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David Miklos o la escritura desbordada

Cuando terminé de leer La gente extraña de David Miklos hace ya varios años, anoté esto en su primera página: “Me he cansado de no entender”. Su forma abierta, sus interrogantes no resueltas y su tono lírico me perturbaron. Me dejaron  completamente en blanco. La acabé con algo de pena, pero sin mucha gloria.

Hace unos meses, me la volví a encontrar en el librero. La abrí y me di cuenta de que no tenía una sola anotación, ninguna hoja doblada. Como si nunca la hubiera leído. No había otra opción mas que leerla, ahora sí, leerla con todo lo que eso implicara. Esta segunda lectura fue muy diferente: me hipnotizó. Subrayé frases como “Las sales del sudor que desciende por sus mejillas pronto se sumarán a las dunas, lo mismo que su piel muerta, arena humana” y “Jeff piensa, pienso, que en algún lugar del desierto aún debe haber caballos”. Me gustaba imaginar a David Miklos encontrándose una ballena muerta en alguna playa bajacaliforniana, viendo su piel decadente y urdiendo una historia en torno a ese encuentro. Pensaba que esas páginas donde el mar tiene un papel fundamental, habían sido escritas al aire libre, detenidas por rocas o conchas para prevenir que se volaran con la brisa que mecía a las palmeras.

Estaba equivocada. Lo que me pareció más real de la novela, fue sólo una construcción literaria. Por el contrario, los episodios fantásticos están mucho más cercanos a la biografía de su autor. Esto me lo corroboró el mismo Miklos, un hombre de cuarenta años que esconde el rostro detrás de su barba desaliñada. Él nunca ha visto una ballena en descomposición, pero sí conoce de cerca el tema de los semilleros, esos hombres cuyo único rol en la vida de sus hijos ha sido el de fecundar, David es adoptado. Esto me recuerda a que durante mis pesquisas para entender cómo nace un texto, me topé con esta frase de Borges: “Puedo mentir sin que nadie se dé cuenta, y sobre todo, sin que yo mismo me dé cuenta, ya que es necesario que el escritor que escribe una fábula ‘por fantástica que sea’ crea, por el momento, en la realidad de la fábula”.

David buscó a su madre biológica cuando se enteró de que iba a ser papá, la búsqueda es un tema central tanto en su vida como en sus textos. Creo que David escribe para encontrarse, para arraigarse en sus letras, para pertenecer(se). La escritura como madera carbonizada que los simios selváticos mastican para poder digerir las plantas altamente tóxicas de las que se alimentan. Durante uno de sus colapsos nerviosos, Scott Fitzgerald se dedicó a escribir listas. Listas de jugadores de futbol, ciudades, canciones, pitchers, trajes y zapatos que tuvo; al parecer, encontrarse en el papel actuaba como un bálsamo emocional.

La escritura no le viene a David por goteo, sino que cae como una presa desbordada. Parece que cuando ya no puede ser contenida, la escritura lo rompe todo y saca a David de su cómoda rutina de escritor undercover (trabaja en el Centro de Investigación y Docencia Económicas, donde es jefe de redacción de la revista de historia internacional Istor). La primera vez que eso pasó, se encerró durante quince días a escribir. Se levantaba a las seis de la mañana y escribía sin parar hasta el mediodía. En ese estado de trance acabó La piel muerta. Pessoa escribía de pie, como si no le diera tiempo de sentarse: la creación literaria era una especie de convulsión, de ataque epiléptico, ese lapso en el que no podía hacer otra cosa más que poner versos en papel. Y por esa misma razón David Miklos me dice que puede escribir en medio del ruido ensordecedor, porque nada puede acallar el canto de sirena, el llamado lobuno de las letras.

Le pregunté que si estaba leyendo poesía cuando escribió La gente extraña. No se acuerda, pero dice que poetas como E. E. Cummings, Emily Dickinson, Robert Hass, José Carlos Becerra y Rainer María Rilke han estado presentes en lo que escribe. ¿Y cómo encuentra su tono un escritor entre el coro a veces perturbador que son los libros leídos? “Uno es parte de un flujo y reflujo”, contesta David “la mejor manera de ser escritor es aceptando eso, uno no va a inventar nada, simplemente va a crear una voz, si domesticas una voz, ya estás. Si das con eso, diste con todo”. Entonces me acuerdo de algo que me dijo Valeria Luiselli, una escritora de veintisiete años que acaba de publicar su primer libro, una colección de ensayos llamada Papeles falsos. Cuando le pedí que me platicara sobre el nacimiento de “La velocidad á velo”, me contó que mientras cruzaba la Plaza Río de Janeiro, las palabras de Julio Torri sobre el ciclismo urbano le retumbaron en la cabeza. Ellas, sumadas al siseo de la cadena de su bicicleta, le dictaron el ritmo del ensayo.

Creo que al final los textos nacen así: de los ruidos de afuera, de las voces de adentro, de esa mezcla. Una situación, como decía Cortázar, que cuando llega es tan inevitable como vomitar un conejito. Y una vez expulsado, a ese conejito le depara un destino incierto, lo único que lo salva de estrellarse contra el pavimento es que el lector lo adopte, lo subraye, doble sus páginas: lo lea. Con todo lo que eso implique.

David y Anna Miklos

La chispa adecuada

Para Anamari Gomís, maestra tan querida

#yoconfieso que hubo un momento de mi vida en el que preferí a Paulo Coelho sobre Fernando del Paso. En el que me clavé leyendo El Alquimista y Brida del escritor de best sellers brasileño y dejé olvidado a Palinuro de México.

