Cuatro momentos bartlebylianos

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Noten el último anuncio, alguien todavía busca un copista…

1.

Leí a Melville en el metro de Nueva York, a bordo del tren D que va del Bronx al sur de Manhattan y luego a Brooklyn. Lo leí de pie, en vagones llenos de oficinistas como yo, la mayoría morenos, medio dormidos, bachata explotando en sus audífonos. Vi sus caras cansadas y me pregunté si igual que Bartleby trabajaban frente a una ventana sin vista o si, como Turkey, pasado el medio día se tornaban indóciles e insultaban a sus jefes, aunque muy bajito y en español.

2.
En la oficina de Fedex de la calle 125 siempre hay fila. Mientras espero mi turno veo a una mujer africana fotocopiar el acta de nacimiento de su bebé. Hazla más oscura, le pide al joven que la ayuda, quiero que se vea mejor el águila que sale sobre la bandera. Cuando al fin llego al mostrador, le explico con detalle lo que necesito a un empleado que tiene los ojos vidriosos. Él me mira dos segundos sin parpadear y saca tres formularios, lo hace tan lentamente que, aunque yo no fumé lo mismo que él, mi tiempo también se expande. ¿Algo más?, me pregunta y le pido que me enseñe el sobre más chico que tenga a la venta. Antes de ir a buscarlo me mira durante tres segundos. En el fondo de sus pupilas dilatadas puedo leer: Preferiría no hacerlo.
3.
The spirit of the Americans is averse to general ideas; and it does not seek theoretical discoveries. Neither politics nor manufactures direct them to see these occupations; and although new laws are perpetually enacted in the United States, no great writers have hitherto inquired into the principles of their legislation. The Americans have lawyers and commentators, but no jurists; and they furnish examples rather than lessons to the world.
— Alexis de Tocqueville (1805–1859), from Democracy in America.

4.
How shall a man go about refusing a man?—Best be roundabout, or plump on the mark?—I can not write the thing you want. I am in the humor to lend a hand to a friend, if I can;—but I am not in the humor to write for Holden’s Magazine. If I were to go on to give you all my reasons—you would pronounce me a bore, so I will not do that. You must be content to believe that I have reasons, or else I would not refuse so small a thing.—As for the Daguerrotype (I spell the word right from your sheet) that’s what I can not send you, because I have none. And if I had, I would not send it for such a purpose, even to you.—Pshaw! You cry—& so cry I.—“This is intensified vanity, not true modesty or anything of that sort!”—Again, I say too. But if it be so, how can I help it. The fact is, almost everybody is having his “mug” engraved nowadays; so that this test of distinction is getting to be reversed; and therefore, to see one’s “mug” in a magazine, is presumptive evidence that he’s a nobody. So being as vain a man as ever lived; & believing that my illustrious name is famous throughout the world—I respectfully decline being oblivionated by a Daguerrotype (what a devil of an unspellable word!). —from a February 12th, 1851 letter that Herman Melville wrote in response to his friend Evert Duyckinck’s request for an article for Holden’s Magazine, where Duyckinck had just taken up the editorship. Duyckinck was a friend of Melville’s and a close associate of Nathaniel Hawthorne’s literary circle.

 

*Las entradas 3 y 4 están tomadas de este dossier sobre Bartleby editado por Melville House Publishing.

Tren hacia Kawabata y sus bellas durmientes

Las once horas en tren desde Nueva York a Montreal fueron alucinantes. El paisaje se fundió con las letras de Kawabata y escribí esto:

 

Este animal metálico se desliza por el campo nevado, como un balín al que no se le pone ninguna resistencia.

Canta con voces salidas desde el fondo de un abismo plegarias seculares, acuáticas, cetáceas.

¿A qué dios le cantan? ¿Sobre qué misal pasan sus dedos?

Kawabata escribe sobre bellas durmientes en cuartos de terciopelo y yo soy el viejo Eguchi, estas rocas sepultadas de blanco son mi muerte, que acecha.

Las durmientes están bajo de gruesas capas de nieve, sus pieles reflejan ya no el terciopelo rojo sino lo níveo de mi muerte.

  

La casa de las bellas durmientes es un librazo. Aquí mis partes favoritas:

No debía hacer nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada. No debía poner el dedo en la boca de la muchacha dormida ni intentar nada parecido.

 

Tenía un sueño precario con tendencia a las pesadillas. Una poetisa muerta de cáncer en su juventud había dicho en uno de sus poemas que para ella, en las noches de insomnio, “la noche ofrece sapos, perros negros y cadáveres de ahogados”.

 

Al cabo de unos momentos el sonido de las olas se incrementó, porque el corazón de Eguchi había sido cautivado.

