Tumbleweed

 

Pierdo pelo. Todos los días hago bolas de pelos que recojo del piso de la regadera. Antes eran del tamaño de una uva, ahora ya le pegan más al de una ciruela. No estoy enferma, es mi cuerpo que se queda cada día más viejo.

Conocí a una mujer calva, era mi tía. Más que pelos, los de su cabeza eran plumones, no de los que se usan para escribir, sino esas plumitas leves pegadas al pellejo de los pájaros. Vi fotos de ella. Era guapa cuando tenía mi edad, pero en la época de los plumones de cabecera, ya se le había espantado toda la guapura. Si mi tía hubiera sido lista, su calvicie no habría sido tan desagradable. Muchas de las mujeres más inteligentes han sido terriblemente feas.

Estoy guguleando nombres de escritoras que admiro, pero ninguna está francamente espantosa: Simone de Beauvoir no era un bombón, pero tenía lo suyo; Clarice Lispector estaba hecha un forro y Anaïs Nin era dueña de una belleza rara… ¡hasta Rosario Castellanos se me hace guapa! no sé porqué, pero me encantan sus cejas ultradelineadas y su chongo. Bueno, creo que esta hipótesis se fue a la mierda. El caso es que veo cómo mes con mes mi cuerpo pierde juventud y, junto con el pelo, se me caen las nalgas, la piel comienza a colgarme en sitios donde antes no lo hacía y todo en mi cara va hacia una misma dirección: sur. Lo preocupante no es eso, sino que mi cabeza no absorbe conocimientos a ese mismo ritmo y temo convertirme en mi tía, con sólo plumones en la mollera. Así que, en lugar de tirar la bola de pelos a la basura, la aviento por la ventana, imagino que cae y se pierde, como si la parte tangible de mi envejecimiento se esfumara de pronto y ganara tiempo para llenarme los sesos. Satisfecha, salgo del baño, me visto y bajo los once pisos de mi edificio para ir a una librería que lleva el nombre de mi heroína de cejas depiladas y que uso como biblioteca, después de todo, hay que aprovechar mi pequeño robo temporal. Camino por la banqueta para agarrar el pesero y soy testigo de lo peor: mi bola de pelos cruza frente a mí como un tumbleweed burlón. Casi escucho la música que ponen en los Westerns cuando esas plantas rodantes recorren la toma y dejan claro que en aquel pueblo todo está perdido. El resultado es terminante: El tiempo=1, Yo=0.

*Este texto a propósito del tiempo. Se publicó en la revista el perro. Para los que viven en Chilangolandia, está en El Sótano y en la Rosario Castellanos.

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Derivar: escribir con imágenes

Pasos para hacer una deriva:

1. Cerrar los ojos y elegir al azar un punto en el mapa de la ciudad donde vives.

2. Tirar dados para definir cómo llegar, a qué hora del día y la acción a realizar en ese sitio.

3. Emprender el paseo y documentar el efecto que ese recorrido tiene sobre el paseante.

4. Dejar que el paseo detone la escritura.

Mi primera deriva estuvo marcada por la aparición de un payaso, un gato hambriento y un pesero lleno de policías off duty.

Un overol

Armandina sufre al pensar qué va a ponerse. Abre la ventana y el sol le echa su tufo de perro jadeante. Aunque quisiera ponerse un vestido ligero, no puede. Los reglamentos de la compañía son muy claros: el traje sastre es el único atuendo permitido cuando se reúna con un cliente. La cita de hoy es importante, si cierra ese contrato ahora sí se lleva una buena comisión. Con eso le alcanza para el enganche del Pointer seminuevo que llegó a la Volkswagen hace dos semanas.

Después de bañarse, se viste frente al ventilador y elige un saco negro, una blusa de tirantes y unos pantalones rojos —alguien alguna vez le dijo que el rojo proyectaba seguridad, y hoy, ella necesita mucha—. Va con tiempo, faltan dos horas para su reunión con el licenciado Grecko, director comercial de la inmobiliaria al que tiene que convencer de firmar contrato con su agencia.

