Semántica del no

 

Luz Salcedo Palacios estuvo a punto de morir a manos de Miguel Ángel Jasso Manríquez, un conocido suyo que ofreció llevarla a su casa. Jasso Manríquez intentó tener sexo con ella y cuando Lucero se negó, él le molió la cara a golpes y trató de estrangularla.  

Tres años después, el caso de Lucero sigue sin resolverse. Esto es lo que escribí en ese entonces:

“No significa sí”. Ese fue el mantra que los aspirantes a miembros de la fraternidad Delta Kappa Epsilon gritaron una y otra vez esa noche de 2010. “No significa sí. Sí significa anal” cantaron los jóvenes recién llegados a Yale mientras recorrían el Old Campus, es decir, la zona donde la mayoría de las alumnas de primer año tienen sus dormitorios.

“Nos encantan las zorras de Yale” decía el letrero con el que posaron en 2008 todos los estudiantes que querían ganarse su boleto de entrada a la fraternidad Zeta Psi frente al Women’s Center (Centro de las Mujeres), la asociación de esta universidad a cargo de atender, entre otras cosas, casos de abuso sexual. Sonrientes, con su letrero impreso en plotter, posaron y repitieron la palabra slut (zorra) haciendo sus voces más graves, como si entonaran un canto bélico.

“Reporte de exploración de pre-temporada” fue el título del correo electrónico que circuló entre alumnos pertenecientes a fraternidades y equipos atléticos de Yale en 2009 donde se clasificó a las alumnas de primer año según la ingesta de alcohol necesaria para volverlas deseables: Sobriedad, Cinco cervezas, Diez cervezas e Inconsciente. La lista incluyó los nombres, fotos, lugares de nacimiento y ubicaciones de los dormitorios de cada una de las 53 alumnas de nuevo ingreso.

Estos jóvenes miembros de fraternidades, fratboys como se les llama en inglés, ocupan un lugar privilegiado dentro de la sociedad estadounidense: son blancos, ricos y van a una de las universidades de las que han salido varios de los hombres más poderosos del país más poderoso del mundo (George W. Bush, por ejemplo). Y ellos están convencidos de que no, cuando sale de la boca de una mujer, siempre significa sí. De que, entonces, el sexo sin consentimiento no existe, que una violación es una cosa ilusoria porque no significa sí.

Esta migración semántica del no se extiende al lenguaje no verbal. Así lo demostró el “Reporte de exploración de pre-temporada” donde, basándose en la ropa que llevaban puesta sus compañeras en sus fotos de Facebook, los que hicieron circular este mail escribieron hit (darle) o miss (no darle). Si minifalda significa sí y escote significa sí, la pura presencia del cuerpo femenino significa sí. No hace falta que una mujer hable, su cuerpo habla por ella y, si el hombre que la mira la encuentra atractiva, su cuerpo siempre dice sí.

¿Fue ese sí el que creyó escuchar Miguel Ángel Jasso esa noche cuando llevó a María de la Luz Salcedo Palacios a un camino de terracería en las afueras de Guanajuato para tratar de tener sexo con ella en contra de su voluntad? ¿Leyó un sí entre todos los no que Lucero –como le dice de cariño su papá a María de la Luz– pronunció cuando Miguel Ángel la bajó del coche, la golpeó brutalmente e intentó estrangularla?

¿Dónde estaba ese sí que las autoridades a cargo del caso de Lucero vieron? ¿En su ropa interior? ¿Por eso le preguntaron qué tipo de ropa interior llevaba la noche que casi perdió la vida a manos de Miguel Ángel? ¿Por eso era relevante saber cuántas parejas sexuales ha tenido Lucero? ¿Porque una vez que dices sí ya siempre es sí?

A los fratboys de Yale y a Miguel Ángel Jasso los une la violencia. La violencia verbal del hate speech (discurso del odio) de estos jóvenes estadounidenses y la violencia física de los puños de Miguel Ángel tienen el mismo objetivo: la reivindicación de la masculinidad. ¿Pero por qué necesitan reivindicarla?

¿Será que secretamente temen el significado del no cuando sale de la boca de una mujer?

Un recuento rápido ante algunos de los no pronunciados por las mujeres en los últimos años nos lleva desde al derecho a votar y la legalización del aborto hasta a las australianas de la agrupación Take Back the Night (Recupera la noche) que salen a recorrer las calles con tacones, minifaldas y letreros que dicen “No porque me visto así quiero que me violes”.

Cuando una mujer dice no se mueve la balanza. Quizá por eso algunos le tienen tanto miedo.

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8 de marzo: No quiero flores

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No quiero flores. No tengo nada que celebrar hoy. A las mujeres nos siguen matando, nos siguen callando, seguimos oprimidas por un sistema patriarcal que nos subestima.

El gobierno y sus conmemoraciones por el Día de la Mujer enmarcadas con rosas y palabras edulcoradas me enfurecen. Me hacen pensar que Mary Wollstonecraft tenía razón cuando escribió que el sistema patriarcal se encargó de convertir a las mujeres en “apacibles bestias domésticas” sin educación, cuyo único propósito era procrear.

Quien piense que exagero, lo invito a leer libros de historia, Calibán y la Bruja de Silvia Federici, por ejemplo. Verá que hace no muchos años las mujeres no podían recibir sueldo por su trabajo y el dinero iba directo a sus maridos o padres. Tampoco podían vivir solas, si una mujer soltera llegaba a una aldea, la gente la corría a pedradas. La gran mayoría de las mujeres acusadas de brujería y sentenciadas a morir cometieron “crímenes reproductivos”, es decir, habían utilizado métodos anticonceptivos. Muchas otras “brujas” quemadas en la hoguera fueron esposas o hijas desobedientes, mujeres que estudiaban a escondidas y que alzaban la voz.

Por eso hoy no quiero flores, quiero tener derecho al aborto. No quiero que me abras la puerta, quiero el mismo salario que el de mi vecino de cubículo. No quiero ser enfermera, quiero ser desarrolladora de software.

Estoy harta de eso de que “a la mujer no se le toca ni con el pétalo de una rosa”, quiero penas severas para los que ejerzan la violencia doméstica.

Lo que para ti es un “piropo” para mí es acoso callejero. Mi cuerpo no necesita la aprobación masculina.

No quiero ser madre-esposa-sirvienta de mi pareja, quiero que compartamos las tareas domésticas y la crianza de los hijos.

Y es más, quiero que quede claro que no es mi obligación tener hijos. O en palabras de Lina Meruane en su ensayo Contra los hijos: “Yo, por mi parte, pienso que no tener ganas de procrear o no imaginarse en el rol de madre tendrá que ser tan comprensible como no haber soñado nunca con ser atleta olímpica… ¿Desde cuándo poseer un talento o tener una aptitud obliga a desarrollarla?”

Se los digo con todas sus letras: n-o  q-u-i-e-r-o  f-l-o-r-e-s. Quiero derrocar al patriarcado, acabar con la misoginia. Quiero vivir sola, viajar sola, caminar sola por las calles de noche sin miedo a que me violen, sin miedo a que me maten. Voy a levantar el puño y la voz. Nadie podrá callarme.