La trasminación de lo rulfiano

 

 

Escribí este texto para el suplemento cultural “Laberinto” del diario Milenio:

Lo había olvidado, pero ahora que lo releo y me reencuentro con sus arrayanes agrios, con sus malasmujeres, con su polvo que no da ninguna sombra, con sus murmullos, recuerdo: lo rulfiano se trasmina.

Escucho a Macario y pienso en Camilo, el protagonista de uno de mis cuentos, un hombre al que la gente de su pueblo llama loco sólo porque lee las nubes. Veo los pechitos de Tacha hinchándose a la par del río crecido y me acuerdo de que una madre dice esto de su hija en uno de mis relatos: “Su cuerpo de niña parece una membrana lista para la metamorfosis. Temo que se convierta en algo parecido a mí”.

“Para sacarle provecho a Rulfo hay que escarbar mucho, como para buscar la raíz del chinchayote. Rulfo no crece hacia arriba sino hacia adentro”, escribe Poniatowska y me obliga a preguntarme qué forma tienen las mujeres rulfianas. Son las dulcamaras que cubren el llano (dulcis ‘dulce’ y amāra ‘amarga’), hojas pecioladas, acorazonadas, agudas, flores pequeñas, violadas, en ramilletes.

Apalcuachar, totochilo, chilcatole, chacamotear. El lenguaje rulfiano tintinea en mi cabeza igual que las cosas pensadas en sueños. “El idioma de lo inefable” lo llamó él. Además de inventar un habla inventó un país. Un páramo que arde. Un territorio huérfano.

Rulfo está muerto. Murió ayer, es decir, hace tres décadas, es decir, hace unas cuantas horas. Los gusanos se comieron su carne vuelta hediondez y la hediondez se ha vuelto vida, un filón de vida. Y florece. Aflora entre las piedras desmoronadas.

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Aquí se puede leer el especial rulfiano completo.