Faulkner y su único libro para niños

Encontré una joya en la Biblioteca Benjamín Franklin. Un cuento para niños de William Faulkner. Se llama The Wishing Tree y fue escrito en 1927, entre Soldiers’ Pay y Mosquitoes. Durante cincuenta años, el libro permaneció inédito. Ésta fue su primera y única incursión en la literatura infantil. Les dejo una reseña.

La noche antes de su cumpleaños, Dulcie se mete a la cama con el pie izquierdo y le da la vuelta a su almohada antes de dormirse, este ritual involuntario equivale a frotar una lámpara maravillosa o algo así porque al despertar, se encuentra con Maurice, un niño pelirrojo que saca ponis de su mochila y hace que deje de llover.

Dulcie irá en busca del Árbol de los Deseos acompañada por Dicky, su hermanito; Alice, su nana; George, su vecino y Maurice. En el camino aparecerá un viejito que ofrece llevarlos al Árbol, un león, un pastel de chocolate y hasta el esposo perdido de Alice.

Y un extracto:

“I was in a war” the little old man said to Alice’s husband.
“Which one?” Alice’s husband asked.
“I never did know,” the little old man answered. “There was a lot of folks in it, I remember.”
“Sound like the one I was at,” Alice’s husband said.
“They’re all about alike, I reckon,” the little old man said.

Ya lo busqué en Amazon, está considerado un libro de colección y se vende hasta en 60 dólares.

Videominificciones

Tres microrelatos ilustrados que formaron parte de mi proyecto de escritura en otros soportes para el taller Polilab impartido por Rocío Cerón en el PEC.

Créditos fotográficos:
¿Qué pensaría Pollock?: Sweetchy, Gustav y Social Advances
Su casa de cabeza: Christopher Evans
Otra boca: Othersescape

Otra boca

En el cuarto con las luces apagadas, tu voz sonaba a secreto.

—Mañana vamos por helados y practicamos besos— dijiste.
—¿Otra vez?— respondí.
—Sí, yo voy a hacer como que beso a Julián. ¿Tú a quién?
—Yo, a nadie.
—Ash.
—Pues tú y tus juegos tontos.

Entonces giraste hacia mí desde tu esquina en el colchón y metiste tus manos que se movían como peces, en mis axilas. Luego bajaste por mis costillas, trataste de escurrirte hasta el interior de mis muslos y me tomaste de un tobillo para atacarme el pie izquierdo. Yo me retorcí por primera vez en esa noche, víctima de tus dedos acuáticos. Luego te hice lo mismo hasta que pediste paz. Nuestras risas se apagaron poco a poco y supe que estabas cayendo en un sueño profundo porque la respiración se te hizo larga. Mientras me perdía en la fluorescencia plástica de las estrellas pegadas en el techo, escuchaba tus latidos desde mi almohada.

Tardé horas en pegar el ojo. Me retorcí de nuevo. Mis latidos retumbaban en los resortes de la cama. Te imaginé contrayéndote y capturando mis dedos. Te vi lamiéndolos igual que a los helados de siempre. Tu lengua al fin liberada de los ensayos, puesta sobre mí. Otra vez sentí cosquillas, pero más abajo. Un hormigueo como el del agua que empieza a hervir. Allá abajo había otra boca que también quería tu boca.

Abrí los ojos cuando el sol de la mañana me alcanzó la cara. Ya te habías levantado. Me senté en la cama y vi que la piyama que te presté estaba en el suelo. En los shorts había un rastro blanco, algo pastoso que también había comenzado a aparecerme a mí en la ropa interior. Estaba inclinándome para oler esa costra pálida cuando entró mi madre.

—¿Cómo dormiste mi’jita?
—Mal— dije mientras me incorporaba a toda velocidad.
—Seguro tus medicinas te quitaron el sueño. Vente a desayunar, tu prima ya está comiéndose sus hotcakes. Me dijo que en la tarde van a ir por helados.

