Tren hacia Kawabata y sus bellas durmientes

Las once horas en tren desde Nueva York a Montreal fueron alucinantes. El paisaje se fundió con las letras de Kawabata y escribí esto:

 

Este animal metálico se desliza por el campo nevado, como un balín al que no se le pone ninguna resistencia.

Canta con voces salidas desde el fondo de un abismo plegarias seculares, acuáticas, cetáceas.

¿A qué dios le cantan? ¿Sobre qué misal pasan sus dedos?

Kawabata escribe sobre bellas durmientes en cuartos de terciopelo y yo soy el viejo Eguchi, estas rocas sepultadas de blanco son mi muerte, que acecha.

Las durmientes están bajo de gruesas capas de nieve, sus pieles reflejan ya no el terciopelo rojo sino lo níveo de mi muerte.

  

La casa de las bellas durmientes es un librazo. Aquí mis partes favoritas:

No debía hacer nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada. No debía poner el dedo en la boca de la muchacha dormida ni intentar nada parecido.

 

Tenía un sueño precario con tendencia a las pesadillas. Una poetisa muerta de cáncer en su juventud había dicho en uno de sus poemas que para ella, en las noches de insomnio, “la noche ofrece sapos, perros negros y cadáveres de ahogados”.

 

Al cabo de unos momentos el sonido de las olas se incrementó, porque el corazón de Eguchi había sido cautivado.

 

Contempló el codo que estaba sobre la almohada. “Como si estuviera vivo”, murmuró para sus adentros. Por supuesto que estaba vivo, y su única intención era observar su belleza; pero una vez pronunciadas, las palabras adquirieron un tono siniestro. Aunque esta muchacha sumida en el sueño no había puesto fin a las horas de su vida, ¿acaso no las había perdido, abandonándolas a profundidades insondables? No era una muñeca viviente pues no podría haber muñecas vivientes; pero, para que no se avergonzara de un viejo que ya no era hombre, había sido convertida en juguete viviente. No, un juguete, no: para los viejos podía ser la vida misma.

 

La muchacha tenía apenas veinte años. Aunque la expresión infantil no fuese por completo inadecuada, la muchacha no podía tener olor a leche de un lactante. De hecho, se trataba de un olor de mujer, y sin embargo, era muy cierto que el viejo Eguchi había olido a lactante hacía un momento. ¿Habría pasado un espectro? Por mucho que se preguntara el porqué de su sensación, no concedería la respuesta; pero era probable que procediera de una hendidura dejada por un vacío repentino de su corazón.

 

…pero la muchacha cuyo pecho se había manchado de sangre, le había enseñado que los labios de un hombre podían hacer sangrar casi cualquier parte del cuerpo de una mujer; y, aunque posteriormente Eguchi evitó llegar hasta este extremo, el recuerdo, el don de una mujer para comunicar fuerza a toda la vida de un hombre, seguía vivo en él, a pesar de sus sesenta y siete años.

 

—¿No sería mejor que me durmiera? —se oyó murmurar fútilmente a sí mismo y añadió—: No es para siempre. No es para siempre ni en su caso ni el en mío.

 

Tenía una palabra de alabanza para cada pequeño arco iris, y no sería exagerado decir que, buscando a derecha e izquierda, encontraba uno cada vez que salían de un túnel. A veces era tan tenue que apenas se vislumbraba. Ella acabó sintiendo algo ominoso en estos arco iris extrañamente abundantes.

 

Tuvo un sueño. Estaba en los brazos de una mujer, pero ésta tenía cuatro piernas. Las cuatro piernas enlazaban su cuerpo. También tenía brazos. Pese a estar medio en vela, consideró las cuatro piernas extrañas, pero no repulsivas. Estas cuatro piernas, mucho más provocativas que dos, permanecían en su mente.

 

No podía haber un monstruo oculto en la medicina para dormir. ¿Sería que habiendo venido en busca de un placer deforme, había tenido un sueño deforme?

 

El perfume era intenso. Las mejillas y los párpados, redondeados. La garganta era tan blanca que reflejaba el carmesí de las cortinas de terciopelo. Los ojos cerrados parecían decirle que tenía ante sí a una joven hechicera dormida.

