Una entrevista

 

Comparto un fragmento de la entrevista que me hicieron Bernardo Robles, José Luis Vera, Juan Manuel Argüelles y Pedro Ovando, los conductores del programa Involuciones en Sonica TV.

Contra el cursor titilante

Ayer terminé un cuento.

Tuve que celebrarlo con una cerveza (artesanal y mexicana, por cierto). No es cosa de todos los días, definitivamente.

Cuando me gané la beca de la FLM pensé que había entrado al paraíso de todo aspirante a escritor. Me imaginaba escribiendo furiosamente todos los días, como imagino que Hemingway lo hacía. No fue así. Escribí poquísimo (y siempre con miedo).Image

Ahora, con la beca del FONCA siempre encuentro pretextos para no escribir. Espero demasiado de mis letras, las considero sagradas y eso es una estupidez porque el mundo no va a ser un mejor lugar si yo escribo una obra de arte o un pedazo de mierda.

Creo que ya había hablado sobre esto, pero alguna vez mi tutor de la FLM me preguntó que en qué contribuían mis cuentos a las letras mexicanas. Dije que no lo sabía. Días después me cayó el veinte: No es posible que alguien hable en esos términos de su propia obra, es una idiotez pensar en cada palabra escrita como un ladrillo más en el gran muro de la literatura mundial. Ese trabajo no lo hacen los escritores, sino sus lectores. Uno escribe porque necesita hacerlo, porque es la única forma que tiene de estar en el mundo. Y punto. Todo lo demás sobra.

Un escritor al que admiro me recomendó un libro. Lo leí de una sentada. Me gustó, pero no por su prosa o su lucidez narrativa, sino por su candidez. No pretende encumbrarse en ningún muro imaginario, es lo que es. Su autor logró algo que yo no he logrado: terminarlo, dejarlo ir, moverse a otra cosa.

Así que salud por los cuentos terminados. Vale más un cuento con áreas de oportunidad (como dicen mis colegas comunicólogos) que un cuento magistral que no pasa de ser un cursor titilante.

¿Te gusta el celofán, cielo?

El jueves fui al Remate de Libros en el Auditorio Nacional y gasté muchísimo menos que si los hubiera comprado en mi librería de cajón. Pero mientras trataba de hacerles espacio en mis libreros me di cuenta de que algunos de los libros que compré en el primer Remate al que fui hace cuatro años todavía siguen envueltos en celofán.

Hay días en que pensar cuántos libros no leídos hay en mi biblioteca me pone mal. Pero hay otros (como éste) en que eso me erotiza. Entonces me tiro en el futón y los miro, imagino qué clase de prosa tendrán, cuáles versos transcribiré en mis cuadernos, qué pasajes pedirán ser subrayados y anotados y así.

En términos de cama a eso se le llama delaying pleasure (posponer el placer) que es, curiosamente, una forma a la vez de anticiparlo.

Todo este tiempo creí que estaba sola en mi parafilia, pero la lectura de La locura que viene de las ninfas de Roberto Calasso me confirmó lo contrario.

“Confesiones bibliográficas”, uno de los ensayos contenidos aquí, habla sobre el affaire que Elias Canetti sostuvo con Memorias de un enfermo de nervios de Daniel Paul Schreber. Resulta que Canetti hojea Memorias (un libro donde Schreber describe, entre otras cosas, la transformación que experimenta a causa de unos extraños rayos que vienen del sol y que poco a poco lo convierten en mujer) en el estudio de una amiga suya (Anna, la hija de Gustav Mahler) y cuando se lo pide prestado ella se lo regala, pero pasan nueve años antes de que Canetti lo lea.

De esto, Canetti dice lo siguiente:

“Los libros representan para mí una doble aventura: la primera es el descubrimiento, cuando los encuentro en alguna parte, huelo la importancia que podrán tener en un futuro para mí y, por así decir, me apropio físicamente de ellos. Desde entonces pasan con frecuencia muchos años antes de la segunda aventura, cuando por un incomprensible impulso los retomo en mis manos y, excluyendo cualquier otro interés, me abalanzo sobre ellos como en un delirio”.

A lo que Calasso responde esto:

“Creo que en su sobriedad aquéllas son la descripción más icástica de lo que es el proceso de formación –diría casi fisiológico– de una cultura personal, de esa constelación cifrada que cada escritor lleva en sí. Por eso siempre he considerado una prueba estridente de incivilidad los discursos de quienes reprueban que tantos adquieran libros y no los lean inmediatamente. Canetti, con su inmenso potencial arcaico, nos hace regresar a la condición primordial frente al libro, cuando el libro es una asociación de un nombre desconocido y de un título. Al cabo de la experiencia, una vez que el libro haya sido leído, ese objeto puede haberse convertido en una obsesión, como una larga pasión amorosa”.

