I ♥ Phrasal Verbs

 

 

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Me encantan los phrasal verbs. ¿Saben cuáles? Esos que se componen de dos palabras, generalmente un verbo y un adverbio o un verbo y una preposición.

Me parece que son como rifles con mirilla milimétrica. “¿A cuál de las dos moscas paradas en el alambre quieres pegarle?”, parecen preguntar los muy cabrones. Por eso los amo, porque cuando los uso, donde pongo el verbo pongo la bala.

Échense esta tablita de phrasal verbs. Si no se enamoran están muertos por dentro.

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La germinación del silencio

Antes de tomar la pluma, espere la germinación del silencio. Verá que así llega más lejos, sin saber a dónde va.     Enrique Serna

“La vanagloria” es un cuento de Serna que habla del mundillo literario provinciano. Juan Pablo, el narrador, recibe una carta de Octavio Paz donde lo elogia como poeta emergente y organiza una fiesta para darle lectura frente al círculo intelectual de Torreón. Pero algo sucede con la carta y Juan Pablo queda en ridículo. El resto del cuento narra los avatares de Juan por conseguir que Paz le escriba una carta de recomendación para estampársela en la cara a los que se rieron de él. Al final triunfa, pero el lugar de regodearse públicamente, guarda silencio y ese silencio germina en forma de letras.

Serna describe a unas vacas sagradas literarias muy parecidas a esa con la que tuve un encontronazo hace algunos meses. Durante uno de nuestros choques más fuertes, la vaca calificó a mi prosa de pedestre y clasemediera y me preguntó que qué aportaban mis cuentos a la literatura mexicana. Yo me quedé muda. Esa pregunta me persiguió mucho tiempo hasta que me di cuenta de que contestarla implicaría caer en la trampa de la vanagloria.

Un amigo me contó que Sibelius nunca terminó su Décima Sinfonía porque se dio cuenta de que todos esperaban que escribiera la obra maestra de la música finlandesa.

Crear es un acto peligroso, autodestructivo a veces. Escribo porque necesito hacerlo. Escribiría aunque nadie me leyera, pero entiendo ese engolosinamiento –que Serna describe como el de un niño que se chupa los dedos embarrados de cajeta– frente al elogio.

Me acuerdo del changuito en esa minificción de Monterroso que escribía sátiras sobre los animales de la selva, pero que, en cuanto ellos lo reconocieron por su talento, dejó de escribir para no ofender a nadie.

—Qué aprendimos de esto, Palmer?— le pregunta uno de los personajes de Quéseme después de leerse, filme de los Hermanos Coen, a su subordinado.
—No lo sé, señor.
—Yo tampoco tengo ni puta idea. Creo que aprendimos a no hacerlo otra vez.
—Sí, señor.

Este año fue en muchos sentidos como una película de los Coen, después de todo el drama y las intrigas en las que me vi envuelta me resultó clarísimo que fueron nimiedades, que lo que de verdad cuenta es llegar a casa y ver a tu pareja pintar patos al óleo, en el caso de la protagonista de Fargo, o disfrutar de un cuento y escribir sobre él, en el mío.

¡Feliz año! ¡Por el silencio! Pa’ que germine.