Cuando llegue a esa sala de juntas, Armandina abrirá el portafolio rodante que carga de un lado a otro, y comenzará a sacar panfletos, tazas de café, plumas, gorras, playeras y pelotas anti-estrés como quien saca conejos de un sombrero. Le dirá al licenciado Grecko que esos artículos promocionales podrían llevar el logotipo de Inmuebles Roble y rematará con un video institucional que resuma todas las bondades de contratar los servicios de Espadín Consultoría.

El contrato es suyo, lo presiente. Sabe que Grecko se perfuma y se mete una plaquita de Listerine mentolado en la boca cada vez que ella va a verlo y en lugar de ponerle el cachete al saludarla, le planta los labios, un poco de ladito, como disimuladamente, pero se los planta. Ese tipo de clientes que manejan dinero ajeno son los mejores: si la empresa tiene presupuesto, ellos firman contrato con los ojos cerrados. Y con esos mismos ojos cerrados Armandina se deja sobar y tumbar en los edredones de poliéster de los moteles de Viaducto.

Su madre la tuvo a los cuarenta y cinco años y murió. Algunos le dijeron que de complicaciones postparto, otros que de tristeza. No tenía a nadie más. Quedó al cuidado de una tía. Al cumplir veinte, empezó a trabajar como edecán ofreciendo muestras en supermercados. Las ventas eran lo suyo, desde productos por catálogo hasta llantas, Armandina podía venderlo todo.

Cuando José Espadín, el director de un pequeña consultoría, la entrevistó, no se fijó en su ausencia de estudios universitarios, sino en su personalidad zalamera y en su cuerpo joven. Armandina lleva tres meses trabajando para él y Espadín presiente que tener a una ejecutiva de cuenta como ella, equivale a zarandear un pedazo de filete frente a un perro con hambre.

Antes de irse a su cita, Armandina pasa por la agencia de coches y le pregunta al vendedor que si se puede subir al Pointer color vino. Mientras el señor le abre la puerta y le explica que es un modelo 2001, cuatro cilindros, con vidrios eléctricos; ella se acomoda atrás del volante. Se convence de que no va a estar tan mal verlo en cueros, sudando y diciéndole mamita, mamacita.

Armandina baja hasta el andén de la línea tres del metro, el aliento de perro infernal es peor que el de la superficie. Saca su abanico y se acuerda del aire acondicionado de su Pointer. Camina hasta el fondo, donde hay menos personas esperando. Zigzaguea entre la multitud, un señor con el saco al hombro le susurra qué ricas tetas. Armandina se encorva y sigue caminando. Cuando ya está lejos, se quita el saco y lo detiene frente a su pecho. Los hombres que esperan en el andén contrario la miran, uno de ellos, al encontrarse con sus ojos, hace una “v” con los dedos, con ellos se enmarca la boca, saca la lengua y la mueve como una víbora. Armandina baja la vista y así se queda hasta que llega el metro. Se sube. No hay asientos libres. Se acomoda en el pasillo. Tiene que recorrer once estaciones de la línea verde, transbordar a la rosa y aguantar tres paradas más para llegar a la oficina de Grecko.

El calor es insoportable. Parece que a las agarraderas metálicas les pasaron un soplete y por las rendijas de ventilación sale un aire espeso que se acomoda sobre los cuerpos de los pasajeros. Junto a Armandina hay un hombre gordo, con los botones de la camisa en tensión, como si estuvieran a punto de soltar su enorme panza. Frente a ella viaja un grupo de mujeres que visten overoles azul oscuro. Aunque van juntas, no hablan entre ellas, todas miran al piso. En cada estación suben decenas de personas y el gordo se acerca más a Armandina.

Faltan tres estaciones para que Armandina tenga que transbordar. El vagón revienta de gente. El gordo está a unos centímetros de ella y con su vientre hinchado le roza las nalgas.

Dos estaciones para bajar. El gordo ya no sólo fricciona su panza contra ella, sino su también su miembro. La mueca de disgusto que descompone la cara de Armandina es casi imperceptible. Trata de concentrarse en su hermoso Pointer color vino, pero la inminente erección del gordo se lo prohíbe. Mira de nuevo a las mujeres de overol, a pesar de que el vagón va lleno, entre ellas y el resto de los pasajeros hay un espacio vacío.