En una mesa redonda sobre cuento en la que participé alguien me preguntó que cuáles eran los libros imprescindibles para todo el que quiere dedicarse a escribir. Esa fue una pregunta que yo misma me hice en su momento, cuya respuesta apenas comienzo a esbozar y diría algo como esto: 1) Esos libros no existen, al menos no en el sentido que les damos los escritores en ciernes. 2) Cada quien construye su panteón de antecesores literarios conforme los va necesitando. 3) Para que un libro marque tu vida (y tu escritura) hay que dejar que el tiempo haga lo suyo, las lecturas epifánicas no son calendarizables.

Por eso hoy, con la bendición de Canetti y Calasso de por medio, olvido esos días en que alguien dijo que teníamos que leer tal o cual libro imprescindible y me entrego a la anticipación que prometen mis libros seductoramente envueltos en celofán.

*El título de este post es, por cierto, un guiño al título del libro de cuentos ¿Te gusta el látex, cielo? de Nadia Villafuerte. La imagen es de Sexy Swedish Babe.

Recuerdo sobre tinta

Cuando era niña pasaba horas viendo los cuadros de mi casa. Primero imaginaba qué sucedía antes y después de la imagen. Luego los veía hasta que las figuras se convirtieran en trazos y los trazos en nada.

Había un cuadro de un tigre-dragón (¿o era un hombre montado en un tigre-dragón?) sobre una mujer. Las garras se le clavaban en la piel desnuda.

También había un cuadro de una mujer con dos palomas. Estaba a un lado de la cama de mi papá. Siempre que mi papá me llamaba para hablar con él veía ese cuadro. Una de las palomas tenía las alas abiertas sobre la cabeza de la mujer, la otra estaba de perfil junto a su regazo, tenía una parte muy oscura entre sus plumas, una gran concentración de tinta oscura bajo su ala. Cuando mi papá me hablaba yo veía esa parte oscura, sus palabras se quedaban ahí.

*La imagen es de marce_garal.

La germinación del silencio

Antes de tomar la pluma, espere la germinación del silencio. Verá que así llega más lejos, sin saber a dónde va.     Enrique Serna

“La vanagloria” es un cuento de Serna que habla del mundillo literario provinciano. Juan Pablo, el narrador, recibe una carta de Octavio Paz donde lo elogia como poeta emergente y organiza una fiesta para darle lectura frente al círculo intelectual de Torreón. Pero algo sucede con la carta y Juan Pablo queda en ridículo. El resto del cuento narra los avatares de Juan por conseguir que Paz le escriba una carta de recomendación para estampársela en la cara a los que se rieron de él. Al final triunfa, pero el lugar de regodearse públicamente, guarda silencio y ese silencio germina en forma de letras.

Serna describe a unas vacas sagradas literarias muy parecidas a esa con la que tuve un encontronazo hace algunos meses. Durante uno de nuestros choques más fuertes, la vaca calificó a mi prosa de pedestre y clasemediera y me preguntó que qué aportaban mis cuentos a la literatura mexicana. Yo me quedé muda. Esa pregunta me persiguió mucho tiempo hasta que me di cuenta de que contestarla implicaría caer en la trampa de la vanagloria.

Un amigo me contó que Sibelius nunca terminó su Décima Sinfonía porque se dio cuenta de que todos esperaban que escribiera la obra maestra de la música finlandesa.

Crear es un acto peligroso, autodestructivo a veces. Escribo porque necesito hacerlo. Escribiría aunque nadie me leyera, pero entiendo ese engolosinamiento –que Serna describe como el de un niño que se chupa los dedos embarrados de cajeta– frente al elogio.

Me acuerdo del changuito en esa minificción de Monterroso que escribía sátiras sobre los animales de la selva, pero que, en cuanto ellos lo reconocieron por su talento, dejó de escribir para no ofender a nadie.

—Qué aprendimos de esto, Palmer?— le pregunta uno de los personajes de Quéseme después de leerse, filme de los Hermanos Coen, a su subordinado.
—No lo sé, señor.
—Yo tampoco tengo ni puta idea. Creo que aprendimos a no hacerlo otra vez.
—Sí, señor.

Este año fue en muchos sentidos como una película de los Coen, después de todo el drama y las intrigas en las que me vi envuelta me resultó clarísimo que fueron nimiedades, que lo que de verdad cuenta es llegar a casa y ver a tu pareja pintar patos al óleo, en el caso de la protagonista de Fargo, o disfrutar de un cuento y escribir sobre él, en el mío.

¡Feliz año! ¡Por el silencio! Pa’ que germine.

“Lilith” de Anaïs Nin

 

Traduje y musicalicé un fragmento de esta nouvelle de Nin.

 

 

Aquí va el texto,  pueden leerlo mientras escuchan mi versión con música de Massive Attack:

 

Lilith

Entre cada una de estas frases había un silencio largo. Una gran simplicidad en el tono. Nos veíamos el uno al otro como si estuviéramos escuchando música, no como si estuviéramos diciendo palabras. Dentro de las cabezas de ambos, mientras permanecíamos ahí, él acostado sobre una almohada y yo sobre el pie de la cama, se estaba tocando un concierto. Dos cajas llenas de las resonancias de una orquesta. Cien instrumentos tocando al unísono. Dos largos carretes de hilos de flauta entretejiéndose entre su pasado y el mío, las cuerdas del violín constantemente temblando como resortes dentro de nuestros cuerpos, los nervios nunca quietos, los pesados latidos del tambor como el pesado latido del sexo, la vibración de la sangre, el compás del deseo que ahogaba todas las vibraciones, más fuerte que cualquier instrumento, el arpa cantando dios, dios y los ángeles, la pureza en su ceja, la claridad en sus ojos, dios, dios, dios, Isolina con cabellos caoba y los tambores latiendo deseo en los templos.