Foto de Otherescape.

El Gobierno de la Ciudad trabaja por tu felicidad

Cuando el Gobierno de la Ciudad anunció que levantaría el árbol de Navidad más grande del mundo, la gente pegó el grito en el cielo. “No queremos un arbolote, mejor dennos trabajo” decían. Con todo y todo, los días pasaban y el árbol seguía creciendo: cuarenta, ciento sesenta metros y no se veía fin.

Una mañana, el árbol amaneció terminado, con iluminación y bocinas donde sonaban villancicos. El enojo se convirtió en pachanga. El gusto les duró apenas una semana, pues Beijing proclamó que había levantado un árbol dos metros más grande. Inmediatamente se organizaron marchas para que se aumentara la altura del árbol, pero el Comité de Decoraciones anunció que ya no había presupuesto. La gente estaba devastada. “Ni en esto podemos ser los primeros” decían.

Al día siguiente, en rueda de prensa, el Jefe de Gobierno Capitalino aseguró que él donaría su quincena para hacer crecer el árbol. El Comité concluyó que no se le podían agregar pisos, pero que sí era posible rematarlo con algún ornamento.

Cuando el Jefe develó el adorno en cuestión, sólo se oyó un “¡Oooh!” larguísimo. Era un ángel dorado de tres metros que sostenía un letrero que no se alcanzaba a leer. El funcionario invitó a los niños de la ciudad a que colgaran su carta al Ángel de la Navidad, porque al terminar las fiestas, él revisaría todas las peticiones.

Durante los días siguientes, el Ángel fue la sensación. Cientos de niños fueron a dejar sus cartas donde pedían cosas que sus papás les habían dictado: “No al aumento de la gasolina” o “Ya no más guarderías incendiadas”. Pero en las cartas escritas a escondidas, se leían frases como: “Que se enferme mi maestra” y “Que me pele Gustavo”.

El 5 de enero se instituyó como el Día del Ángel de la Navidad. El Gobierno organizó conciertos gratuitos y repartió rosca de Reyes a todo el que llenara una encuesta. La gente se apretujaba al pie del árbol. Alguien que estaba viendo hacia arriba gritó que el Ángel se movía, que era un milagro. Los que alcanzaron a voltear, lo vieron caer en picada sobre un hombre. El sujeto murió al instante y los periódicos publicaron la foto de su cuerpo aplastado y coronado por el letrero que ahora sí se alcanzaba a leer, y que decía: “El Gobierno de la Ciudad trabaja por tu felicidad”.

Al interrogar a su único familiar, su hija de once años, ella confesó que le había pedido al Ángel que su papá se muriera. El Gobierno de la Ciudad pagó los gastos para enviarla con su abuela materna. Nunca más se volvió a poner un árbol navideño mayor a treinta metros, al menos no durante esa administración.

Crédito fotográfico: Mayte.Rs

Pardos como la culpa

Ella llegó oscura igual que la noche, supongo que para no desentonar. Informé a mi madre y el veredicto fue contundente. Bajo su dirección nos encargamos del asunto. Yo tenía once años, pero creo que la libré bastante bien. Ni la policía ni mi padre se enteraron.

Para mi hermana fue otra historia. No le dijo a nadie, logró ocultarlo cincuenta y seis días hasta que a mi madre no le salieron las cuentas mientras lavaba ropa interior blanca. Los cuerpos del delito estaban al fondo de un clóset, trece de ellos, pardos como la culpa. De nuevo la sentencia fue terrible: también mi hermana era ya mujer.


Cómeme

“¿Qué tiene que decir en su defensa?”, preguntó el juez. El acusado se limpió la garganta y habló así: “Yo no soy lo que piensan. Ella parecía mucho mayor. Sus movimientos, sus gestos, todo me gritaba ‘Cómeme’. Se me insinuó. Me provocó. Mi único error fue ser débil. Débil e ingenuo”.