 

Como si, olvidándose de sí mismo, hubiera olvidado que la muchacha era un sacrificio, buscó con el pie los dedos del de la muchacha. Era lo único de ella que aún no había tocado. Los notó largos y flexibles. Al igual que los dedos de la mano, todas las articulaciones se doblaban y desdoblaban con facilidad, y este pequeño detalle reveló a Eguchi el atractivo misterio que había en la muchacha. Ésta, mientras dormía, pronunciaba palabras de amor con los dedos de sus pies. Pero el anciano creyó oír en ellas una música infantil y confusa, aunque voluptuosa al mismo tiempo; y durante un rato se quedó escuchando.

 

Dicen que las camelias traen mala suerte porque las flores se caen enteras del tallo, como cabezas cortadas.

 

¿Sería eso? ¿Sería ésta la razón de que en la casa de las bellas durmientes, mientras yacía con el brazo de la muchacha sobre los ojos, se le aparecieran imágenes de la camelia en plena floración y de las otras flores? Por supuesto que no había en la muchacha que dormía a su lado, ni en la hija menor de Eguchi, la exuberancia de la camelia. Pero la exuberancia del cuerpo de una muchacha no era algo que pudiera percibirse contemplándola ni yaciendo en silencio junto a ella. No podía compararse con la exuberancia de las camelias. Lo que fluía del brazo de la muchacha hacia el profundo interior de sus párpados era la corriente de la vida y, para un anciano, la recuperación de la vida. Los ojos sobre los que reposaba el brazo de la muchacha sentían el peso, y Eguchi lo apartó.

 

Esta muchacha era la primera de las bellas durmientes que le había enseñado la lengua. Le recorrió como un relámpago el impulso de cometer un delito más excitante que poner el dedo en su lengua.

 

En la oscuridad del mundo están encerradas todas las variedades de transgresión.

 

Eguchi abrió la puerta de la habitación contigua. La ropa de cama seguía igual, tirada hacia abajo y en desorden, y la forma desnuda de la muchacha de tez clara yacía en esplendorosa belleza. La contempló.

 

Siempre carga pantuflas limpias y come tus vegetales

Un viaje. Un getaway para dos. Una pelea absurda. Él se va. Lo sigo por la calle sin éxito. Regreso a toda velocidad al hotel. No encuentro el cuarto. Los espacios se han vuelto enormes, parece que regresé a mi estatura de hace veinte años. Cada estancia es de un tono diferente y los muebles y los objetos coinciden en color de una forma aterradora. Es como en “La Máscara de la Muerte Roja” de Poe con un tinte de Twilight Zone. Los recorro uno por uno, toco el cristal cortado, el terciopelo; los objetos se meten en mis ojos. Me dejan exhausta. Llego a una cama desconocida en un cuarto que no es el mío. Despierto con las ideas revueltas. De entre las sábanas sale mi abuela, parece viva, pero yo sé que está muerta. Vuelvo a quedarme dormida y a despertar a su lado una y otra vez. No puedo dejar esa cama. No puedo despertar. Cuando logro pararme, veo que algo se mueve en el suelo. Es un oso polar del tamaño de un perro, lo acaricio. Empiezo a jugar con él, de pronto su pelaje se convierte en fibras de mechudo y luego en cinta de aislar. Me muerde. Muy suave, pero repetidamente. Le agarro el hocico y se lo cierro a la fuerza. Aúlla y sale del cuarto. Sé que Él debe estarme buscando, he pasado la noche en otra cama. Me quiero ir. Estoy descalza. Hay tres pares de pantuflas, pero los tres están asquerosos.

CORTE A:

Tengo que dirigir una película protagonizada por Julia Roberts y Robert Downey Jr. Se llama algo algo Rodríguez. Estamos filmando en un centro comercial que parece un Showbiz Pizza gigante. Julia tiene al asesino enfrente, le apunta, pero no dispara. Yo veo su cara llena de miedo y pienso “¿Por qué no dispara? Qué imbécil”. Julia deja que el asesino escape. Robert la alcanza, entre jadeos suelta un diálogo aleccionador y cierra diciendo “Bottom line: eat your veggies”.