La orquesta toda en una sola voz ahora, por un instante, enamorada, enamorada del arpa cantando dios, y los violines agitando su pelo y yo pasando el arco del violín delicadamente entre mis piernas, sacando música de mi cuerpo, mi cuerpo haciendo espuma, el arpa cantando dios mientras todas las mujeres del mundo yacen bajo él en un ritual de fecundación, el tambor palpitando, palpitando sexo, y polen dentro de la caja del violín, las curvas de la caja del violín y las curvas de las nalgas de la mujer, llantos del chelo, el chelo cantando un réquiem bajo el nivel de las lágrimas, a través de caminos subterráneos con notas centelleando de izquierda a derecha, notas como escaleras al harpa cantando dios, dios, dios, dios, y el fauno con la flauta riéndose de las notas que se volvieron negras y penitentes, las notas negras ascendiendo por la ruta de polvo de las lágrimas del chelo, un temblor terrestre dividiendo la música en dos muros caídos,  los muros de nuestra fe, el chelo llorando y los violines temblando, el latido del sexo rompiéndose por la mitad y separando las notas blancas de las notas negras, y la escalera de sonidos del piano rodando hacia el infierno del silencio porque lejos, atrás y más allá de los violines viene la segunda voz de la orquesta, la voz de las entrañas de los instrumentos, bajo las notas oprimidas por dedos calientes, en oposición a estas notas viene la canción de las entrañas de los instrumentos, del polen que contienen, del viento de los dedos pasajeros, el tapiz de notas se lamenta con voces de encaje negro y dados en los cables del telégrafo.

Su tristeza encerrada dentro del chelo, nuestros sueños envueltos en polvo dentro de la caja del piano, esta caja en nuestras cabezas crujiendo con resonancias, el pasado cantando, una orquesta dividiéndose plenamente, amores perdidos, caras desapareciendo, celos retorciéndose como cáncer, comiendo la piel, la carta que nunca llegó, el beso que no se dio, el arpa cantando dios, dios, dios, el que ríe en un lado de su cara, dios era el hombre con una boca enorme que pudo haberme comido completa, cantando dentro de las cajas de nuestras cabezas.

Escribir desde el suelo

Para Ana, Alberto, Carmina y Pancho.

Me gané la beca del Fonca. Dos años, dos becas literarias. Y muchas caídas intermedias.

Llevo cuatro años corriendo. Ninguno de ellos “seriamente”, al menos no para los estándares de Murakami que corre seis días a la semana y un maratón al año. Corro en una reserva natural (la del Jardín Botánico de Ciudad Universitaria), no hay caminos pavimentados, sólo senderos de roca volcánica. Me he caído más de una vez.

La primera, iba con Alejandro. Recuerdo que me ayudó a levantarme, me examinó, me preguntó que si estaba bien pero no espero mi respuesta y dijo “No te pasó nada”. Me sacudió la tierra, dijo algo sobre las bondades de la saliva y me escupió en la herida de la mano. “Sigue corriendo”, dijo y yo no sabía si llorar o qué, pero definitivamente no quería correr.

“Ya pasó lo peor: te caíste. Ahora sigue corriendo”, me agarró la mano y empezó a correr. Yo lo seguía de mala gana, arrastrando los pies y repitiendo que no podía, que me dejara en paz. Pero él no me soltó hasta que me vio corriendo a su lado. Cuando terminamos, dijo “La única forma de no caerse es quedándose quieto”.

Después de ese día, me he caído otras veces (la peor fue la que ilustra este post), pero siempre me levanto y uso la adrenalina del golpe para seguir corriendo.

Hoy puedo decir con orgullo que me he forjado una disciplina como corredora. Empecé corriendo 1 km (taquicardia y patatús incluidos) y ahora corro más de 5k tranquilamente. Mi siguiente meta son los 10k.

También tuve caídas en la escritura. Conocí de cerca el bloqueo, la descalificación y la autocensura. Pero aprendí que al escribir no hay desperdicios, que el suelo es una nueva perspectiva para contar un cuento.

Ahora me apresto para fallar. Suena bien: escribir para fallar. Pero también para acertar y romper el récord de la carrera anterior.

Escribir a oscuras. Sin esperanza pero sin desesperación. Desde el suelo si es necesario.

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Self-absorbed, self-betrayed, self-conscious, self-directed, self-efficient, self-fulfilling, self-governed, self-hypnosed, self-indulgent, self-joked, self-known, self-loather, self-made, self-nurtured, self-oriented, self-pitied, self-questioned, self-righteous, self-sufficient, self-taught, self-updated, self-valued, self-worthy, self-x-rayed, self-yearned, self-zapped.

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