Tras una breve deliberación, el jurado lo declaró culpable. Todos lo miraron con horror. Mientras dos policías lo sujetaban para sacarlo de la sala, la miró por última vez. Ella le sonrió, se puso su caperuza roja y se fue.


Un animal desconocido

Hoy abriste tu boca de camello y me diste un beso salivoso que al secarse me dejó los labios acartonados. Los presiono uno con otro y siento cómo se agrieta la piel, se rompe y me deja ese dolor pequeño.

***

Siempre que te vas pienso en lo último que te dije. Por si te mueres y hay que recordarlo.

***

Escondí una carta entre tus cosas que hablaba de la duda como una puta enorme que salta de cama en cama y se deja fecundar. No la has encontrado o no sé si no quieres hablar de ella.

***

Te doy de comer como a un animal desconocido. Llevo yogures y pedazos de queso a tu estudio, dejo todo sobre tu escritorio. Regreso y no has comido nada. Señalo con el dedo el plato y sueltas un gruñido. ¿De qué te alimentas entonces?

***

Aquí los plátanos tienen ciclos. Los primeros días son tuyos. Te los comes casi verdes, les rompes algo y truenan y se abren. Salen limpios. Desaparecen en cuatro mordidas.

Yo me espero hasta que ya no te los comas. Entonces actúo, los pelo con cuidado, están llenos de fibras, les quito las partes negras y los rebano para comerlos con cereal. Los veo en la leche, muertos, zombies flotantes.

***

Cada mes pienso que me falla la pastilla. Entonces me hurgo con el dedo más largo para ver si la sangre está ahí. Siempre está.

***

¿Qué es lo que me arrastra aquí? Aquí a las 3:31 a.m. Es la certidumbre de que algo se está rompiendo. Como si tuviera un sismógrafo integrado.

***

Te me antojas laberinto. Estudio tus mensajes con precisión lacaniana. Dudo con religiosidad.

Entre sueños veo que Lolita se convierte en una mariposa enorme. Duermo boca abajo. Tal vez protejo unas alas negras, un cuerpo de ninfa, que no son míos.

La duda es un resorte que me sienta en la cama: ¿Dónde estuviste?

***

¿Qué haces antes de que yo despierte?

Creo verte sentado ante nuestra mesa recién llegada. Tu reflejo quieto sobre el vidrio. Lo único que se mueve es un mar escarlata que nace de tus muñecas y que se expande hasta mojar el frutero de Alessi y el exprimidor de cítricos de Philippe Starck. Tenías razón, poner la cocina roja fue una buena idea.

***

FYI: Algo oscuro (tal vez la demencia) me espera entre el escusado y el lavamanos.

Lo que hacen las niñas

Es hora-murciélago, bati-hora. Es hora de que esos bichos con alas salgan de las tuberías y coman niñas. Es hora de que te espantes porque eres niña, niña de tercero “C”, y eso es lo que hacen las niñas: se espantan, sacan ochos, se ríen, no juegan a las traes (o sí), pierden dientes, se enchinan las pestañas con cucharas (o no), se sienten guapas, se sienten feas, se sienten con dolor de panza por las papás con chile, se enamoran de niños (o de niñas), desarrollan pechos, desarrollan complejos (a veces éstos dependen de los pechos), no saben que tienen bigote, alguien les dice que lo tienen (o no), hacen heptágonos con cartulina, hacen muina.

Entonces se vale que te espantes porque te dijeron que los murciélagos chupaban sangre-comían niñas. Se vale que si uno entra en la cocina, grites, lo agarres a escobazos, le eches cloro, veas si se mueve y se lo enseñes a tu papá para corroborar que está muerto.

Pero también se vale verlos salir y no comer niñas, sino mosquitos. También se vale que te aprendas palabras como insectívoros o frugívoros o nectarívoros. Y también se vale que dejes la ventana abierta.