 

Contempló el codo que estaba sobre la almohada. “Como si estuviera vivo”, murmuró para sus adentros. Por supuesto que estaba vivo, y su única intención era observar su belleza; pero una vez pronunciadas, las palabras adquirieron un tono siniestro. Aunque esta muchacha sumida en el sueño no había puesto fin a las horas de su vida, ¿acaso no las había perdido, abandonándolas a profundidades insondables? No era una muñeca viviente pues no podría haber muñecas vivientes; pero, para que no se avergonzara de un viejo que ya no era hombre, había sido convertida en juguete viviente. No, un juguete, no: para los viejos podía ser la vida misma.

 

La muchacha tenía apenas veinte años. Aunque la expresión infantil no fuese por completo inadecuada, la muchacha no podía tener olor a leche de un lactante. De hecho, se trataba de un olor de mujer, y sin embargo, era muy cierto que el viejo Eguchi había olido a lactante hacía un momento. ¿Habría pasado un espectro? Por mucho que se preguntara el porqué de su sensación, no concedería la respuesta; pero era probable que procediera de una hendidura dejada por un vacío repentino de su corazón.

 

…pero la muchacha cuyo pecho se había manchado de sangre, le había enseñado que los labios de un hombre podían hacer sangrar casi cualquier parte del cuerpo de una mujer; y, aunque posteriormente Eguchi evitó llegar hasta este extremo, el recuerdo, el don de una mujer para comunicar fuerza a toda la vida de un hombre, seguía vivo en él, a pesar de sus sesenta y siete años.

 

—¿No sería mejor que me durmiera? —se oyó murmurar fútilmente a sí mismo y añadió—: No es para siempre. No es para siempre ni en su caso ni el en mío.

 

Tenía una palabra de alabanza para cada pequeño arco iris, y no sería exagerado decir que, buscando a derecha e izquierda, encontraba uno cada vez que salían de un túnel. A veces era tan tenue que apenas se vislumbraba. Ella acabó sintiendo algo ominoso en estos arco iris extrañamente abundantes.

 

Tuvo un sueño. Estaba en los brazos de una mujer, pero ésta tenía cuatro piernas. Las cuatro piernas enlazaban su cuerpo. También tenía brazos. Pese a estar medio en vela, consideró las cuatro piernas extrañas, pero no repulsivas. Estas cuatro piernas, mucho más provocativas que dos, permanecían en su mente.

 

No podía haber un monstruo oculto en la medicina para dormir. ¿Sería que habiendo venido en busca de un placer deforme, había tenido un sueño deforme?

 

El perfume era intenso. Las mejillas y los párpados, redondeados. La garganta era tan blanca que reflejaba el carmesí de las cortinas de terciopelo. Los ojos cerrados parecían decirle que tenía ante sí a una joven hechicera dormida.

 

Como si, olvidándose de sí mismo, hubiera olvidado que la muchacha era un sacrificio, buscó con el pie los dedos del de la muchacha. Era lo único de ella que aún no había tocado. Los notó largos y flexibles. Al igual que los dedos de la mano, todas las articulaciones se doblaban y desdoblaban con facilidad, y este pequeño detalle reveló a Eguchi el atractivo misterio que había en la muchacha. Ésta, mientras dormía, pronunciaba palabras de amor con los dedos de sus pies. Pero el anciano creyó oír en ellas una música infantil y confusa, aunque voluptuosa al mismo tiempo; y durante un rato se quedó escuchando.

 

Dicen que las camelias traen mala suerte porque las flores se caen enteras del tallo, como cabezas cortadas.

 

¿Sería eso? ¿Sería ésta la razón de que en la casa de las bellas durmientes, mientras yacía con el brazo de la muchacha sobre los ojos, se le aparecieran imágenes de la camelia en plena floración y de las otras flores? Por supuesto que no había en la muchacha que dormía a su lado, ni en la hija menor de Eguchi, la exuberancia de la camelia. Pero la exuberancia del cuerpo de una muchacha no era algo que pudiera percibirse contemplándola ni yaciendo en silencio junto a ella. No podía compararse con la exuberancia de las camelias. Lo que fluía del brazo de la muchacha hacia el profundo interior de sus párpados era la corriente de la vida y, para un anciano, la recuperación de la vida. Los ojos sobre los que reposaba el brazo de la muchacha sentían el peso, y Eguchi lo apartó.

 

Esta muchacha era la primera de las bellas durmientes que le había enseñado la lengua. Le recorrió como un relámpago el impulso de cometer un delito más excitante que poner el dedo en su lengua.

 

En la oscuridad del mundo están encerradas todas las variedades de transgresión.

 

Eguchi abrió la puerta de la habitación contigua. La ropa de cama seguía igual, tirada hacia abajo y en desorden, y la forma desnuda de la muchacha de tez clara yacía en esplendorosa belleza. La contempló.