Trabajaba como recepcionista en HQ Global Services, uno de esos consorcios que hacen ver a los negocios pequeños muy pipirisnais. Eran vacaciones de Navidad y la oficina estaba muerta. Así que yo (muy culta, muy letrada) fui a una librería de viejo y me compré la segunda novela de del Paso (de la que había leído reseñas eruditas en todas las revistas literarias).

En la página veinte ya estaba cabeceando. No logré engancharme en la historia del tío Esteban y de su hija Estefanía. Además -hay que decirlo- el libro es larguiiiiiiiísimo y  en la recepción vacía de un edificio de treinta pisos, en plena época navideña y sabiendo que el cheque quincenal será de $1,750 pesos, como que una se desanima.

Al día siguiente me llevé El Alquimista que me había regalado mi abuelito y que yo había guardado en el fondo de un cajón (“yo no leo autosuperación disfrazado de novela” dije orgullosa). Y, muy a mi pesar, lo disfruté como enana. Tanto que, gulp, me compré otro libro de Coelho y también lo devoré como si fuera una caja entera de donas Krispy Kream.

Sobra decir que como con cualquier atasque, acabé asqueada y soy ahora una coelhoholic recuperada.

Ayer, siete años después, encontré Palinuro de México en mi librero y prometí darle una segunda oportunidad.

Hay libros que te pescan en el momento indicado. Hoy me topé con Elsinore, un cuento de Salvador Elizondo que la escritora Anamari Gomís, me recomendó después de leer un cuento mío.

Leerlo fue el highlight de mi día. Me encontré en su voz, en su prosa, en los recuerdos infantiles que inspiran cuentos, en su spanglish. Aprendí cómo se pincelea a un personaje con unos cuantos toques. Encontré intertextualidades con Poe y Conrad y descubrí cómo se escribe ese término que usan mucho los gringos para referirse a escaparse, perderse o irse de pinta: AWOL (y no, a wall, como creía) y que quiere decir absent without leave.

Encontrar el libro perfecto es aplicarle a mi día esa chispa que hace que todo arda y que no quede de otra más que ponerse a escribir.

Apostada

Escribir es estar en perpetuo desasosiego.

Poner algo en el mundo que antes no estaba ahí supone enfrentarse, como dijo William Faulkner, a una vida transcurrida entre la zozobra y la extenuación.

Escribir, representó para George Orwell, emprender una guerra como la que se declara contra una enfermedad mortal.

Un ensayo que Scott Fitzgerald publicó cuatro años antes de su muerte, habla de la escritura como motivo de colapso de su salud mental.

Pero no todo es tortuoso en la escritura, escribir es un oficio ideal para el hedonista, el ególatra. El escritor se perpetua en sus textos como quien opta por el mausoleo de mármol en el cementerio más caro de la ciudad, el embalsamamiento o la criogenización. Con suerte, hasta le construyen una estatua.

No, si güey no soy. Por eso sigo aquí. Apostada en las letras.

Si les interesa clavarse el tema, les recomiendo este libro:

El placer y la zozobra. El oficio de escritor. Trad. Ignacio Quirarte. UNAM, 1996.

¿Qué pones en tu pasaporte?

¿Ingeniero, chef, bailarín, ama de casa, bióloga, curadora de arte? Seguramente hay personas que, en la sección de los formularios donde se pregunta su oficio, ponen cosas como éstas: “psicoterapeuta canino”, “limpiador espiritual” o “artesano de la piel”.

Yo siempre pongo “comunicóloga”, pero secretamente quiero poner “escritora”. Pero, ¿cómo se llega a ese punto? ¿qué es lo que separa al escritor profesional del amateur?

Hace tres meses renuncié a mi trabajo como coeditora de una revista y me metí a estudiar creación literaria. Voy a clases en las tardes y en las mañanas escribo, bueno, intento. Siempre se me atraviesan Facebook, Twitter, el fotógrafo con el que vivo (también conocido como mi novio), las llamadas de telemarketing de Telmex, las idas al banco o el hambre feroz que me atormenta a todas horas. Entonces me la paso feisbukeando, twitteando, divagando con El Señor Lobo (así le digo al fotógrafo que tengo por concubino) sobre nuestros planes para salir de la incertidumbre profesional, contestando el teléfono, haciendo trámites bancarios o lavando platos –¡Ah! Porque cabe añadir que soy maniática del orden, entonces muy frecuentemente se me ve levantando pelusas del suelo y haciendo lo necesario para tener mi departamento inmaculado–.

¿Cómo le hacen los escritores para sentarse a teclear historias que después se convierten en libros? ¿También los interrumpe el timbre? ¿El pago de la tenencia? ¿Las ganas de hacer pipí cada treinta minutos?

Cuando al fin logro sentarme a escribir, me asalta otro problema: la página vacía dónde el latido del cursor marca el tiempo perdido. Pongo una palabra detrás de otra como si se tratara de ladrillos enormes, doy un paso atrás y me doy cuenta de que la pared está chueca, que mis versos están llenos de clichés y que mis personajes no son verosímiles. Borro todo. Me levanto, voy a la cocina, abro una bolsa de papitas, me echo en la cama y mientras mastico, me veo las uñas. Al mismo tiempo que amaso cada papa con la lengua y el paladar, hago lo mismo con las palabras que traigo atoradas, les voy dando forma hasta que estén lo suficientemente digeridas como para pasarlas a la página. Entonces salen cuentos de mujeres que al tener un orgasmo sacan marejadas de agua y poemas que hablan de los murciélagos que viven en un hueco de mi edificio. Sólo entonces siento que las cosas van bien. Sólo entonces estoy un paso más cerca de cambiar la palabra del tiránico cuadro que dice “Profesión”.