Felisberto Hernández: voltear hacia adentro

Mirar hacia adentro. Usar el caleidoscopio, el microscopio, el catalejo. Voltear los ojos. Otearse.

¿De dónde viene Felisberto? ¿De qué música?

De dentro.

Ningún furor externo. Ninguna distorsión ajena.

Un autor resulta original por eso. Porque la música que viene de adentro es más fuerte que el ruido exterior. Lo mismo pasa con Francisco Tario. Autores raros.

Si no lo han leído corran a hacerlo. “Nadie encendía las lámparas” es uno de sus mejores cuentos. En el blog El Jinete Insomne hay dos cuentos suyos muy breves y palabras de Cortázar y Calvino sobre su obra.

Por el momento, les dejo extractos de “El caballo perdido”, un cuento sobre los recuerdos de la infancia.

…pronto era la noche. Pero las ventanas no la habían visto entrar: se habían quedado distraídas contemplando hasta el último momento, la claridad del cielo.

…la imaginación, como un insecto de la noche, ha salido de la sala para recordar los gustos del verano y ha volado distancias que ni el vértigo ni la noche conocen.

…con un pedazo de mí mismo he formado el centinela que hace la guardia a mis recuerdos y a mis pensamientos, pero al mismo tiempo yo debo vigilar al centinela para que no se entretenga con el relato de los recuerdos y se duerma.

Y fue en las horas de aquel anochecer, al darme cuenta de que ya no podía tener acceso a la ceremonia de las estirpes que vivían bajo el mismo cielo de inocencia, cuando empecé a ser otro.

Solamente me había quedado la costumbre de dar pasos y de mirar cómo llegaban los pensamientos: eran como animales que tenían la costumbre de venir a beber a un lugar donde ya no había más agua.

Oulipo: Letras en potencia

Mañana fungiré como editora invitada de Territorio Liberado, una comunidad virtual a cargo de Nadir Chacín y Josué Vega donde se discuten temas coyunturales, frecuentemente vinculados con la creación y el arte, que al final del día articulan la poética de este espacio.

El tema será Oulipo, ya saben, ese movimiento literario abanderado por Raymond Queneau donde la literatura, las matemáticas, la música y todos los tropos que quepan en el sombrero se revuelcan entre ellos hasta crear hermosos mutantes de las letras.

Sigan el día oulipiano en Territorio Liberado.

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Las letras líquidas de Pitol

Sergio Pitol me ronda la cabeza. Su fantasma me visita en las noches. Sueño que le construyo un ataúd de madera, que lo lanzo al río y que se aleja flotando, solo con su muerte.

Lo he leído poquísimo. Apenas Vals de Mefisto y Una autobiografía soterrada. De cualquier forma, me ha perturbado. Sus cuentos fractales, espirales, me dejan helada y electrificada al mismo tiempo.

Le reclamé que arruinara el final de “Nocturno de Bujara”, pero se lo agradecí también, fue una cátedra sobre el cuento. Después de desmenuzarlo, entendí que escribir es como planear un engaño, hay que echar mano de todas las artimañas posibles para, en palabras de Pitol, “imprimirle mayor verosimilitud a los relatos”.

Sé que algo se me escapa, que quizá no he entendido nada. Con suerte, en unos años las cosas sean diferentes.

Por lo pronto dejo aquí fragmentos de este escritor que ya no escribe, como quien pone el rompecabezas en el suelo para encontrar un patrón, una clave, algo.

La realidad, por lo visto, se dice, es rica en golpes bajos, no en grandes hazañas. El cuerpo, es cierto, puede volverlo todo lamentable.

Piensa que por primera vez comprende porqué escribe tan poco, porqué sus neurastenias, sus depresiones. Piensa o cree pensar en la realidad y casi siente vértigo.

Cada uno de nosotros es todos los hombres. ¡Soy la basta piedra que cimienta estas maravillas! ¡Soy una mujer y un caballo y un trozo de bronce que representa un caballo!

Un escritor navega siempre al borde del naufragio cuando trata de recorrer todos los tiempos que han compuesto no sólo a Venecia sino a la más polvosa y deslucida ranchería.

El mundo era asimétrico, que la esencia de la materia, de la energía ¿o de qué diablos, de la vida? era asimétrica. Eso lo explicaba todo…

Porque allá, a la hora del crepúsculo, ves caer de los árboles, como frutos descompuestos, pájaros desventrados con las alas quebradas…

Contemplo las postales que compré en Bujara. Lo cierto es que no reconozco del todo esos lugares; pude o no haber estado en ellos.

Escribir ha sido para mí, si se me permite emplear la expresión de Batjín, dejar un testimonio personal de la mutación constante del mundo.

La poesía es un pesero que va atascado

Hace unos meses, tomé un taller de poesía con Luigi Amara (poeta, ensayista y fundador de Tumbona Ediciones) en el Claustro de Sor Juana. Una de mis tareas fue escribir mi ars poética, es decir, las reglas del juego de mis poemas, en qué creo, con qué quiero romper, de qué poetas me agarro y de cuáles me separo.

Quería hacer algo divertido como lo de Oliverio Girondo y satírico como lo de Nicanor Parra. En el camino de regreso del Centro Histórico a mi casa, empecé a pensar en los poetas que he leído, y tuve una visión extrañisima:

Octavio Paz iba al volante de un microbús lleno hasta el tope de poetas. El Premio Nobel mexicano tocaba el claxon y les decía a los apretujados bardos que se recorrieran. Mientras tanto, Sor Juana gritaba las paradas desde la puerta, Bukowski jetonsísimo profería tremendos ronquidos desde su rincón, Pessoa y sus heterónimos venían con bultos y aperraban casi todos los asientos, Rosario Castellanos contaba su cambio y se tapaba el escote, Oliverio Girondo trataba sin éxito de abrir una ventana y López Velarde le decía a Sabines que si le pasaba lo de su pasaje al chofer. Walt Whitman, Li Po, Baudelaire, García Lorca, Rimbaud, Emily Dickinson y Paul Celan corrían con similar suerte.

Y así, en medio de tremendo despapaye, escribí estos mandamientos.

 

Decálogo

Amarás a Pound sobre todas las cosas.

No tomarás el nombre de Paz en vano.

Santificarás el ritmo.

Honrarás a Quevedo y a Sor Juana.

No rimarás.

No juntarás dos octosílabos.

No plagiarás.

No ganarás concursos ni becas.

No consentirás pensamientos impuros como publicar o que tus libros se vendan.

No codiciarás los versos ajenos.