Una última estación. Armandina siente al gordo exhalar sobre su nuca. El movimiento del vagón le facilita frotarse contra ella. El hombre resopla en su cuello y le dice te gusta esto ¿verdad, mi reina? Recorre con la vista el vagón en busca de ayuda, nadie parece darse cuenta de lo que está pasando. Entonces se encuentra con los ojos de las mujeres de overol. Algo pasa con ellas, se transforman: en realidad han dejado de ser mujeres para convertirse en bultos informes, de los que apenas destacan unas caras corrompidas por el cansancio, unos brazos escuálidos o unas piernas elefantáseas. Mientras Armandina siente cada vez más la presión del hombre gordo, cree ver que a la de los brazos esqueléticos, se le disuelven las manos y los dedos se le funden para formar dos muñones, a otra de cara muy flaca le crecen ámpulas por todos lados, la nariz y los labios se le pierden entre turgencias llenas de podredumbre y todas las demás se transfiguran de formas similares. Las mujeres ya no miran al piso, la ven a ella. La ven como si recordaran algo. El vagón se detiene. Las puertas se abren y Armandina sale a empujones.

Corre para cambiar a la línea rosa del metro y se seca dos lágrimas que le escurren hasta el cuello. Esquiva gente. Levanta su portafolio y lo carga como si fuera un niño. Baja corriendo las escaleras. Corre hasta llegar al andén y justo en ese momento, llega el convoy de vagones anaranjados. Van casi vacíos. Se sienta, recupera el aire, se suena, se mira en su espejo de mano. Recuerda su cita con Grecko. Se vuelve a maquillar. Saca de su portafolio las cifras de la corrida financiera que debe memorizar y repite los números como un mantra, hasta que llega a su destino.

Grecko la invita a comer. Dice que después hablarán de negocios. Armandina come poco y bebe mucho. Él se acerca para darle uno más de sus ya tradicionales besos de ladito, pero ella voltea la cara para recibirlo con la boca. La cabeza le da vueltas. Lo besa con los ojos abiertos para no marearse más y ve la nariz llena de puntos negros de ese hombre. Se van a un motel. Él le quita los pantalones y la tiende boca abajo en la cama. La monta desde atrás. Cuando lo siente jadear sobre su cuello, un escalofrío le recorre la espalda. Él la embiste con una última convulsión, rueda al otro lado de la cama y se mete al baño. Ella cierra los ojos.

Cuando los abre, un dolor agudo le taladra la cabeza. Siente los muslos pegajosos.

Grecko sale recién bañado. Ella sonríe y se cubre con la sábana. Él le dice que tiene dos noticias, una buena y una mala. La mala es que ahorita no hay lana para difusión y que no va a poder firmar contrato con ella. La buena es que estuviste increíble mami, que se repita. Y se acerca para besarle el cuello. Su aliento se le queda enredado a Armandina. La sofoca.

Él se acuesta de nuevo en la cama y prende la tele. Le dice que tiene treinta minutos más para que acabe su horario de comida. Ella busca su tanga entre las sábanas. No la encuentra. Se pone los pantalones, pretexta una junta en la oficina y se despide desde la puerta.

Mientras camina hacia el metro, algo le escurre entre las piernas. Baja las escaleras y se da cuenta de que no trae su portafolio. No se detiene. Sigue bajando. Llega a un pasillo que parece larguísimo y que conduce al andén. Camina con dificultad, el pie derecho no le responde. Cuando voltea hacia abajo, ve cómo los dedos atrapados en la sandalia se enciman unos a otros y el pie entero se enrosca hasta quedar completamente torcido hacia adentro. Armandina no se asusta, sigue avanzando. Siente que una fuerza arquea su torso hacia adelante y entre los hombros le crece algo, una protuberancia. Doblada como está, se da cuenta de que sus senos se encogen como si les estuvieran sacando el aire hasta quedar como dos pellejos colgantes.

El pasillo acaba. Un overol azul está cuidadosamente doblado y puesto en su camino. Levanta la vista. En el andén desierto sólo hay un grupo de mujeres que aunque van juntas, no hablan entre ellas, todas miran al piso.