Un animal desconocido

Hoy abriste tu boca de camello y me diste un beso salivoso que al secarse me dejó los labios acartonados. Los presiono uno con otro y siento cómo se agrieta la piel, se rompe y me deja ese dolor pequeño.

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Siempre que te vas pienso en lo último que te dije. Por si te mueres y hay que recordarlo.

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Escondí una carta entre tus cosas que hablaba de la duda como una puta enorme que salta de cama en cama y se deja fecundar. No la has encontrado o no sé si no quieres hablar de ella.

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Te doy de comer como a un animal desconocido. Llevo yogures y pedazos de queso a tu estudio, dejo todo sobre tu escritorio. Regreso y no has comido nada. Señalo con el dedo el plato y sueltas un gruñido. ¿De qué te alimentas entonces?

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Aquí los plátanos tienen ciclos. Los primeros días son tuyos. Te los comes casi verdes, les rompes algo y truenan y se abren. Salen limpios. Desaparecen en cuatro mordidas.

Yo me espero hasta que ya no te los comas. Entonces actúo, los pelo con cuidado, están llenos de fibras, les quito las partes negras y los rebano para comerlos con cereal. Los veo en la leche, muertos, zombies flotantes.

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Cada mes pienso que me falla la pastilla. Entonces me hurgo con el dedo más largo para ver si la sangre está ahí. Siempre está.

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¿Qué es lo que me arrastra aquí? Aquí a las 3:31 a.m. Es la certidumbre de que algo se está rompiendo. Como si tuviera un sismógrafo integrado.

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Te me antojas laberinto. Estudio tus mensajes con precisión lacaniana. Dudo con religiosidad.

Entre sueños veo que Lolita se convierte en una mariposa enorme. Duermo boca abajo. Tal vez protejo unas alas negras, un cuerpo de ninfa, que no son míos.

La duda es un resorte que me sienta en la cama: ¿Dónde estuviste?

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¿Qué haces antes de que yo despierte?

Creo verte sentado ante nuestra mesa recién llegada. Tu reflejo quieto sobre el vidrio. Lo único que se mueve es un mar escarlata que nace de tus muñecas y que se expande hasta mojar el frutero de Alessi y el exprimidor de cítricos de Philippe Starck. Tenías razón, poner la cocina roja fue una buena idea.

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FYI: Algo oscuro (tal vez la demencia) me espera entre el escusado y el lavamanos.

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Lo que hacen las niñas

Es hora-murciélago, bati-hora. Es hora de que esos bichos con alas salgan de las tuberías y coman niñas. Es hora de que te espantes porque eres niña, niña de tercero “C”, y eso es lo que hacen las niñas: se espantan, sacan ochos, se ríen, no juegan a las traes (o sí), pierden dientes, se enchinan las pestañas con cucharas (o no), se sienten guapas, se sienten feas, se sienten con dolor de panza por las papás con chile, se enamoran de niños (o de niñas), desarrollan pechos, desarrollan complejos (a veces éstos dependen de los pechos), no saben que tienen bigote, alguien les dice que lo tienen (o no), hacen heptágonos con cartulina, hacen muina.

Entonces se vale que te espantes porque te dijeron que los murciélagos chupaban sangre-comían niñas. Se vale que si uno entra en la cocina, grites, lo agarres a escobazos, le eches cloro, veas si se mueve y se lo enseñes a tu papá para corroborar que está muerto.

Pero también se vale verlos salir y no comer niñas, sino mosquitos. También se vale que te aprendas palabras como insectívoros o frugívoros o nectarívoros. Y también se vale que dejes la ventana abierta.