

Ningún furor externo. Ninguna distorsión ajena.

Un autor resulta original por eso. Porque la música que viene de adentro es más fuerte que el ruido exterior. Lo mismo pasa con Francisco Tario. Autores raros.

Si no lo han leído corran a hacerlo. “Nadie encendía las lámparas” es uno de sus mejores cuentos. En el blog El Jinete Insomne hay dos cuentos suyos muy breves y palabras de Cortázar y Calvino sobre su obra.

Por el momento, les dejo extractos de “El caballo perdido”, un cuento sobre los recuerdos de la infancia.

…pronto era la noche. Pero las ventanas no la habían visto entrar: se habían quedado distraídas contemplando hasta el último momento, la claridad del cielo.

…la imaginación, como un insecto de la noche, ha salido de la sala para recordar los gustos del verano y ha volado distancias que ni el vértigo ni la noche conocen.

…con un pedazo de mí mismo he formado el centinela que hace la guardia a mis recuerdos y a mis pensamientos, pero al mismo tiempo yo debo vigilar al centinela para que no se entretenga con el relato de los recuerdos y se duerma.

Y fue en las horas de aquel anochecer, al darme cuenta de que ya no podía tener acceso a la ceremonia de las estirpes que vivían bajo el mismo cielo de inocencia, cuando empecé a ser otro.

Solamente me había quedado la costumbre de dar pasos y de mirar cómo llegaban los pensamientos: eran como animales que tenían la costumbre de venir a beber a un lugar donde ya no había más agua.